EL HOMBRE DEL MALETÍN

—–  ¿Y entonces como fue que llegaste a ser “El Hombre del Maletín”?

—–  Una coincidencia. A mi jefe en el partido le dijo el suyo… “Oiga, hace falta dinero para la campaña, así que búsquelo”. Mi jefe me preguntó que podríamos hacer y yo le di la idea…

—–   ¿En qué consistía exactamente?

—– En buscar a empresarios ambiciosos, en todos los sectores pero especialmente del mundo de la construcción,  dispuestos a lo que fuera con tal de hacerse ricos.

—–   ¿Abundan en Galicia?

—–   En todas partes, pero aquí le llega bien. A algunos no tuve ni que ir a buscarlos a casa…

—–   ¿Qué quieres decir?

—–   Que venían ellos por la sede del partido con el sobre en la mano.

—–  Ya. Pero tú tendrías tus trucos, ¿no? Porque… ¿Cómo sabes que un tipo está dispuestos a corromperse?

—–   Por mi olfato. Lo miraba en un acto de arriba abajo y ya sabía que mi propuesta le iba a interesar.

—–   Así que entonces eras tú el que adjudicaba las obras públicas y los servicios…

—–   Yo ordenaba a quien había que adjudicarlas.

—–   ¿A cambio de un tres por ciento?

—–   Eso no es así, no resulta nada interesante. Un tres por ciento puede resultar una cantidad ridícula. Sin embargo mi método era más sustancioso.

—–   ¿Cómo era tu método?

—–   A mi me decía el jefe lo que se necesitaba, yo le añadía mi comisión y esa cantidad resultante se sumaba al presupuesto antes de la adjudicación. El adjudicatario no ponía un duro de su bolsillo. Por eso aceptaban todos.

—–    Pero eso encarecía mucho las obras…

—–    Bueno, el dinero no salía de mi bolsillo.

—–    Claro, salía del de todos.

—–   Me daba igual. Si yo no hacía ese trabajo lo iba a hacer otro, así que decidí forrarme y engañar a todos… ¡Qué creyeran que yo era un tonto mileurista!

—–   Hablando de tontos… ¿Aparte de tu jefe y el suyo nadie estaba enterado de que estabais robando?

—–   Supongo que alguno se lo imaginaba pero nunca tuvieron pruebas y además… sí decía algo sabía que en las próximas no iban en la lista y que incluso antes de las elecciones podían ser cesados. Teníamos nuestros métodos.

—–  Y digo yo… ¿Estos métodos de adjudicación se seguían en la Xunta solamente…?

—–  En todas las administraciones en las que teníamos poder…

—–  ¿En todas?

—–  Ayuntamientos, diputaciones…

—– Oye… ¿Y tu jefe hacía como tú? ¿También añadía una cantidad a la que se estimaba necesaria?

—–  Nunca se lo pregunté pero imagino que sí porque además de ser muy listo está forrado y él no tuvo herencia.

—–  ¿Es verdad que tu sabes los nombres y apellidos de todos los políticos gallegos que robaron y que entraron en este juego?

—–   Mi lista es interminable. Únicamente se pierde en el tiempo.

—–   ¿Qué quieres decir?

—–   Que muchos, por desgracia para ellos, ya no están en este mundo para disfrutar del dinero.

—– ¿Es verdad que este trapicheo estuvo bien visto en alguna época de la Transición?

—–   No sé exactamente si bien visto pero nadie se metía con los que mandábamos. No se atrevían ni los jueces porque su destino dependía de los políticos. Si alguno se ponía tonto lo mandábamos a un pueblo con inviernos duros.

—–   ¿A ti te compensó esta carrera de corrupto que me cuentas?

—–   Económicamente mucho, humanamente nada.

—–  ¿Qué porcentaje calculas tú que encarecen estos choriceos las obras y servicios públicos?

—–   Por lo menos un diez por ciento.

Hace mucho tiempo que mantuve esta conversación en el transcurso de un viaje… A la vuelta, “El Hombre del Maletín” supo que tenía un cáncer. Duró muy poco…

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