LA TRÁGICA HISTORIA DE DON HELIODORO, EL MARQUÉS.

DE ÉL NUNCA MAS SE SUPO

La Fabrica “Monsalve Hermanos S.L.” tenía fama de buena conserva. 600 empleadas enlataban diariamente la producción que podían consumir todos los supermercados de Galicia, aunque aquella ventresca de bonito tan sabrosa, el mejillón de 6 unidades y la sardinilla se vendían por toneladas en el resto de España.

Todas las mujeres del marinero barrio de Bouzas hacían posible aquellas delicias, bajo la diaria supervisión de don Heliodoro Ribarteme, rico industrial de la plaza, hombre de pocos amigos y de muchas amigas, pese a que ya había cruzado la frontera de los cincuenta.

Las malas lenguas señalaban a varias de sus empleadas como amantes del jefe, pero él se jactaba de oler perfumes caros en los muchos locales de alterne que por aquel entonces funcionaban en Vigo, puerto pesquero y de pasaje, al que arribaban cruceros y las grandes flotas de las potencias navales de todo el mundo.

Don Heliodoro tenía pose de marqués y tal vez por su culpa llamó Blancoamor la “aristocracia de la sardina” al entones pujante y rico sector conservero.

Don Heliodoro era todo un líder autoritario, macho dominante en un hogar lleno de hijos, al que solo iba a dormir de madrugada y a comer en las solemnes celebraciones donde se le rendía tributo “por el pan que recibían aquellos seres inferiores que él alimentaba a cambio de nada”. Su presencia en el hogar navegaba entre el odio de los más pequeños y un mar de indiferentes silencios por parte de los que ya habían llegado a la edad del conocimiento.

Doña María de los Dolores, la matriarca, se consolaba con un coadjutor de Santiago de Vigo y el resto esperaban leer todos los días, en el “Faro”, una esquela de una página que ellos mismos habrían pagado con gran placer.

Pese a que el negocio llevaba el nombre de los hermanos Monsalve, don Heliodoro era el único dueño de la mejor fábrica de conservas del planeta, como se jactaba en sus madrugadas golfas.

 Domingo era su hombre de confianza, de noche y de día. Era chofer y patrón de barco. Por la mañana hacía de recadero, por la tarde dormía la siesta como su amo y por la noche desempeñaba las funciones de alcahuete: conocía bien los gustos del conservero y se daba una vuelta por los locales de moda buscando a la agraciada “señorita” a la que había tocado en suerte un paseo en el yate más grande de cuantos estaban aparcados en el Náutico.

Luego, cuando encendía el motor del barco y ponía proa a Cíes, si la noche era clara, se olvidaba de lo que estaba sucediendo en el espacioso camarote aquel y soñaba sus propios sueños.

Domingo pensaba que cuando muriera el viejo –y a este paso sería pronto- a él le dejaría una buena parte de su inmensa fortuna. Porque don Heliodoro odiaba a su familia…

—- Son un atajo de vagos, Domingo; ni estudian ni trabajan ni follan, ja,ja,ja… Sin mí estarían todos muertos de hambre.

Domingo le reía las gracias y le decía lo macho que era…

—- Fátima iba encantada con usted, don Heliodoro… ¡Hay que ver como se escuchaban en el puente sus gritos de placer…!

—-  Joder, la muy zorra era insaciable…

—-  Ya se le notaba.

Una vez Heliodoro Ribarteme Monsalve sufrió un infarto de miocardio y estuvo ingresado en el sanatorio del Dr. Teijeiro una semana. Aquella habitación parecía una suite por lo amplia y los pasillos estaban atestados de gente.

Por una parte estaba la familia…

—- Nada, de esta sale…

—- Fue el Domingo este que le trajo a tiempo. Si llega a haber tardado un poco más ya estaba…

—- Bueno, a la próxima se irá y nos dejará en paz…

Enfrente, juntas pero no revueltas, estaban sus putitas del alma deseosas de que se pusiera bien, pues era el mejor cliente que tenían…

—-  A mí me regaló este anillo con este diamante…

—-  Pues mira que collar de perlas…

—-  ¿Y qué os parece este reloj de oro?

—- Nada, se pondrá bien, ya veréis como la semana que viene ya está en forma y con ganas…

Y así fue. Tal y como pronosticaba RositaDon Heliodoro volvió a la fábrica el lunes siguiente… Se metió a mediodía una mariscada de no te menees a pesar de lo que le dijo el cardiólogo… Se fumó un gran Montecristo… Durmió la siesta en el despacho oliendo a mejillones en escabeche… Y esa noche fue con Domingo de recorrido por los baretos más renombrados de la noche viguesa.

Fue en “Lady’s” donde conoció a Macka  Djoudj, recién llegada del Senegal para trabajar de camarera. Era una diosa de ébano: alta, bien parecida, con el pelo liso, brillante y negro, los pechos justos y unas caderas que se cimbreaban con gracia cada vez que se movía…

Heliodoro dejó de ser don para conquistar a Macka con un “Dupont” de oro que llevaba a mano e invitarla a bañarse desnudos en las aguas “cálidas” de Cíes con la Luna por testigo.

Siguieron el rito habitual. Música suave, whisky con hielo,  pero esta vez no hubo puros… Fumaron marihuana y e inhalaron cocaína de postre. Cuando llegaron a Cíes los dos estaban pasados de todo y allí les sorprendió el sol que entraba por el ojo de buey del camarote.

