LAS GRUTAS DEL PALACIO

Por J.J. García Pena

 ¡Patas de elefante!  ¡Un bosque de patas de elefantes ciclópeos!

Mi texto único de 4º año escolar no terminaba de sorprenderme. Ya me había contado cómo los indios” mataron a Solís, por descubridor, aquí cerquita no más, en nuestras turísticas arenas.

Pero, ahora, esa ilustración en tonos gris se llenó de minotauros, hidras multicéfalas, princesas  encantadas y príncipes desencantadores. Sin embargo, debieron pasar cuatro décadas para que esa imagen en blanco y negro, de mastodontes colosales, se me mostrara polícromo y con su verdadera fisonomía.

Entonces, las descomunales extremidades de elefantes, se convirtieron en columnas, soportales de un magnífico templo geológico. Único en América, tal vez en todo el mundo. Su existencia ha sido atribuida a los más dispares orígenes. Morada de descendientes del dios creador, labrada en la ocre arenisca por sus vasallos. Refugio de perseguidos de toda condición y época.  Esto último suena más creíble.

Hoy, la ciencia de las cavernas nos da la sensata respuesta. Formación geológica con sus inicios en el Cretáceo, ese lejano período contemporáneo de los dinosaurios. Los estudiosos datan su nacimiento entre 70 y 100 millones de años atrás.

Las peculiares columnas, cuyos diámetros oscilan entre 40 a 100 centímetros, son obra de la acción de varios agentes convergentes.

La composición de arenisca ferrosa que le presta su característica cromía, resulta relativamente fácil de tallar por la acción de los escurrimientos y filtraciones de aguas de superficie, infiltradas en su permeable composición. El viento, enredándose en el laberinto húmedo y tubular, esgrime su aéreo buril, cincelando, pacientemente, las torneadas columnas. 

Tiene toda la eternidad por delante.

Cuando nos encontramos con los soportales por primera vez y a una distancia de unos trescientos metros, es difícil abstraerse a la tentación de atribuirle origen humano. La imaginación se desboca. 

Tal la ilusión que produce la visión de ese frontispicio, apretadamente encolumnado, bosque de piedra, con una altura media de dos metros y medio y un ancho total que recuerda las medidas frontales del Partenón o cualesquiera de otros templos griegos o romanos.

Probablemente son esas dimensiones las que acicatearon la imaginación de aquellos europeos que creyeron ver, en esa manifestación de la naturaleza, la intervención humana.

No hay dudas de que los aborígenes supieron de su existencia y hallaron refugio en sus estrechos corredores.  Variedad de puntas de flechas y otras manifestaciones del arte primitivo halladas en las cercanías así lo permiten afirmar.

En ese mismo departamento de Flores, que de él se trata, no muy lejos de Las Grutas, son dables apreciar aún, estampadas en duras rocas, pictogramas con variedad de motivos, a los que se les ha datado en centenares, cuando no en miles de años de antigüedad.

Por mi parte, al contemplar este afloramiento cretáceo, llamado del Palacio, no pude evitar, por asociación de ideas, la evocación de los frentes de la legendaria Petra, tallados en la roca del desierto valle del Arava, en Jordania. 

Pero, a poco que nos acercamos, cruzando la llana, amplia y levemente inclinada explanada, a modo de gran plaza palaciega que sirve de natural recibidor y que ha sido creada a su vez, con los deslaves, arrastres y sedimentos emanados de aquella maravilla natural, nuestra ilusión dejará paso a otra sensación no menos intrigante que la fantástica.

Un cúmulo de dudas nos invaden. ¿Qué habrá en su interior? ¿Habrá sido morada, no ya de seres mitológicos, sino de seres humanos? De ser así, ¿habrá vestigios de su paso? ¿Qué dimensiones tiene? ¿Existe un trazado, un mapa de sus interiores?

Comencemos por saber donde se encuentra y cómo llegar.

Uruguay es un país muy fácil de recorrer. Une a su benigno clima el no tener grandes accidentes geográficos. Cuenta con una red de carreteras firmes, señalizadas y confiables, con abundantes buenos puentes sobre sus, aún más abundantes, ríos y arroyos.

Carecemos de volcanes, por más que tengamos zonas de aguas termales emergentes en buenos  balnearios de tierra adentro. No cae nieve ni se deslizan, trágicamente, porciones de montañas.

En toda su historia no se registra un solo ssmo ni tsunami. Es posible que estas frágiles cavernas no hubiesen podido soportar los devastadores estertores sísmicos.

Afortunadamente, Uruguay está asentado en mantos rocosos basálticos de enorme desgaste y lejos de los centros de mayor actividad volcánica y tectónica.

