LA PANDEMIA

Por J. J. García Pena

Históricamente todas las pandemias conocidas -desde Egipto para acá y dejemos afuera a toda América- se han saldado con millones de personas muertas;  es el «efecto rebaño«.

Para más o menos tener una idea de cómo continuará y acabará la presente, estimo que debemos tener en cuenta ciertos parámetros globales , aunque tomados muy groseramente:

A) En general,  las mayores pandemias han tenido una duración media de entre dos y siete años.

B)  No había remedios conocidos ni se sabía -dado el nivel cultural medio-  el origen de mal, atribuyéndosele convenientemente, en consecuencia, a castigos divinos o a maldades conspirativas  de tal o cual colectividad  previamente odiada.

C) Éramos pocos millones de habitantes humanos  en el globo (hasta bien entrado los años 1800 no superamos el «humilde» millardo de millones de almas y teníamos contaminación cero o casi).

 D) En 1950 ya fuimos más de dos mil millones y medio y se comenzaba a hablar de polución y crecimiento preocupante.

Hoy somos casi ocho mil millones en medio de una pavorosa contaminación jamás vista. Y debido a los maravillosos sistemas de transporte una peste demora menos de un día en instalarse en cualquier lugar de la Tierra.

Tenemos a favor elementos inexistentes en el pasado:

1) Sabemos que el mal no tiene origen divino,  por tanto no perdemos tiempo  buscando culpables en colectividades sospechosas.

2) Tenemos más conocimientos salubres y medicinales y mayores recursos materiales y humanos.

4) Sabemos que nadie -con o sin dinero- está ajeno a sufrir las consecuencias. Ello nos solidariza, aunque más no sea por egoísmo.

Siendo optimista como lo fui siempre,  creo que esta pandemia del presente durará no menos de dos años y no más de tres, aunque  el saldo será terrible. Es la forma que usó siempre la Naturaleza para restablecer su propio equilibrio. Es el Diente de Sierra que recorremos (y seguiremos recorriendo) una y otra vez.

En este momento estamos casi llegando al fondo del valle, donde las cosas serán más oscuras, pero arriba sigue brillando el sol,  que aguarda a quienes puedan remontar la cuesta.

Una vez más en la cima, seremos un poco más sabios que los ancestros, pero, a pesar de ello, volveremos a caer en otro barranco poco más adelante. Y así será hasta que la Educación nos iguale a todos. Habremos aprendido, entonces, la mayor lección de la propia Naturaleza: la economía y la justa distribución de los recursos.

No en vano los seres que vuelan tienen huesos huecos y livianos. Economía natural de recursos. Si gano diez no debo (no es prudente ) derrochar once.

Nosotros no solo gastamos once, sino que hipotecamos los once de nuestros hijos y nietos, y de paso, les enseñamos a seguir con el derroche en medio de un planeta harto de nosotros.

Derrochones como imbéciles nuevos ricos. ¿Qué cosa buena puede salir de tales «maestros»?

Otra vez pagaremos-previsiblente- por nuestra falta de sentido común. Por nuestro egoísmo suicida. O fratricida, peor aún.

¿O ya nos olvidamos cómo terminó- hace dos mil años- quien nos quiso abrir los ojos? 

No será esta pandemia  la última que nos espera,  por cierto. Así que ¡ánimo!, que todo tiempo futuro será mejor!

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