LA TERNURA DEL PAISAJE DE MAR

El Atlántico deposita suavemente su azul sobre los azules de la gran playa del surf mientras al Cantábrico le crecen  agujas cuando interrumpe la playa bonita. El océano manda repetidas olas para besar, con ternura, la arena blanca; y el mar repite cantos, que también son de ola. Océano y mar confluyen en medio del espléndido paisaje, bajo la misma bóveda del cielo azul de este veroño. Lo hacen allí donde los marineros de la estirpe marinera de Cariño, buscan el mejor pescado…

Porque solo a ellos, les está permitido alcanzar el éxtasis de la aventura de navegar por el mar de los Farallóns… allá donde se funden nuestros dos mares.

El acantilado de Cabo Silleiro está bañado por un mar de plata y es el más impresionante mirador atlántico del sur gallego. Sobresale en el trayecto entre A Guarda y Baiona, bañado por la espuma blanca de las olas que se deshacen contra las rocas. Cuando la noche se funde con el día, el mar toma el color del atardecer dorado, que únicamente rompe la luz-guía del viejo faro.

Más allá, las Islas Cíes guardan la bocana de la Ría de Vigo y emergen majestuosas y bellas sobre azules. Configuran el espacio natural más popular de nuestro Atlántico. Son  piedra en su cara sur  y  blanca arena por el norte. Las antiguas Illas Ficas hay que gozarlas recorriendo los legendarios senderos, entre viejos pinos que nacen sobre un manto verde.

Las Ons son también Illas Atlánticas, Parque Nacional. En ellas habitan, junto a cormoranes y gaviotas, los mejores mariñeiros de este mar, conocedores del secreto refugio del mejor marisco.

Tiene su paisaje un aire entre el azul y el verde, que destaca en los días de los cielos claros. La Ons es playa abierta al visitante y la Onceta cueva misteriosa que invade la espuma blanca.

Aquí nos nacen aguamarinas en las manos, mientras el viejo faro encara la centenaria capilla de Nosa Señora de A Lanzada, que cura los meigallos.

Tiene el mar de Arousa una luz especial,  con la que la sombra estalla hacia el sol, dibujando un dorado horizonte de islas.

La de Arousa es la más grande y habitada, y emerge de la ría,  entre espacios verdes protegidos y arenas solitarias. Tiene la fuerza del pasado,  forjado en el esfuerzo de sus mariñeiros. Y es vida en el presente, que convierte aquellas lágrimas en oro y diamantes,  que brillan sobre el espejo del agua. Esta Illa es la perfecta conjunción de la fuerza del hombre y  la vida a pié de mar.

Cortegada es territorio por conquistar, que preside el encuentro del Ulla con el Atlántico. La envuelve la leyenda de los más antiguos habitantes, soldados de ejércitos fantásticos. Una Illa verde que alimenta todo tipo de árboles, sobre los que se desliza el viento, suavemente, como un canto de sirenas.

En Sálvora hace tiempo que la roca perdió su tono solitario y su condición de nido preferido por las aves marinas. La pequeña playa está envuelta en el rumor de legendarios tesoros ignorados. La Illa  espera paciente, día a día, la llegada del velero de la vida.

Corrubedo tiene cada día una luz  nueva. Luz celeste, del alba o del atarceder, que se refleja en su gigante duna móvil, única en el litoral gallego. Configura uno de los más hermosos paisajes de la costa atlántica: mar azulado,  playa abierta, lagoa misteriosa de Carregal, aves volando por un cielo de infinita pureza, legendarias aguas de Vixán…  Sobre Corrubedo se columpian las olas, revestidas  de blanca espuma, al compás de una bella sinfonía  marina.

La misma música que se escucha en la calma de la tarde al pié de Monte Louro. Aquí el Atlántico impuso su  fuerza al pequeño río Longarelo, obligándole a formar la Laguna de As Xarfas. En sus aguas renace cada noche la leyenda de la ciudad sumergida, nueva Atlántida imaginaria, iluminada por el viejo Faro que vuelve su mirada a las Américas,  cuando las sombras de nubes huyen con la llegada de la noche.

Si en algún lugar pervive el alma es en esta Sierra da Capelada, a donde vienen de muertos quienes no lo hicieron de vivos. Así reza la leyenda de San Andrés de Teixido, que tiene a su pié santuario, al que llegó –como Santiago- en barca de piedra.

Porque nadie es eterno, este paisaje de absolutos silencios es una cadena de luz con sombras. Pero cuando el sol va hacia el poniente y deja sobre el mar su último rayo, es cuando se escucha la música perfecta…

Estos son los espacios que procuramos para abrir el mar a la ternura del paisaje, espejo de la luz que mas amamos… Una costa que es roca y arena y espuma blanca que producen las errantes olas.

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