INCANTACIÓN DE UNA EDAD DESOLADA

Por Carlos Penelas

Veo un perro en el cielo persiguiendo estrellas.

Un manuscrito del siglo XV, Scachs d´amor,

donde la dama aparece con su sensualidad

y el enroque italiano. También dioses y bestias fabulosas

en apretadas nubes, en un mar de tierra flotante.

La Tabula Peutingeriana en una biblioteca de Viena.

Miro las calzadas de una ciudad de nuestra patria.

Y ponchos que contienen la vaguedad del viento,

voces infantiles en las llanadas del verano.

También fuentes de piedra medievales,

playas de arena sobre un mar errante,

cuerpos de mujeres dichosas,

la evocación de una joven en El bosque animado.

El teatro romano, el Arco di Riccardo,

callejuelas donde la felicidad o la infelicidad

cruzan celos y abrazos.

Y yo, distraído, con una rosa pura entre los dedos

sin saber a quién darla.

LA ELEFANTA

Por Alfonso Reyes

Los elefantes de un circo que llegaban a la ciudad de México se escaparon en la estación y, espantados con los pitos de las locomotoras, se echaron a correr por las calles, enfurecidos, haciendo destrozos. Un pobre señor salía con su mujer y su niña de alguna comida con amigos y traía su par de copas. Al pasar junto a él, a la elefanta le tiraron de la cola. El animal se volvió, lo levantó con la trompa, lo aplastó en el suelo y lo pisoteó. Me parece todavía más horrible el dolor de la viuda y la hija, porque no pueden ni contar de qué murió el pobre hombre. Si dicen “Lo mató una elefanta”, todo el mundo se echa a reír.

EL CANARIO

Por Jules Renard

¿Por qué se me ocurriría comprar este pájaro? El pajarero me dijo: «Es un macho. Espere una semana para que se adapte, y cantará». Pero el pájaro se obstina en permanecer callado y lo hace todo al revés. Tan pronto como lleno su comedero, saca los granos con el pico y los lanza a los cuatro vientos. Ato con una cuerda una galleta entre dos barrotes de la jaula. Solo picotea la cuerda. Empuja y golpea la galleta como con un martillo y esta termina por caerse. Se baña en el agua limpia del bebedero y bebe en su bañera. Y defeca indiferentemente en los dos. Debe imaginar que el pastelito es una pasta con la que los pájaros de su especie construyen los nidos y, nada más verlo, se acurruca en él. No ha comprendido aún para qué sirven las hojas de lechuga y solo disfruta haciéndolas añicos. Cuando se le ocurre coger un grano, le cuesta un mundo tragárselo. Lo pasea de un lado al otro del pico, lo aprieta, lo aplasta, y mueve la cabeza como si se tratara de un viejito sin dientes. El terrón de azúcar no le sirve. ¿Es una piedra que sobresale, un balcón, una mesa poco práctica? Prefiere las barras de madera. Tiene dos que se superponen y se cruzan. Me aburre verlo saltar. Se asemeja a la estupidez mecánica de un péndulo que no marca nada. ¿Qué placer obtiene saltando así? ¿Qué necesidad le hace saltar? Si descansa de una aburrida gimnasia agarrado con una pata a la barra que parece estrangular, con la otra busca instintivamente la misma barra.

Tan pronto como se enciende la estufa con la llegada del invierno, cree que es primavera, época de su muda, y se despoja de todas las plumas. La luz de mi lámpara perturba sus noches, desorganiza sus horas de sueño. Se acuesta al atardecer. Dejo que la oscuridad lo envuelva. ¿Sueña quizá? Bruscamente, acerco la lámpara a la jaula. Abre los ojos. ¡Cómo! ¿Ya es de día? Y, rápidamente, comienza de nuevo a agitarse, a bailar, a agujerear una hoja, abre la cola en abanico, despliega las alas. Apago la lámpara y lamento no poder ver su cara estupefacta.

Pronto me canso de este pájaro mudo que solo vive al revés y lo suelto por la ventana… No sabe gozar de la libertad como no sabe vivir en una jaula. Alguien va a cogerlo fácilmente con la mano. ¡Pero que no se le ocurra devolvérmelo! No solo no ofrezco ninguna recompensa por él, sino que juraré que no conozco a ese pájaro.

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