HISTORIAS DE LA RÍA DE MUROS-NOIA

 


Resplandece la faz de arena móvil en el espacio natural, visión mágica que se refleja en las azules aguas, mientras escuchamos el rumor alegre de la playa…

Luego están el puerto y el faro de Corrubedo, que no encuentra el límite atlántico por el que navegan barcos entre las olas bravas que envían furiosas montañas de espuma contra el Cabo.

Dicen los expertos marinos, que las olas baten aún con más fuerza contra la Punta da Laxe Brava, que por algo así se llama;  justo frente al funerario símbolo que en la colina de Axeitos se alza como prueba de la historia.

Pero al doblar la Peña que llaman Celta,  la fúlgida luz del verano ciega la playa, que ya será toda una, en esta orilla tranquila, junto a los lagos donde enraízan flores y juncos.

Y así hasta el Castro de Baroña, testimonio de la presencia del galaico primitivo, que tuvo aquí durante mil años vivienda, poblado y sistema de vida.

Desde el Castro la vista alcanza, enfrente, el Monte Louro cuya silueta brilla palpitante sobre esta ría en calma, de ensoñadora placidez.

Al navegarla, bordeando la costa en busca del Faro de Punta Insua, el mar concentra su belleza en los vibrantes espacios humanizados…

Villas que crecen desde las azules aguas y recogen su bien y su beldad. Puertos llenos vida donde cantan marinos de alma errante. Porto do Son, Portosín.

Villas monumentales, que son historia en cada casa, en cada piedra, en cada plaza… Noia, la pequeña Compostela.

Lugares para el descanso. Rincones fulgurantes de violentos contraluces. Esteiro. Isla de Santa Catalina. Punta Abelleira.

Villas nacidas en la prehistoria y marineras como la brisa de este mar fecundo. Muros, de barcos que van y vienen.

Posiblemente sea la belleza de este mar y de esta costa la que despierte el sentir mágico de las cosas; el que da origen a legendarios escritos nacidos, incluso, a la sombra del Imperio. Porque es al romano Plinio y a su imaginación a quien debemos buena parte de las leyendas surgidas a pié de agua, en esta ría.

Que dice Plinio en su crónica, como navegó, por este mar y tras aquel diluvio, Noé, el Patriarca, acompañado de su hija Arnoia,  a quien dedicó la villa más poderosa de la comarca.

Legendario relato este, que contrasta con la historia del Castro que preside el paisaje de Baroña, habitado de muy antiguo por los “presamarcos”, el pueblo celta dominante de estas tierras. Un castro-vivienda, pero también fortaleza que protegía entonces un sistema de vida. Es el monumento nacional de la modernidad.

Los cronistas del mar, sin embargo, vieron en las playas de O Son a piratas portadores de  tesoros. Los escondían en cuevas que llegaban desde O Fonforrón a Montemuiño.

Contra los bucaneros lucharon Caballeros cristianos, benefactores que se distinguían porque erigían cruceiros como testimonio de sus victorias.

Así se pueden contemplar hoy en Laranga o en Noal, cruceiros únicos conocidos como “de capilla o de Loreto”.

En Montemuiño la imaginación deja oir aún el canto del gallo que dicen vigila ocultos tesoros en las cuevas piratas.

Pero será en Monte Louro, justo enfrente, donde alcancemos el paisaje infinito… En lo alto, las piedras de la vieja capilla nos hablan de la aparición de la Virgen María Magdalena. Y al pié  del promontorio, en la laguna que llaman de Xarfas, continúa viva la leyenda de la ciudad sumergida…

Desde el  Monte Louro la vista ya alcanza la peregrina alquimia del trayecto del Fin de la Tierra y los espíritus celtas que vagan por el Olimpo gallego.

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