LA CAJA

Por Joan Mateu

Era casi hora de cerrar, y el dependiente de aquella tienda de ropa, estaba acabando de recoger los artículos y preparándola de nuevo para el día siguiente. Por la puerta trasera, sacó toda la basura y cajas de cartón al callejón como cada día.

Entre las cajas había una especialmente grande y de grueso cartón que se utilizaba para empaquetar 30 trajes para su transporte. Esta caja enorme quedó en el suelo, abandonada junto a las demás y a la espera del camión de la basura.

En aquel momento, la sombra de Manuel se recortó a contraluz en la entrada del callejón e inició renqueando su andadura hacia aquel montón de basura. Manuel era un vagabundo de unos 65 años, cojo a raíz de un accidente y lleno de harapos mugrientos como consecuencia de los días pasados a la intemperie.

Cuando empezaba a oscurecer, Manuel buscaba un lugar confortable y a resguardo en el que pasar la noche lo más cómodamente posible y que además le preservara de aquel frío de febrero, que en el amanecer dejaba lágrimas de rocío sobre su cuerpo y un poco mas de reuma sobre sus huesos.

Manuel vio la gran caja y el rostro se le iluminó, sus ojos parpadearon e inmediatamente aceleró el paso y se dirigió renqueante y apoyándose en su bastón hacia ella.

— Esta sí que es una buena caja, hoy dormiremos protegidos…, se dijo.

De pronto, cuando tenía sujeta la hermosa caja por uno de sus extremos advirtió que del otro lado de ella asomaba la figura de otro hombre. Era un hombre corpulento, mal vestido y sin afeitar; y por su actitud ya intuyó enseguida que quería la caja para el mismo menester que él.

Pero esta ésta era su caja y nadie iba a quitársela – pensó. Después de dormir bajo la lluvia dos días las piernas le hacían mucho daño, el reuma y las secuelas del accidente,  hoy dormiría bajo cubierto costara lo que costara – decidió.

Al mismo tiempo que sus pensamientos sus manos asieron con mas más fuerza y determinación la caja. Pero su oponente era muy fuerte, y notó que de solo un forcejeo era arrojado al suelo…

Casi inmediatamente notó un fuerte dolor en el estómago que dedujo debía ser una patada. Agarró más fuertemente la caja y con la otra mano asió su bastón y lo descargó con todas sus fuerzas sobre su oponente. Notó que había acertado en el blanco por un gruñido sordo de dolor. Intentó de nuevo la estrategia, pero algo muy duro y mojado le dio en la cara…

 —-   ¡Sería la bota…!

De inmediato empezó a notar el calor de un líquido viscoso que resbaló desde su frente a la boca. Cuando probó su sabor se dio cuenta que era sangre.

Pero nada ni nadie iba a dejarle sin cobertizo aquella noche.  Blandió de nuevo su bastón y lo descargó con todas las fuerzas que le quedaban hacia el lugar donde creía que estaba su contrincante; pero ahí, solo sólo estaba la caja que a resultas del impacto se desgarró y se partió en pedazos.

Los dos hombres, sentados en el suelo y con pedazos del botín en las manos se miraron un instante. Ninguno de los dos dijo nada. Manuel vio que el otro hombre se levantaba dolorido, y se iba hacia la entrada del callejón.  Allí no había nada que hacer.

Manuel constató que la caja había quedado inutilizada, y apoyándose en su bastón se irguió con bastante dificultad y fue siguiendo al otro hombre hacia la salida del callejón. Encogió los hombros. Buscaría un sitio que donde no lloviera mucho, y se protegería lo mejor posible.

El callejón quedó en silencio, solitario y mudo testigo de la reyerta.

No fue hasta al cabo de unos minutos cuando se abrió de nuevo la puerta de la tienda, y el mismo empleado sacó otra caja igual mascullando

—- ¡Que cabeza tengo! ¡Podía haberlas sacado las dos a la vez! ¡Me hubiera ahorrado un viaje!

Y depositó en el suelo otra caja especialmente grande y de grueso cartón.

Un Comentario

  1. Me gustó el cuento, uno al leer podía ver la situación. Tengo en mi vereda una mujer que vive frente a la puerta de una concesionaria de automóviles VW y dice que esa es su casa. No acepta ayuda de la ciudad, ni de sus dormitorios – comedores – facilidades de higiene y no quiere dejar el lugar. Con los años de vivir aquí, ya he visto morir a dos, un hombre primero, la mujer después, y tenían la misma actitud. Bueno, la ciudad no acepta que la gente que se aloja por las noches traigan consigo más de una bolsa, de esas que usan los consorcios, negras y grandes, con sus pertenencias: mucho acarreo genera peleas por los que quieren apropiarse de tanta “exhibición”, por eso lo hacen. Estas sociedades que general gente con estos problemas de vivienda a su edad, y las leyes de protección por los derechos humanos que permiten que ellos decidan si no desean ayuda estatal ….. ¿ dónde está el límite de tu capacidad de decidir y el bien de ayuda en el cuidado de sus enfermedades ? parecen los casos de los que no aceptan transfusiones y mueren por no recibirlas, el respeto de sus creencias religiosas los lleva a una muerte segura. Las ciudades crecen y terminan siendo insensibles a ciertas necesidades de sus habitantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *