LA CIUDAD Y LOS DÍAS

Por Alberto Barciela

La ciudad, poblada de mobiliario urbano, repleta de símbolos e indicaciones, parece abstraída en su propio ambiente, como en tantas obras de arte o literarias. La vida se compone de un collage de momentos, la literatura de palabras y pensamientos. La urbe es, en sí misma, un corta y pega, e incorpora hallazgos y lamentos urbanísticos, aportaciones naturales, señales confusas y parpadeantes, edificios que inquieren el cielo, zonas ajardinadas, cruces, espacios para vehículos ruidosos y eléctricos, pasos de cebra destinados a otros animales rayados, los peatones; mareantes rotondas, museos fascinantes, fuentes y alcantarillas, escaparates de banalidades atrayentes.

Todas las poblaciones se parecen, pero también se diferencian, adquieren su pátina, su personalidad. En sí mismas son el expositor de una cultura que se exhibe para cuantos la conforman. Como diría Tom Wolfe: una hoguera de vanidades.

Capa sobre capa, las cosas logran sobreponerse a su caos mediante el hábil juego del diseño, incluso consiguen adquirir personalidad, característica, diferenciarse entre tanta propuesta metropolitana, y hacerse atractivas para los públicos y consumidores.

Son las vidas las que pasan. Las que se trenzan en la urbe, cogidas de la mano o ignorándose, unívocas o diversas, plurales, pero siempre entremezcladas, como diluyéndose ensimismadas para construir, entre todas, una sociedad con sus bamboneantes características. El resultado: una peculiar aleación de ideas, ambiciones amalgamadas, una remedo de circunstancias, afanes, aventuras, alienaciones y preludios inconmovibles. Cada uno apaña su relato, su experiencia, su biografía y trata de hacerlo atractivo para sí mismo y/o para los demás.

Pasan personas que, si no son familia, pueden conocerse en la oportunidad casual de un instante imprevisto, condicionarse ya para siempre, en la imposibilidad de ignorar en lo consciente lo que pueda ocurrir en sus deseos. La otredad existe, como el ahora, en un espejo que nos devuelve una imagen inconsiderada, como los ciudadanos indiferentes. Todo y todos nos movemos entre prisas, ansiando eternidad, obviando la lentitud de las cosas que perduran entre el tiempo creado en aparatos ideados por aquellos que lo pierden, asombrados o no, bajo los árboles.

El escaparate se muestra ante el escaparate. Uno observa mientras le observan, siquiera como un elemento subjetivo, colindante en la circunstancia de un lugar en la villa, atropellada en sus propios avatares.

Como dijo el filósofo francés Yves Michaud (1944), en su libro “El nuevo lujo”…

“El mundo del lujo y la creación de nuevas industrias, experiencias, objetos… están asociadas a uno mismo, a su propia construcción de la identidad… es toda una experiencia, incluso cuando compramos algo, cuando va unida a un objeto: la de llegar a la tienda, que te abran la puerta, el aroma que desprenden los objetos allí perfectamente expuestos, la de la atención personalizada y hasta la de la bolsa y la factura que nos entregan. Todo ello cuenta tanto o más que el objeto en sí. Lo que ya puede parecer algo más discutible es que ese lujo sea solo (o principalmente) por que los demás “nos cuenten” y para dar envidia, ya que puede estar hecho solo para el placer propio, por el gusto del objeto y la experiencia, siempre asociado a la la arrogancia”.

Todo se observa, todos nos observamos, abstraídos, en una muestra efectiva de posibilidades e imposibilidades, de egos y fobias, de ambiciones y frustraciones. El placer está en el otro, en lo otro. En la intención de posesión de aquello que, consciente o inconscientemente, atrae. El encantamiento momentáneo sería la consecución, el incorporar a la colección de instantes una caricia o un objeto.

Si, cual plano del Metro, cada persona dejase tras sí una estela de color, es probable que diseñase el mapa de la distancia en la proximidad, de los afectos e incomprensiones de cada tribu entre las tribus, de cada soledad entre tanta red de relaciones distanciadas o atadas para siempre. De un suburbano con una profunda sima entre andenes, pero que finalmente alcanza el mismo destino incomprensible. Las vidas tienden a pegarse -a colarse- en dibujos de caracteres, entendimientos, diversidades, culturas, exhibiciones, egos. La tribu nace de la tribu, de lo personal a lo colectivo todo se enreda para tornar a la idiosincrasia.

La ciudad se hizo nuestra con nosotros dentro, nos deglutió mientras la admirábamos es muchos pequeños fragmentos: calles, plazas, mercados, barrios, museos, suburbios, cines, teatros. La urbe cosmopolita, acogedora, se sabe hecha de múltiples mundos, de culturas divergentes, de propuestas y de incomodidades. La ciudad no tiene límites, se expande en sus propios collages y entre tanta intención alguien ha pegado un coronavirus. Lo múltiple puede resultar un desastre o provocar una pandemia de nueva humanidad. ¿Quién lo sabe?

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