HASTA LAS OREJAS

Por Diego Carcedo

En confianza con mis lectores, que ya me gustaría que sean muchos más, aunque no mejores porque eso es muy difícil: empiezo a estar hasta las orejas de las nuevas tecnologías. Cada día se inventan alguna aplicación nueva para el teléfono, cada día nos incrementan las capacidades del ordenador y complican el funcionamiento de la impresora; cada día, en fin, me alteran más la rutina cotidiana. No consigo seguir tanto invento, tanto adelanto, tanto cambio… Lo intento, pero no lo consigo.

Por eso digo que, aunque quiero estar al día, en lo que empiezo a estar es hasta las orejas, o tal vez más anatómicamente abajo, de tantas prisas tecnológicas. Me ocurrió antes con la nueva cocina, que me impide encontrar cartas donde ofrezcan patatas a la riojana, luego con el diseño. ¡Qué pesadilla, tú! Los cuchillos de mesa que basculan más de un lado que de otro serán bonitos, no lo voy a discutir, pero resultan un coñazo cuando se trata de cortar un bistec.

Que, por cierto, en los menús ya no se llama bistec a la carne y, puestos así, yo me quedo con mis términos norteños, cachopo o chuletón que son los que entiendo. Mientras escribo este artículo, cuatro y veintisiete minutos de la tarde, escucho en el jardín de al lado el atronador ruido de un cortacésped. Hoy me entra el estruendo por el oído izquierdo pero otros días es por el derecho y siempre, también es puñetera casualidad, a la hora de la siesta: los vecinos no se ponen de acuerdo para sumar decibelios.

Menos mal que no tengo esa sabia costumbre de la siesta. Pero jode igual. Pasa lo mismo que con la aspiradora. Lo malo es que, del cortacésped del vecino uno puede quejarse, protestar en voz baja y dar puñetazos en el escritorio. Contra la aspiradora doméstica, no. La experiencia demuestra que a poco que uno se exceda con palabras o gestos se encuentra con una escoba entre las manos y la orden tajante: “Aquí tienes, ¡barre tú!”. Como para bromear con esas cosas.

Un amigo –de los que siempre están a la última– ha comprado un coche eléctrico. Un coche que, entre otras ventajas y prestaciones, tiene la de ser silencioso; como si hubiese sido hecho para asistir a misa al volante, igual que se hace en los cines al aire libre. Tiene un problema, me dicen y lo pienso, que si no hace ruido puede volverse más peligroso que los demás y para los demás, mayormente los peatones. Los motores de explosión avisan cuando se acercan.

Pero uno silente, no. Esto nos obligará a andarnos, caminando y conduciendo, con mayor cuidado aún que el que imponen los radares. Y yo, que soy curioso por naturaleza, me pregunto: ¿Por qué las nuevas tecnologías no se acompasan un poco al bien de todos y, lo mismo que han conseguido coches callados, no inventan cortacéspedes silenciosos? De las aspiradoras no digo nada, no quiero líos domésticos.

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