LA ESCUDILLA DE MADERA, UN CUENTO DE MI INFANCIA

Por J. J. García Pena

Hace mucho tiempo, en una cabaña perdida del bosque, vivía una familia de leñadores compuesta de un matrimonio con cinco hijos y el anciano padre de la mujer, que, agobiado por los años y los duros  trabajos  pasados como leñador, dependía de un bastón para caminar.  La torpeza  del anciano fue aumentando con el paso del tiempo.

A la hora de comer solían caérsele de las manos los mendrugos de pan.  La cuchara, tan temblorosa como sus mano, con frecuencia derramaba su contenido, ensuciando sus ropas y la mesa familiar.

Su hija, fastidiada, le regañaba con los  mismos modos que si se tratara de un niño travieso, lo que provocaba las risas y algazara de casi todos sus hijos.

Un día, un involuntario movimiento del anciano dio el plato de gazpacho contra  el piso de piedra de la  cabaña. Los gritos de su hija sirvieron de fundamento al jaleo de casi todos sus hijos, que ya los había grandecitos entre ellos.   

La paciencia de la pobre mujer se colmó el día en que, por segunda vez, el torpe viejo, dado el temblor cada vez mayor de sus manos, terminó por tirar al suelo otro plato de loza, que se hizo añicos…

 —- ¡Desde mañana comerá usted solo y con una escudilla,  en aquel rincón!

Hacía ya una semana que el  viejo se sentaba a comer en solitario  en el rincón asignado, valiéndose de una escudilla y una cuchara de madera. El temblor no había cesado, pero sí la grita infantil y los lamentos de la pobre señora.

Ese día, en el patio de la cabaña, los padres observaron, curiosos, el laborioso  juego de uno de sus hijos,  sentado, silencioso, en el suelo con un cuchillito  y un tronco trozado. 

(Era el que nunca se reía ni se mofaba cuando regañaban al torpe abuelo).

—- ¿Qué haces, hijo mío?-, le preguntó su padre.

El niño levantó la candorosa mirada y, muy seguro,  contestó a su padre, pero mirando a ambos progenitores…

—- Hago una escudilla de madera, para vosotros dos.  Para cuando seáis viejos…

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