LA GRAN RESERVA

El paraíso que buscamos se halla en la tierra con sabor a aldea vieja, de casas de ladera; de lugares distantes del núcleo parroquial. En territorio quebrado y en un pueblo pintado al pié de montañas que fueron fracturadas por los cataclismos geológicos.

Aquí están esos hogares de techo de pizarra que escalan pendientes de vértigo, siempre cerca del árbol sagrado nacido en el souto que desafía precipicios…

Son pequeñas haciendas que conservan, al menos, una de las cien pallozas que en tal lugar ocuparon los campesinos “zoelas” o los ganaderos “albiones”; galaicas tribus de la prerromana época,  asentadas entre una y otra reserva de la Biosfera, entre la de Ancares y  la de los límites galaicos que marcan los ríos Navia y Eo.

Este paisaje está lleno de muestras de un pasado de ingenio de subsistencia en la gran montaña; en  aquellos tiempos en los que lo único posible era subsistir…

A pié de río, en el valle profundo, se asientan, sin embargo, pueblos de campos de maíz y amplias praderías… con iglesia parroquial y cruceiro… y tierras cultivadas con aperos de labranza de diseño…

Están próximas al molino que mueve el agua del río pequeño, que aún muele por placer de molinero anciano…

Y también junto a la ferreiría, que este paraíso fue de hierro de minas en medio de los bosques frondosos; y hasta Galicia también llegaron los monjes del Císter, los primeros maestros de aquel arte de moldear el hierro…

O junto al Mazo, artilugio movido por aguas rebeldes de regato impetuoso, que también era de ferreiro.

En las ferreirías se fundía el hierro en lingotes y en los mazos se trabajaban hasta convertirlos en útiles y herramientas.

Son los testigos de un tiempo ingenioso, cuyo recuerdo nos llega a través de varias muestras etnográficas; que no hay municipio que se precie, de la frontera asturgalaica,  que no ofrezca al visitante, museo con tal contenido.

Por ello, en cualquier aldea de ladera o de valle profundo, aún es posible recomponer el relato de aquel tiempo pasado.

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