Alguna vez, allá por 1840 y tantos, un ssmo registrado en la lejana cordillera de los Andes, dejó sentir, en las orillas del Plata, su adormecido y casi imperceptible temblor. Fue anecdótico por lo incruento y sirvió de tema en las tertulias de las boticas montevideanas.

Las Grutas del Palacio se encuentran a unos 240 Kms. de Montevideo, en Flores, uno de los 19 departamentos (provincias) que componen al Uruguay. Su única entrada está en la vieja Ruta 3, a 46 kilómetros de Trinidad, la capital del departamento, con relativo poco tráfico, ya que la moderna ruta 3 que pasa a sus espaldas, es la preferida para quienes desean trasladarse, rápidamente, al vecino y hermoso parque natural llamado Andresito, a orillas del represado y caudaloso Río Negro, que corta a la nación en dos.

El ingreso al predio en que se hallan las grutas está enmarcado por un ambiente sencillo y bucólico. Una hermosa y nueva edificación, con reminiscencias coloniales, conjuga sus líneas rectas de techos a dos aguas con pórticos arqueados.  Nos recibe, sobria y acogedora. En ella se centran los intereses relacionados con el área geológica protegida, y en ella se nos contabiliza, amablemente, para dimensionar el interés manifestado en su visita. Su posible reconocimiento por la  UNESCO dependerá, al menos en parte, del movimiento turístico.

Observo que está compuesto por  argentinos y brasileños, además de paraguayos, uruguayos y,  en menor medida, europeos y norteamericanos. Por tal razón lleno, agradecido y complacido, los casilleros del archivo que asienta el número y demás características de los visitantes.

Todo su entorno respira tranquilidad, pulcritud y respeto a la naturaleza. Su pequeño lago es refugio y patio de recreo de patos y otras aves de humedal.

La UNESCO será la responsable de declarar o no, a las Grutas, Patrimonio de la Humanidad. En eso está la comuna florense. A partir del último tercio del siglo XIX, todo el XX y lo que va del XXI, la gruta fue visitada y estudiada por geólogos, antropólogos, paleontólogos, espeleólogos y otros estudiosos de distintas nacionalidades y disciplinas complementarias.

De las sucesivas incursiones ha ido resultando una especie de radiografía, aún inacabada, pero que nos puede dar una idea de su naturaleza y dimensiones. Hoy se estima que la laberíntica oquedad se extiende por más de 400 metros, siendo los primeros 30 o 40 de relativo fácil acceso.

Una decena de metros exteriores e iniciales se transitan sin mayor dificultad, con la luz natural a nuestras espaldas.

Luego, súbitamente, si pretendemos adentrarnos en sus negras entrañas, no debiéramos hacerlo solos y mucho menos sin elementos de supervivencia. El sentido común nos indica lo inconveniente del ingreso con menores o con personas con algún tipo de impedimento físico invalidante.

Ya dispuestos y con la debida autorización, se hace imprescindible ingresar provistos de un mínimo de elementos de seguridad: linternas adecuadas, cascos, chalecos térmicos y livianos, botas impermeables. Y no será considerado un lujo desplegar una cuerda o cordel lo suficientemente largo y fiable para que, a medida que avanzamos, una vez atada en una columna exterior, pueda servirnos de guía al retornar del dificultoso laberinto, donde abundan las zonas más o menos inundadas, dependiendo de la época del año y la ocurrencia de lluvias. 

Sus cristalinas y espejeadas aguas, producen la engañosa ilusión de un suelo totalmente plano, escondiendo inundados desniveles que pueden resultar de riesgo para un desprevenido visitante. Sus entrañas húmedas saben de más de un derrumbe, advertencia en forma de locuaz obstáculo, entre las sinuosas galerías.

Su temperatura media es fresca, en torno a los 19 grados, y según ha transcendido sin confirmación oficial , en las pozas de perpetua oscuridad de sus fríos corredores inundados,  se daría una especie de langostino adaptado a las rigurosas condiciones ambientales.

La idea de volver al lugar está latente incluso antes de retirarnos del lugar.  No he resistido la tentación de participar y dar a conocer a amigos y familiares el sencillo encanto de este “descubrimiento”. Al retornar, al poco tiempo, puedo ver en los rostros de quienes me acompañan la misma expresión de asombro que debí mostrar en su día.

Las Grutas del Palacio pueden seguir esperando tu visita. De hecho, lo han estado haciendo durante cien millones de años. Por mí, aunque descubiertas por mi texto escolar, esperaron cuarenta años…

Entre tanto, solo cambió la fantasía.

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