LA HIPERVIOLENCIA

                    … La impudicia de una propaganda pensada para todos sin reparar en la distinta capacidad económica de los destinatarios de sus alegres y perversos mensajes.

Por J.J. García Pena

Un día sí y otro también, nos preguntamos, atónitos, el  por qué del terrible aumento de todo tipo de violencia social, potenciada por el floreciente mercado de drogas  varias. Y cada día asistimos al ritual de agruparnos como lo hacen los corderos asustados, no para luchar sino para reconfortarse mutuamente ante una amenaza que no sabemos  bien de dónde proviene, pero que nos hace temblar. 

Ya no son  grupos de rezo,  como antaño, es cierto. Las gastadas plegarias, vencidas sus fechas apocalípticas,  han perdido efectividad.

Ahora, al reunirnos, temerosos y/o coléricos,  reemplazamos las desinfladas plegarias por un aborregado y cronometrado silencio de un minuto exacto, ni un segundo más.

Con eso recuperamos el resuello y nos disgregamos, aliviados y cumplidos,  hasta que nos convoque el siguiente, cercano e infaltable ataque asesino de entrecasa.

Hipocresía generalizada. Estrategia de avestruces, no de seres pensantes.
Si de verdad nos importa encontrar soluciones, podríamos empezar por respondernos a algunas cuestiones nada baladíes:

¿Qué tal si nos preguntamos si el acceso a la pornografía de pantalla, fácil e ilimitado para todas las edades, en la que la mujer sigue siendo un objeto de usar y tirar, tiene algo que ver con el imparable aumento de las agresiones sexuales en grupo o en solitario?

Y también… ¿Por qué ningún medio de comunicación de masas analiza o condena las propagandas lavacerebros y los préstamos «fáciles y blandos»? 

La felicidad prometida se convierte en frustración y reproches mutuos, en amargura; al regreso del viaje de placer a plazos, o cuando no alcanza el dinero para pagar las cuentas del nuevo auto que tan felices nos haría, según el evangelio de Santa Televisión. 

El siguiente paso a la frustración y al mutuo reproche, es el odio y, acto seguido, la violencia desatada.  Y en esa desigual batalla, ya se sabe,  sucumbe el más tierno a manos del más brutal. Una y otra vez, muere Abel, no Caín.

—- Mi hijo es un santo. No sé qué pudo haberle pasado…

Es lo que responde  horrorizada, la madre de quien asesinó,  delante de sus hijos, a su mujer, a su cuñada y a su suegra. El suegro se salvó, en ancas de un piojo, por no estar presente, no por falta de balas o ira del bestial trastornado.

El periodismo al uso da por cerrado cualquier caso de violencia,  doméstica o urbana, tras la captura o muerte del agresor.  Rara vez trascienden  los motivos puntuales y el estado  psicológico de quienes desencadenan tales  tragedias. 

Será, entonces,  tarea de sociólogos y criminalistas desentrañar y revelarnos, de una buena vez,  las pulsiones criminales de tales individuos.

Pero mientras no lo hagan, tenemos el derecho, y hasta  la  obligación, de preguntarnos  si tras el incontrolable avance de esta lacra social,  no subyace un consumo exacerbado de bienes y servicios superfluos y elitistas, acicateado por la impudicia de una propaganda pensada para todos, sin reparar en la distinta capacidad económica de los destinatarios de sus alegres y perversos mensajes.

Perversos, sí.

Porque, si bien  tengo derecho a comer un pollo entero yo solo,  me vuelvo perversamente indigno si lo hago frente a mis semejantes que pasan hambre.

Es obsceno crear la «necesidad» de poseer  bienes de consumo cuya oferta, pantalla mediante,  nos llega a todos por igual y sin excepción, vivamos en un  cuchitril o en un penthouse.

En consecuencia, nos afectarán de diferente manera los inductivos anuncios.

¿Se han preguntado si el aumento de excesos sexuales, trifulcas y robos, cruentos e incruentos, protagonizados por varones cada vez más jóvenes, casi niños, no estarán influidos por el veneno que, cada día y noche, se les inyecta a través de las pantallas de sus móviles?

No todos los adultos tenemos la misma tolerancia al dolor y a la frustración; mucho menos los adolescentes. Eso debe ser tenido en cuenta por los organismos encargados del bienestar público.

La cacareada igualdad social, la verdadera democracia,  mal que nos pese, es un concepto abstracto que, por ahora,  solo se ejerce en las urnas.

Dejo por aquí, muy sintetizados, solo dos de los muchos  ingredientes del coctel envenenado que, según creo,  lenta pero inexorablemente, va pudriendo las raíces de nuestra sociedad: el acceso a la pornografía ilimitada y el consumo exacervado de bienes innecesarios.

Abierta por segunda vez la Caja de Pandora, ahora en formato digital, no dejemos que se nos vaya a nosotros también  aquella Esperanza que se les escapó a los griegos, pese a vivir en la cuna de la cultura europea.

(2) Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *