LAS ORQUÍDEAS DE LUNA

Hace veinte años que a la hoy todavía joven Luna le regalaron dos orquídeas. Una era blanca y la otra de color rosa con pintas negras, como la piel de una serpiente de esas que dudas si son o no venenosas.

Como se debe hacer en Galicia, Luna puso ambas plantas en la galería que evita las humedades y las regó con mimo durante este tiempo. Ya se sabe, en invierno, una vez por mes. En verano, una por semana. En primavera y otoño, una sola vez cada quincena.

Ambas plantas florecieron 20 abriles seguidos hasta que este verano…

En el jardín de su casa… Luna halló una serpiente muerta. Era de esas de pintas negras sobre piel marrón tirando a rosa. La enterró en un monte próximo por si tenía huevos y no supo más de ella.

Al día siguiente empezaron a caerle las flores a la orquídea rosa y en plazo de una semana, secó y murió; mientras,  en la orquídea blanca brotaban flores y más flores.

Luna recordó que la orquídea blanca se la había regalado su mejor amiga, Elena, cuando se fue de Erasmus a Viena; y la rosa con pintas, aquel chico que insistía en salir con ella, pero que no le gustaba nada…

La había recibido en su despacho de secretaria del conselleiro, pero se la había llevado a casa para que ambas orquídeas compartieran espacio.

La orquídea blanca, ahora, crece solitaria y florece hermosa en la galería…

Elena sigue siendo la mejor amiga de Luna; y Daniel, aquel supuesto pretendiente, es socio de aquel conselleiro del que Luna fue secretaria. Tienen un despacho-asesoría, del que todos dicen es una oficina de tráfico de influencias.

Desde entonces, Luna cree que las orquídeas son como las personas… Unas son bellas y te dan suerte, mientras las otras tienen el “meigallo” y se ponen feas hasta que mueren.

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