LA VERDAD INCONDICIONAL

Por Alberto Barciela

La verdad sabe esconderse como la mentira y cuando despierta lo hace con golpes de evidencia. Un equilibrio de medianías o de perogrulladas disimulan previsibles futuros marchitos, lo hacen entre embauques, infamias, falsificaciones, suertes y azares, predeterminismos, disgregaciones, fotografías distorsionadas, falsos creíbles y apariencias construidas e intencionales. Hay algo cobarde e inmoral en todo ello. Cobarde, cuando trata de evitar la confrontación con lo que inevitablemente ha de suceder e inmoral, por cuanto afecta a los demás como engaño premeditado.

Existen mentiras piadosas, las que se ofrecen a los enfermos como consuelo ante una situación grave o terminal, en las confusiones del amor o las que, en justificadas ocasiones, se intercambian socios, familiares y amigos para evitar conflictos. Más raramente. la lástima, la misericordia o la conmiseración afectan a los mundos de la política, de la economía, del marketing o de la comunicación en redes no avalada por firma alguna.

La realidad desfila, disfrazada o no, feliz o inmisericorde. Lo hace como el tiempo, con su deambular frenético en el reloj. De repente, lo evidente nos frena con el anuncio gravoso de una enfermedad incurable, una pandemia o la proximidad de un conflicto que creíamos distante.

En general, la vida carece de vacunas para cada día. Y, sin embargo, parecemos inoculados contra el hambre, la sed, las guerras, el terrorismo, los refugiados, el maltrato, la soledad, el paro, el consumismo, la manipulación, las dictaduras, las mafias, el racismo, la esclavitud, la explotación infantil, la corrupción, el cambio climático o las catástrofes naturales. Las fiebres de nuestra civilización llevan años extendiéndose como una pandemia diagnosticada y sin atención suficiente.

La notoriedad se ha impuesto a la calidad contrastada, a la formación y al esfuerzo. La bondad se ha encajonado para relucir ahora como buenismo, esa actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia.

En lo actual, lo bello vende, lo feo es descatalogado sin oportunidad. Lo emocional no se equilibra con lo racional. La experiencia es denostada, como lo son el conocimiento del pasado o el respeto por lo clásico -incluyan aquí a las personas mayores o las culturas minoritarias-. El referente periodístico, con la responsabilidad de una firma o la identificación de una cabecera, es sustituido por la espontaneidad de unas redes que arriban con sus novedades engañosas. Lo dicho goza de excepciones, precisamente las hay porque se salen de lo común o de lo que debería ser normal.

Lo axiomático, lo incontrovertible de mi exposición, es que en nuestros días predomina lo aparente. Los escaparates se han ensanchado hasta alcanzar la palma de la mano, en la que se nos ofrecen luminosos, las 24 horas del día, para mostrarnos la realidad ansiada, atender a nuestras compulsiones y responder incluso más allá de las posibilidades de nuestras tarjetas de crédito. Nos localizan allí en donde estemos; conocen, procesan y estimulan nuestros gustos; saben de las fechas señaladas; nos determinan ideológicamente; almacenan nuestras comunicaciones; y abusan de esa intimidad que hemos debido permitir para participar de un mudo de aparentes múltiples posibilidades y de riesgos infinitos. Es evidente, tampoco existen vacunas para los riesgos de lo virtual. Nos conocen y nos manejan.

Sin serlo, la “nueva normalidad” nace desde una propuesta de reconstrucción. Se adopta un lenguaje bélico, con el que se articula comunicados -partes de guerra-, que se distribuyen en ruedas de prensa sin preguntas. Se inventan estadísticas de muertos y heridos. Se proponen ayudas que no son más que créditos. Se vende bienestar para pobres -conformismo e igualación por abajo-. Se dice haber salvado a los vivos sanos.

Tendríamos que estar hablando de la “nueva anormalidad”, de ese  este estado de alarma que se ha articulado desde una democracia de ínfima calidad en el fondo y en las formas, sin generosidad alguna. Nos están perdonando la vida, la saludable, y lo hacen con descaro, desde la impunidad. Lo hacen aquellos a los que hemos legitimado en las urnas, y que ahora en el poder  gozan del presupuesto público para sus campañas de imagen y también de informativos en los que contarnos su verdad privativa. En esto también hay excepciones, claro, y en todos los partidos, pero desafortunadamente son minoritarias.

La libertad para decir ha de nacer de la capacidad para decir y desde la responsabilidad de escribir y firmar lo que se dice, del respeto por quien puede discrepar o enriquecer aquello que se proclama, del agradecimiento de la divergencia honrada e incluso de la educación de las formas, del sometimiento a los controles de lo público desde la separación estricta de poderes.

Si escribo sobre esto es porque entiendo que los análisis nos indican una debilidad sistémica, necesitada de transfusiones urgentes de reflexión y calidad democráticas, de valores basados en el sentido común y del entendimiento de los tiempos, de consenso y no de imposiciones, de simplificación de trámites y de transparencia.

Cada uno ha de pensar lo que quiera, faltaría más, pero en momentos de niebla deberíamos darnos la mano con seguridad.

La verdad no admite condiciones. Lo real está en juego, la alternativa es la catástrofe colectiva, el enfrentamiento permanente. La sociedad tiene mucho que decir y ha de hacerlo con libertad. Llegará un día en que nos quitaremos las necesarias pero incómodas mascarillas, los corsés y los temores. Confío en que entonces no sea demasiado tarde para disfrutar de cada momento con la lealtad que nos debemos como seres humanos y también del hábitat social y natural en el que nos desenvolvemos. Tenemos mucho que decir y debemos decirlo.

Gracias por compartir su tiempo y su parecer. Su verdad merecerá siempre mi respeto.

(2) Comentarios

  1. Estamos muy necesitados de gente preparada y valiente dispuesta a trabajar por lo común y no como hacen estos, que quieren el carguito para vaguear y tener un buen sueldo.

  2. Ya veremos quien arregla esto. Por lo que se ve esta generación impregnada de un socialismo radicalizado y de un aznarismo que roza el neonazismo son incapaces de solucionar los acuciantes problemas económicos y sociales que tiene España. Y los gallegos notaremos mas esta crisis por la que se interesan especialmente muchos especímenes del mundo de los negocios. Nunca pensé que en España iba a ver colas para recoger comida.

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