LA TRÁGICA HISTORIA DE DANIELA Y ANDRÉS

Daniela Sestelo era de Taboada, cerca de Silleda, donde yo pasaba mis agostos adolescentes en casa de mi tía Rolindes, la maestra. Sus cabellos resplandecían como el oro a sus quince y a mis dieciséis, cuando el río le cantaba canciones a mi cuerpo y ambos nos bañábamos en la represa de la mini central.

Para mí que descendía de aquellos vikingos que entraron por el Ulla y terminaron montando campamentos a orillas del Deza.

Algunos agostos después de aquel último,  Daniela se ennovió con Andrés Ramos, nacido minero en Lousame y llegado a Vila de Cruces para ser capataz de la mina de wolframio. A partir de entonces ya no me importó que mis padres me llevaran de veraneo a Cangas…

La vida nos reunió de nuevo en Caracas otro domingo de agosto cuando a mi primo Álvaro se le ocurrió hacer parrillada en Valle Fresco para sus amigos. Su aparición fue como un sueño que traía de regreso el pasado adolescente.

Nuestras miradas traspasaron el horizonte sin encontrarse hasta que la complicidad de la noche posó sus manos sobre las mías y la luna caraqueña rozó lo prohibido. Porque ella solo quería contarme su historia.       

A Daniela Sestelo y Andrés Ramos se les quedó pequeño Silleda el día que fueron a Vigo a ver como partían sus amigos para La Guayra. Entonces, anclaron su pasado frente a Cíes y decidieron navegar el mundo.

Y la suya fue la más grande historia de amor jamás contada. Verás…

Se fueron a Caracas, pero Andrés se agobió en la city entre el boreo y los trabajos de peón, que no le salía nada porque no sabía de otra cosa que no fueran minas y wolframio. Por aquel entonces andaba en la construcción, a ver si se hacía albañil, pero aquel calor lo mataba y Daniela, la Vikinga, solo encontraba faena limpiando casas de gente adinerada, también gallega, de esa que había llegado antes.  

Una tarde le pasaron a él un folleto del Salto del Ángel, en el Parque Nacional de Canaima.  Pensó en los tiempos en los que se lanzaba desde el árbol más alto a las aguas del Deza en aquella represa donde pasara tantos domingos de tantos agostos, cuando se le metiera en la cabeza ser paracaidista.

No pudo más. Al día siguiente cogió los ahorros y se fue al aeródromo de Maiquetía donde anunciaban cursos de paracas, para cumplir su capricho. La pareja subsistía con los bolívares que llevaba a casa su “vikinga”.

Sin embargo, en tan solo unos meses, Andrés y Daniela vivieron el despertar de aquel sueño que habían tenido en el “Begoña”, cruzando el Atlántico. Vivían en un bungaló, donde alojaban a aquellos turistas que demandaban visitar el Parque de Canaima, que aquello comenzaba a ser un buen negocio.

Y ganaban dinero. Ella cocinaba y Andrés se hizo guía oficial, de los que llegaban a pié, durante tres días, hasta Auyán Tepuy,  el Salto del Ángel;  y desde lo alto de la catarata se lanzaba en paracaídas, a veces llevando de “paquete” a alguno de sus visitantes.

Nadie se atrevía a hacer las cosas que hacía Andrés desde la mesa del Auyan Tepuy y hasta que el agua de Kerukupai-merú tocaba el suelo a casi mil metros. Los saltos de Andrés Ramos se convirtieron en portentosos vuelos hasta el “lugar más profundo” en medio de un paisaje único…

Todos los días daban gracias al aviador James C. Ángel por haber descubierto aquel paraíso; aunque Daniela hacía ritos “pemones” con las mujeres indígenas para que aquellos vuelos tuvieran el final feliz del roncito de una medianoche… cada tres días.

Pero hubo una fatídica vez en la que  Andrés sintió la llamada de Jimmy Ángel y su cuerpo se deshizo en el agua del Kerukupai-merú…

Aquella noche en Valle Fresco, me dijo Daniela…

—- Si vas por allí aún lo recuerdan después de tantos años.

Y me contó que se volvió a Caracas porque, en realidad, nunca había sentido la llamada de la selva…   

Hace unos días fui a Lousame que es “Tierra de Lousas” en la que abundan las aldeas con encanto. Visité las viejas minas de San Finx donde Andrés se había iniciado en el más duro de los oficios. Parecía que el wolframio y el estaño podían frenar entonces la emigración a América… pero no fue así.

A él nadie aquí le recuerda con certeza, pero hace un par de años recibí una postal de Daniela. Vivía en Caracas con uno de sus tres hijos, rodeada de nietos… y sufriendo los rigores del madurismo.

Sin duda, aunque trágica, la de Andrés y su Vikinga fue una de las más bellas aventuras que conozco. Y por eso te la cuento.

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