LA EDAD DE PLATINO

Esta semana se nos han ido al espacio muchos abuelos. Quisiera decirles adiós con la ternura que merecieron en vida y desearles que encuentren, por fin, esa fuente de la eterna juventud donde bebe sorbos de eternidad la buena gente.      

Casi mil convecinos de la Tierra Única han traspasado ya la meta del platino, que es tanto como superar los cien años de edad. Los expertos creen que para el 2030, se duplicará el número de centenarios si el virus maldito no se nos mete a todos en el cuerpo y acaba con nosotros.

Porque, entre los mayores a los que ya nos sonríe la edad de oro y aquellos otros que tenemos de plata el alma y las sienes, superamos en esta Galicia en cuarentena el 20% de una población a la que le dicen envejecida.

Bueno, pues sí. Nos hemos ganado ese premio, pero queremos envejecer con mucha salud y sobre todo con dignidad, aunque eso requiera echarle mucha imaginación al futuro, si es que hay futuro inmediato para nosotros, los mayores de 65 años, tras el paso de un asesino al que conocemos por Covid-19 pero… al que no le podemos ni ver la cara.  

Nos merecemos un largo, prolongado y feliz final aunque la demografía, esa ciencia casi exacta, nos diga que no cuadran las cuentas. Este virus que nos ha colado el Planeta nos ha dado la mayor lección de nuestra historia: sin niños a los que besar ni viejos a los que abrazar, la vida no es vida.

Así que, vosotros, los que os ponéis nombres en inglés para definiros como miembros de una tribu generacional de las de ahora, darle caña al mono estos días, que todos los abuelos queremos muchos más nietos para recibir un soplo de felicidad que prolongue nuestra existencia.

Y los que sois hijos queridos ayudadnos a traspasar juntos la barrera del tiempo para compartir vitalidad y sumar experiencias, que la gente sabia opone buen humor a los imposibles y a la aventura física.

Sí. Nos cuentan que los gallegos tendemos a vivir más y en tan solo una década llegar a los cien años resultará aquí mucho más fácil. Los gerontólogos pronostican que uno de cada dos mil ciudadanos mayores llegará a centenario.   

Dicen que poseemos una buena base genética y añaden nuestra reconocida capacidad para superar adversidades por esa especial manera de tomarnos la vida con mucha calma.

Es verdad. Aquí se envejece mejor, aunque, en realidad, los mayores de la Tierra Única tenemos abierto otro debate:

¿Qué es mejor? ¿Dar años a la vida o vida a los años?

Porque está muy bien llegar a los cien, pero es mucho mejor llegar a la meta con una buena autonomía,  física y mental.

Y es que…  

El otoño nos entra en el cuerpo para rodearnos de largas y dulces melancolías.  Se trata de la estación vital de la luz suave que todo lo diluye. Incluso los besos, que ya son ocres.

Esa soledad otoñal, la que invita al amor sin sexo en la red social y nos entrega los sueños más románticos, se inicia en el momento en que nos miramos al espejo y vemos como alborean nuestras vidas.

Aunque, si te fijas, hay veces en que la vida resurge para evitar la caída de la hoja y hace reverdecer los sentimientos.

Hay mil historias de parejas inciertas por el escaso tiempo que queda, que no por la llama que se enciende en la mirada. Y también mil rostros de arrugas que enamoran para convertir en eterno el minuto final.

 — ¿Y entonces?

Aunque no lo creas, cuando pasen estos días de miedo, volveremos al botellón de mayores para que la orquesta toque la penúltima, obligándonos a mover los pies y a cimbrear la cintura.

Nuestros ritmos… son también otoñales. Son el legado artístico y cultural de los indianos de antes, en aquellas fiestas del ayer. Suenan las canciones de jueves tarde y volvemos a creer en las hadas y en druidas sabios, autores del milagroso resurgir de los cuerpos.

Esto ocurre cuando te sales de lo previsto en busca de la aventura física porque quieres recorrer la geografía imaginaria de la vida feliz… para olvidar las noches del “Pensando en ti” con Marcial Mouzo.

Es que… ese es el viaje que templa el espíritu y te adereza un alma de primavera en el invierno de la vida.

En resumen, una buena manera de emprender el trayecto final para templar el espíritu al mismo tiempo que mostramos el buen humor y la audacia de la última conquista

Concluyendo…      

Cuando llegas al otoño de la vida el refranero te  delata:

La cana engaña, el diente miente y la arruga no deja duda”.

A pesar de ella, de la arruga, seguimos teniendo inconmensurables ganas de vivir. Por eso disimulamos. Para cobrar ánimos otra vez ante el espejo. Si nos hemos pasado la vida cuidándonos, por la boca y por las piernas, no es cuestión ahora de sentirse cansado.

Así que, hagamos de nuevo ejercicio, como mandan los también otoñales médicos:

Este es el jarabe que hemos de tomar:

       Una hora de vacaciones todos los días; un día de vacaciones todas las semanas; y un largo fin de semana de vacaciones todos los meses».

Y bailemos. Templemos el espíritu para curtir el alma, que ella aún celebra la primavera. Tú que eres sabio, ya lo sabes, abuelo…

Frente a las arrugas, bailecito caribeño, buen humor y mucha audacia para el amor”.

Así te dará mucho gusto llegar a los cien… ¿Verdad?

(12) Comentarios

  1. Sabia reflexión de quien ha entendido a la perfección el final del camino que nos toca recorrer. Me alegra saber que en plena crisis sanitaria hay quien piensa en llegar a centenario. Eso sí es ser optimista.

  2. La cara de felicidad de esos mayores en las fotografías bien merece hacer algunos esfuerzos para que vivan todos los años que tengan que vivir con felicidad plena. Cuidemoslos estos días de riesgo.

  3. Desde Valdeorras todo mi apoyo a esa gente mayor que nos dio todo y que ahora debemos de cuidar para devolverles sus cariños. Ojalá pasen todos de los cien.

  4. Preciosos textos y fotos. Como mayor que soy me veo identificada en este artículo. Cuídense mucho todos. Saludos desde Avellaneda.

  5. Como abuela mil gracias por este homenaje. Escuché tantas barbaridades estos días que no sabéis aún lo que se agradecen tan hermosas palabras.

  6. Seguramente esos abuelos se están riendo de nosotros, los enclaustrados, porque ellos al fin se liberaron no solo del mal sino de una vida que, salvo en la intimidad familiar, ha despreciado su sabiduría. Esta pandemia no la inventó el Planeta, ni siquiera es fruto de los conspiranoicos cabritos que quieren que se mueran para ajustar las cuentas de la seguridad social. Que va, este virus maligno lo inventaron los abuelos para alejarse de una sociedad que les desprecia. Te lo digo yo que estoy esperando mi hora como el santo advenimiento.

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