LA BUENA VIDA

Por Alberto Barciela

Nada es estable, siempre ocurre algo, maravilloso o detestable, fantástico o consecuente. La existencia es como una metáfora de un largo río caudaloso en el que debemos afrontar precipicios y rocas, afluentes, remansos, meandros, rápidos y un destino diluyente. Navegamos y nadamos sobre el agua que bebemos, con la que en nuestra cultura bautizamos, con la que nos lavamos, la que riega nuestras huertas… Nosotros mismos, sitibundos de respuestas, somos un 60% de agua.

En cierto modo, la vida discurre presurosa en sí misma. Según resumió Richard Fortey, paleontólogo…

—- Nos movemos en un grupo de doscientos amigos y conocidos. Nuestra memoria abarca dos generaciones, hasta nuestros abuelos; y nuestros intereses cercanos se proyectan dos generaciones hacia el futuro. El Universo tiene 13.700 millones de años; la Tierra, 4.500; la vida, casi 4.000; el hombre, un millón y medio de años…

Lo esencial se constriñe en ese párrafo apurado, mientras la corriente fluye apresurada en acontecimientos no siempre significativos, menos ideales. Desde cada refugio personal uno observa condicionado por circunstancias inmaleables, sin poder detener el calendario. Mira, observa, ve y se siente absorto de abundancias y carencias. Todo es mucho y es nada. Lo significante discurre sin solución y con cierta prisa hacia la desaparición física. Lo lento solo parece residir en las fotografías antiguas y en las expectativas. Por un momento reparas en un detalle minúsculo, en un recuerdo agradable, en un objeto entrañable o, todavía mejor, en unos ojos cómplices o en una caricia inesperada. Pese a todo, la vida pródiga del lado ingrato, como recalca mi amigo Suso, regala matizadas apreciaciones emocionantes y momentos de felicidad. Esa es su magia.

Como seres humanos hemos supuesto, imaginado, soñado… incluso investigado. Hemos aseverado y colegido, hemos formulado… En ocasiones llegamos a conclusiones iguales por caminos diferentes o desde culturas y estadios inconexos. Existe encanto en esa coincidencia en una verdad intuida por una lógica universal que nos arraiga en la evolución desde una madre común.  Hemos superado catástrofes inverosímiles. Esta es la esperanza.

La aspiración permanente del ser racional es la felicidad, mientras la curiosidad propende a descubrir el misterio de la vida. Lo cierto es que discurrimos en continua contradicción, con el pasado, con nuestra cultura, con nosotros mismos. En ocasiones, cuando trasladamos nuestras reflexiones, distraemos la referencia exacta de lo que realmente importa.

Entre tanta verdad construida, información y desinformación, en una crisis como la actual corremos el riesgo de distraernos, de no percibir el peligro de que gran parte de la población se deprima en soledad. Estoy persuadido de que debemos reenmarcar objetivos: salud, familia, amistad, vivir el momento, encontrar alicientes y comunicarnos con los seres que nos acompañan, encontrar alegrías y risas entre tanta desgracia. Hemos de repensarnos en sencillos actos inaugurales: atender, entender, explicar, hablar, sonreír, abrazar… Tenemos que pensar que somos necesarios y que cada pequeño grano de arena que aportemos a la playa común es imprescindible para conformar un ahora mejor, lo que equivale a decir: más humano. Quizás resulte suficiente con una llamada telefónica, un mensaje, un artículo o una visita. Por algo debemos comenzar a actuar antes de que sea demasiado tarde. El otro existe.

Debemos ensanchar nuestro entendimiento y también los corazones, entrelazar las palabras e intercambiar ideas generosas con un saber ser y estar entre una multitud que demanda ser respetada y atendida uno a uno, hasta construir entre todos una sociedad mejor, más igualitaria y justa. Hemos de aprender a democratizar las actitudes y tenemos que encontrar nuevos marcos de convivencia, seguramente menos dogmáticos. Debemos hacerlo con gestos significativos, partiendo de lo que está a nuestro alcance, esos de los que podemos responsabilizarnos y que solo dependen de la voluntad personal. Cada uno habrá de convertirse en un referente y los demás deberemos aceptarlo con el privilegio de su disfrute. No hay excusas.

Fundamentalmente somos lo que no sabemos y eso ha de hacernos más humildes y solidarios. No somos exactos, pero podemos contribuir a que los demás sean un poco más dichosos en un mundo más sostenible. Mi actitud es egoísta, porque sé que si actuamos así y sobrevivo a esta pandemia yo también seré un poco más feliz. Cuiden a los demás y de sí mismos. Reciban mi abrazo más cordial y no olviden que espero el suyo.

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