LA PLAZA DEL OBRADOIRO, ORGULLO Y PASIÓN.

Habíamos comido a cien porque el avión de las tres no esperaría por nosotros. Íbamos camino de la sala de embarque. Él volvía a Compostela desde Bruselas y yo lo hacía desde Pozuelo de Alarcón. Varios años después de que nuestras vidas casi paralelas se separasen definitivamente solo disfrutaba de su conversación sincera en un sofá de la sala vip de Barajas, punto de encuentro de todos los viernes de aquel año, a eso de las dos.

Me dijo una vez…

—- ¡Que dura es la morriña!

—- Pero nosotros somos emigrantes de lujo, vamos todos los fines de semana…

—- Hay emigrantes de Lugo, pero de lujo… no los conozco. Cuando vives en un hotel, con la familia lejos, en una ciudad que no te conmueve, con una plaza que te resulta ajena… no hay lujos, solo existen las añoranzas.

      Y más si eres de Compostela y aún te detienes de cuando en vez en la Plaza del Obradoiro para admirar los edificios que dieron origen a la capital más universal.

Ese viernes noche de aquel mi primer año de exilio madrileño le hice caso a mi tocayo, el que fuera mi presidente: tras una cena frugal pasee las calles de piedra que conducen a la gran plaza para recibir a la Luna que aparece a veces tras las torres de su catedral magnífica.

En esto, sentado a lo peregrino, utilizando como respaldo el pazo de Raxoy, me los imaginé a los tres en el medio de la plaza, con fondo gótico y barroco, en aquella escena de “Orgullo y Pasión” que cientos de personas vieron en vivo.

Se trataba en la realidad de tres grandes estrellas de Hollywood: Gary Grant, por el que mi madre sentía un tremendo amor platónico, como todas las madres de 1956. Sofía Loren, la actriz italiana que despertaba inconfesables deseos, incluso los de cansados caminantes recién llegados a la plaza. Y Frank Sinatra, del que todo el mundo admiraba su voz romántica salida de los vinilos cuidadosamente colocados en aquel pickup de los guateques.

Un numeroso grupo de extras ocupaban casi todo el lugar y los curiosos llenaban el resto del escaso acotado. 

El director Stanley Kramer trataba de recrear en la Plaza del Obradoiro la guerra de la independencia española. Había elegido para ello uno de los grandes escenarios de esta Galicia de película.

Esa noche quiso la Luna quedarse en casa para que las torres catedralicias destacasen en la oscuridad sobre todas las cosas y me acompañasen en la meditación. Entonces cerré los ojos y escuché que me hablaba el mismísimo don Ramón María del Valle Inclán…

—- De todas las ciudades españolas, la que parece inmovilizada en un sueño de granito, inmutable y eterno, es Santiago de Compostela. Rosa mística de piedra, flor románica y tosca,  como en el tiempo de las peregrinaciones más antiguas, conserva la gracia ingenua del viejo latín rimado.

Valle hablaba de la ciudad mirando hacia la fachada de la impresionante Catedral y a los otros edificios de la gran plaza que huye a la idea del tiempo porque… no parece antigua sino eterna.

—- Compostela, inmovilizada aún en el éxtasis de los peregrinos, junta todas sus piedras en una sola evocación y la cadena de siglos tuvo siempre en sus ecos la misma resonancia, sobre todo en el Obradoiro.

Y se fue por detrás del Hostal dejándome una gran definición:

—-  En Compostela las horas son una misma hora, eternamente repetida…

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