LA REALIDAD

Por J.J. García Pena

El pensamiento, burlador de todas las rejas, no se puede encarcelar. Nadie en su sano juicio puede sostener lo contrario.

Tan cierta es esta  sentencia sin fecha, como también lo es (o debería ser) que  nadie, ni siquiera la familia del rey, está por encima de la ley.

Y aunque  en la práctica las sentencias condenatorias de actos dolosos o criminales pueden elastizarse de acuerdo al poderío (Don Dinero) de los  encausados, el solo hecho de citarlos a un tribunal y ventilar sus turbios enredos, nos indica que, de siglo a siglo, se va consolidando la necesidad y conveniencia general  de regirnos por normas sociales convenidas de antemano y que nos defienden y obligan por igual a todos.

Por eso se nos antoja un juego abstracto y pueril la frustrada intentona independentista en España.

¿De verdad sus promotores creyeron que pasarían desapercibidos  sus angelicales procedimientos pro-separatismo y su delito camparía impune?

Que no me guste la ley no me da derecho a burlarla. Al hacerlo le estoy gritando a los demás que me burlo de ellos y que, como un Mesías, estoy por encima del bien y del mal.

¡Buenas bases morales para inaugurar un nuevo estado!

Es inaudito que un equipo de personas inteligentes no haya previsto las lógicas consecuencias de sus actos ilegales.

¿De verdad creyeron que su parodia republicana independentista sería bendecida por la Unión Europea? Cuesta creer tanta ingenuidad en personas cultas.

Es como hacerse trampas al solitario, o como ponerse gafas oscuras y creer que, por ello, nadie nos ve. O cerrar los ojos y, con solo ese gesto, negar la pobreza o el miedo. Es la técnica del avestruz.

Si la realidad nos disgusta  podemos y debemos  modificarla con mucho voluntarismo, esfuerzo e inteligencia,  pero jamás deberíamos negarla. No es sensato hacerlo.

Para cambiarla deben ir unidos el esfuerzo, el voluntarismo y al inteligencia. Con solo voluntarismo y esfuerzo no basta. La inteligencia es el tercer componente imprescindible del cambio posible.

Y no es de muy inteligentes  empezar por ignorar la realidad. O tergiversarla a nuestro gusto, como los niños.

El esclavo -el verdadero esclavo, no el gordo victimista- no le sonreía a su  infame carcelero mientras le entregaba un oloroso clavel. Recuperar la supuesta dignidad robada tiene costos tan sublimes,  que pocos, llegado el momento, están dispuestos a pagar.

La fiesta de disfraces, como el ensueño de Cenicienta, previsiblemente, duró una noche. Toca devolver los trajes alquilados y pagar el derroche.

Para la próxima tal vez se les ocurra  incluir en sus planes  la inteligencia y anular el desprecio por los demás. Es posible que, entonces, les vaya mejor.

El suponerse superiores a los demás nunca fue un buen punto de partida. Pero… no hay fracaso que no deje un plus de utilidad: todo error nos hace más sabios.

De eso se trata.

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