LA LEGÍTIMA ESPERANZA

Por Alberto Barciela

Estoy triste. Una lluvia de desesperación, fina, persistente, es ahora la vida. El mundo de hoy es incomprensible, estremecedor. Manantiales de desconsuelo fluyen por doquier. Pero uno se convence que al dolor hay que atajarlo antes de que cree monstruos. La actualidad ha molestado el bienestar, incluso los mejores presentimientos, lo amenaza todo.

Canto con el poeta italiano Filippo Pananti para proclamar una estrategia de consuelo: “se secan las lágrimas mezclándolas”. Por eso, en primer lugar, comparto el inmenso dolor por la pérdida de amigos como Dositeo Rodríguez o del doctor José Manuel Pérez Vázquez. Me han honrado con su compañía y me alivian con su memoria. En medio de tanto desconsuelo, Carmela, Elena, sus hijos y nietos tienen biografías inmensas que ennoblecen las memorias de aquellos a quienes más han querido. Seres buenos y generosos, a los que yo no olvidaré. Tuve el gran privilegio de haberles conocido y querido. Sirvan estas palabras también como testimonio de solidaridad con las familias de los fallecidos, con los enfermos, y especialmente con nuestros mayores.

Cada uno encuentra la esperanza en donde puede: unos en la fraternidad, otros en sus creencias espirituales, los más en la distracción que le procuran sus aficiones. Tratar de abstraerse es un refugio. Muchos recurrimos a la cultura o a la conversación telefónica con quienes nos necesitan; otros lo hacen apelando al humor descarnado que tanto pulula estos días por las redes sociales. Las opciones habrán de respetarse, que menos podemos pedir para cuantos buscamos ánimo o simplemente evadirnos por unos instantes de tanta calamidad.

En nuestra cultura católica la mayoría rezamos cuando tenemos miedo, cuando no conocemos lo que nos amenaza, cuando no existen agarraderas tangibles. Utilizamos la fe, es un recurso válido, serio, el fruto de una educación y unas tradiciones que nos serenan. Allá cada cual con sus prácticas, con sus hábito, con sus creencias. Libre albedrío, pero también consideración. Digo esto con intención de denunciar la actuación de determinadas corrientes ideológicas que, en medio del caos, intentan sacar partido haciendo daño, un mal cobarde y especialmente inoportuno a instituciones milenarias como la Iglesia, esquivando toda alusión a su gran labor social, a Caritas o a cuanto de entrega emana de personas anónimas que sacrifican todo por los demás. Es curioso, ellos piden tregua y la obtienen para su nefasta gestión administrativa, pero atacan a entidades que demuestran cada día su solidaridad y dedicación, su buen corazón y que también cometen sus errores, por humanas. A los pérfidos, afincados en su ateísmo o agnosticismo, hay que decirles alto y claro: este no es momento de destruir, sí de sumar esfuerzos. No soy dogmático, intento ser justo.

El cielo, el más allá, la eternidad, la posibilidad del reencuentro con los seres queridos es un recurso de la creencia del ser humano, algo que nos ayuda a convivir con la ignorancia exacta de nuestro origen y la posibilidad de un destino distinto al que representa la muerte. Las entelequias, en cierta manera, nos justifican. Por el contrario, estoy casi seguro que todas las supersticiones acumuladas por los racionales, todos los rencores, no dan siquiera para un momento de sosiego cierto.

En el mes de confinamiento que ya llevo como grupo de alto riesgo, he ocupado una horas reordenando lo acumulado durante 57 años. Es todo lo que les puedo dedicar a tantos objetos que conforman lo que dicen que es mío: libros, fotos, discos, películas. No me siento reo de las cosas, es una de mis conclusiones. Quizás es la lección que me han imbuido las lecturas de estos días – entre otros, Elias Canetti, Emile Cioran, la biografía de Andrew S. Curran sobre Diderot y “el arte de pensar libremente”, el filósofo Xosé Luis Barreiro Barreiro y Elsa Punset-. Junto a la realidad vírica, de una u otra forma todos esos autores me han instalado en el consolador carpe diem. Mi réplica ha sido trabajar con profusión en el manuscrito de Las Pequeñas Cosas, un opúsculo filosófico muy elaborado; en un libro sobre Emilio Gil, un diseñador excepcional, responsable de buena parte de la imagen del Museo del Prado; y en una historia sobre Chapela en Redondela, mi pequeño mundo. El esfuerzo intelectual tiende a disimular algo tan extraño como la verdad, la instala entre cómodos cojines de complacencia.

Sin perspectivas, sin creencias, sin utopías, la vida se fatiga para nada. No tendría sentido haber nacido para explicarnos quiénes somos o para estar solos. Entender al divergente o crear resulta imprescindible.

La esperanza perdura, ansía convertirse en la propia eternidad. Confíen pues. Como diría mi amiga Nélida Piñón, la ilusión vendrá y lo cambiará todo.

Mis pequeñas alegrías son inconfusas: la evocación de los que ya no están, las noticias sobre los que se recuperan, hablar con la familia y los amigos, la admiración por la solidaridad inconmensurable de sanitarios, fuerzas de seguridad, periodistas y tantos otros pequeños Amancio Ortega anónimos; la esperanza en que los que saben nos ayudarán a reconducir la economía; trabajar sobre mis manuscritos, leer y reflexionar para y con ustedes.

Decía Augusto Murri, ilustre médico e investigador italiano, si podéis curar, curad, si no podéis curar, calmad, y si no podéis calmar, consolad. Eso intento.

Quizás el día más feliz de nuestra existencia esté por llegar.

Cuídense. Salud y ánimo.

(3) Comentarios

  1. CARITAS hace una gran labor y la verdad es que si se meten con la Iglesia por el coronavirus es que ya son ganas de hacer el payaso.

  2. Hombre, la Iglesia siempre quiere meter baza en la política y eso, creo yo, hace que no pase desapercibida para quienes no comulgan con ruedas de molino.

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