Volvieron a puerto y quedaron para la noche…

El “Ladys” estaba a tope. Heliodoro y Domingo se abrieron un hueco hasta el pasillo que conducía a los reservados. Abrieron la puerta del primero que se les ocurrió y allí estaba Macka besándose con Fátima. La pasión era tal que ninguna de las dos jóvenes se apercibió  de la presencia de los dos hombres, que volvieron a cerrar la puerta con sigilo…

Preguntaron a Cari, la patrona,  por el precio de ambas chicas y se marcharon del local, juntos,  los cuatro, para embarcar en el “Tiburón”. Como siempre pusieron rumbo a Cíes pero en esta ocasión cambiaron los papeles. Domingo se fue para el camarote pequeño con Fátima y Heliodoro se quedó al mando de aquel barco impresionante.

El viejo conservero dobló el Faro de las Islas y se fue doce millas mar adentro a pesar de que anunciaban marejadilla… Pero el “Tiburón”, se decía él, lo podía todo; por algo le había costado doscientos y pico millones de pesetas.

Puso el piloto automático y coca encima de las cartas de navegación, desordenadamente ordenadas en la mesa de la cabina…

—- ¡Que gusto! ¡Te voy a comer entero!

Macka  Djoudj comenzó a esnifar el polvo blanco y a beber wisky. En pleno trance se acercó al orondo conservero y comenzó a hacer su trabajo. Estaban en el balconcillo de mando, en lo alto de la embarcación, cuando decidieron comenzar todas las fantasías que el sexo permite.

La pena fue…

Aquel golpe de mar no solo lo interrumpió todo sino que provocó el principio del fin…

Dicen que frente a los acantilados de Cíes hay marrajos pero también cierto tipo de tiburón muy voraz, que huye en verano de las aguas excesivamente cálidas del Caribe y se aproxima a las islas del hoy Parque Nacional de las Illas Atlánticas.

El golpe de mar escoró el yate de don Heliodoro; y Macka, aquel esbelto cuerpazo, cayó al mar, no sin antes darse un golpe en la cabeza contra la barandilla de abajo…

El industrial de Vigo se quedó inmóvil, perplejo, como recapitulando lo sucedido. No sabía si había sido él o el mar quien hizo desaparecer a Macka. Porque no aparecía. Se la había tragado el océano…

—- O quizá esos tiburones de los que tanto hablan…

Mientras Fátima dormitaba, Domingo acudió en auxilio de su jefe perdido en pleno Atlántico, lejos de las islas y del Mar de Vigo, que era el único que conocían bien…

—-  ¿Y la negra?

—-  Cayó por la borda y desapareció…

—-  ¿La empujó usted, jefe?

—-  No estoy seguro, te juro que no lo sé… ¿Qué vamos a hacer? No podemos avisar a la Policía…

—-   Pero esa chica… Fátima… Lo contará.

—-   ¡Tienes que tirarla, Domingo! ¡Te daré lo que me pidas!

—-  Tranquilo jefe, primero vamos a salir de esta, que el mar se pone mal…

Domingo siguió maniobrando hacia la boca de la Ría que ni se veía a lo lejos. El mar se enfurecía más cada vez y aquel barcazo parecía una cáscara de nuez en el océano. En esto llegó Fátima, asustada…

—-  ¿Qué pasa Domingo? ¿Es una tormenta?

—-  Es un temporal, Fátima, un temporal…

—-  ¿Dónde está Macka? No está en el otro camarote…

—-  Creo que fue al baño, no lo sé…

Se desató de pronto la gran tormenta y el mar cobró fuerza. Domingo no era capaz de gobernar el barco y Heliodoro estaba ido, sentado en el suelo del puente; el miedo le comía las entrañas… y le inmovilizaba.

Comenzó a llover y ya nada se veía cuando pasaban solo unos minutos de las tres de la madrugada. Domingo decidió abrir una de las puertecitas del puente y entró una tromba de agua que lanzó por la otra a Fátima.

El patrón cerró entonces ambas puertas con el seguro y puso el motor a tope. Le pareció ver a Fátima en la proa, agarrada a la baranda pero otro golpe de mar disipó sus dudas. No había ni rastro de aquella joven prostituta…

—- Jefe, ya está. Ya están las dos muertas…

—- ¿Cómo lo hiciste?

—- ¿No lo vio? Abrí la puerta de la derecha y un golpe de mar se la llevó por la de la izquierda…

—- Estoy empapado…

—- Estamos…

Ese no era un mal mayor… Domingo miró enfrente de la proa los acantilados de Cíes. Los conocía bien desde niño, cuando su padre le llevaba a pescar.  Están llenos de puntiagudas rocas y fueron causa de más de un naufragio.

—- Jefe, no domino el barco…

—- Pon el piloto automático…

—- No, no se puede… El mar nos arrastra hacia el acantilado…

—- ¡Vamos a morir…!

El estruendo fue terrible y se oyó en Panxón. El mar lanzó el yate contra las rocas y explotó como si de una bomba se tratase. Parecía obra del diablo pero simplemente era la respuesta de la Naturaleza a dos crímenes que figuran en los anales de la policía viguesa entre los casos no resueltos.

Cari había denunciado la desaparición de las chicas. Lo mismo había hecho la mujer de Heliodoro Ribarteme y la de Domingo Vilas. Atando cabos el inspector Penín pudo probar que los cuatro embarcaron en el Puerto del Náutico a la medianoche del día 13 de Julio de 1926. Nada más.

Nunca aparecieron ni los cuerpos ni los restos del “Tiburón”.

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