LA SANTA COMPAÑA DEL MAR

Desde Galicia a La Habana solo hay un mar común. El de la vida y el de la muerte. El de las leyendas y los naufragios. Más de mil, dicen las estadísticas y algunos tan recordados que parece ocurrieron ayer.

Vida en un paisaje de muerte, pero perspectiva de ensueño desde la tranquilidad que da la Tierra. Leyendas celtas, romanas y suevas. Naufragios reales contados por náufragos salvados por supuestas vírgenes o por los espíritus de otros náufragos.

Mi inolvidable compañero José Antonio Silva, a quien me unía mi pasión por la aviación y sobre todo sus extraordinarios conocimientos de la Galicia Mágica, me contó en aquellos almuerzos de Porto do Son algunos de los más espeluznantes accidentes de buques que se recuerdan, sobre todo, en nuestra querida Costa da Morte.

Siempre que me encaramo al Faro Touriñán para ver las olas más bellas de la costa atlántica, me acuerdo de José Antonio, mi querido amigo, gran periodista y escritor que lo mismo presentaba un Telediario en TVE que pilotaba un “Jumbo” de Iberia. Silva fue el autor de la primera gran enciclopedia gallega porque supo reunir en sus guías los cuatro elementos: el aire, que le permitía volar; la tierra, que amaba; el agua, su espejo perfecto; y el fuego de la “lareira” para conversar con los viejos marineros en aquellas sus noches de miedo al mar.

Mi amigo Churruca, marinero de remo fácil en el mar del Morrazo de los sesenta, me sentenciaba siempre:

—- Ó mar hai que terlle medo, moito medo. Así nunca levaras un susto.

Todos los marineros de Galicia llevaron alguna vez algún susto y si te paras con ellos en el puerto… cada uno te contará, orgulloso, el suyo. Lo adornará con algún relato inexplicable y te quedarás siempre con la duda de si lo narrado es ficción o realidad. Como las leyendas…

LOS NÁUFRAGOS DEL “OCHO HERMANOS”

José Antonio Silva conoció en Vilagarcía de Arousa, una década antes de volar al espacio, a Julio Couto Peña que fue, según me contó Gumersindo Rodríguez Eirea, uno de los precursores de la vela y patrón aventurero de insaciable paisaje.

Julio le contara a Silva como había sido el naufragio de su barco, el 12 de febrero de 1938…

—- El “Ocho Hermanos” navegaba plácidamente frente a la Costa de Camariñas, entre el Cabo Vilán y el Puerto de Camelle, cuando nos embistió brutalmente un mercante alemán, el “Madeleine Reig”, hundiéndonos en un minuto…

—-  ¿Cuántos iban a bordo?

—-  Solo cuatro y a los cuatro nos salvaron… Aparecimos todos en la Playa do Trece abrazados, como si fuéramos un solo cuerpo.

—-  ¿Y quién les salvó?

—-  Fue un milagro… En la playa no había nadie y en la mar solo vimos como se alejaba el “Madeleine Reig”.

—-  ¿Entonces?

—-  Un viejo pescador de caña, en Camariñas, nos dijo que a veces la Virxen da Barca era muy generosa y salvaba vidas. Pero que también podían haber sido los fantasmas de otros náufragos…

Es probable que cuando salvas la vida “milagrosamente” quieras ver vírgenes y santas compañas hasta bajo el agua… Pero, por lo visto, sucedió algo más. Silva me contó que…

—- Dicen que la Costa da Morte no perdona y el que las hace las paga…

—- ¿Por…?

—- Este mar es justiciero y así pasó lo que pasó…

—- ¿Qué pasó?

—- Amanecía el 30 de Mayo de 1957 cuando aquel mercante alemán, el “Madeleine Reig”, que veinte años antes había abordado e hundido a un modesto velero gallego en aquellas mismas aguas, navegó directo hacia el Cabo Testo contra cuyo acantilado chocó, hundiéndose allí para siempre…

—- ¿Y la tripulación?

—- Los 23 marinos alemanes también se salvaron milagrosamente y dice una leyenda que todos fueron sorprendidos por gente de Arou en la misma playa do Trece, abrazados como si fuesen solo un hombre…

—- Así que las rocas del Testo no perdonaron al “Madeleine Reig”.

—- Tan real como la vida misma.

Ahora ya no hay tantos naufragios como antes tal vez porque quienes navegan por este mar de la muerte tienen más medios a bordo y desde tierra se les ayuda mejor.

Ahora esta es la Costa de la Vida y de la belleza ilimitada. Cuando muere el sol en el océano se incendia la tarde y desde el mar, las olas te suenan a música de arpas y violines.

Los nobles celtas, fuertes y peregrinos, ya no luchan por la Tierra de Breogán y las “legiones de romanas” vienen en autobús, de turistas. A mí me gusta sentarme en las piedras de la Ensenada do Trece para presenciar el espectáculo más grandioso y conmovedor que atrae a todos hasta este lugar fulgurante de la Galicia Mágica: es donde muere el sol pero… para renacer en la próxima alborada.

Y siempre me acuerdo de José Antonio Silva y de Churruca:

—- O mar hai que terlle medo, moito medo.

Un Comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *