LAS PEQUEÑAS COSAS

Por Alberto Barciela

Si observamos las cosas desde una perspectiva adecuada, con la subjetividad característica de cada uno, con voluntad de conciliación, podemos concluir que nuestra sociedad vírica y global goza de recursos suficientes para mantener, al menos por un tiempo, la pervivencia de la especie humana. En ello resultará sustantivo hacer valer la capacidad racional -de las que decimos disponer para distinguirnos-, y organizar una forma de vida sostenible, lo cual seguramente requerirá de la aceptación de ciertos aportes especializados, con seguridad provenientes de los campos de la ciencia y de la salud y de una actitud social predispuesta a la aceptación del orden que se establezca. Podemos y debemos coordinar nuestra supervivencia, será suficiente con decirse por lo apto y cambiar la actitud.

La distancia en el análisis ha de ser apropiada, tender hacia el equilibrio, valorar las disensiones para corregir los defectos, y escoger soluciones flexibles, adaptables a cada tiempo y circunstancia. Podemos ser más modestos, menos ególatras y simplificar nuestras ambiciones, optando desde lo sencillo por la felicidad que decimos ansiar. Si para algo ha debido servir la crisis actual es para recapacitar sobre lo qué en esencia merece la pena: la salud, la amistad, la familia, no despreciar el tiempo, un paseo, un baño, la lectura sosegada de un buen poema o de una gran novela o ensayo, la contemplación de bellas fotografías o el disfrute de una película escogida, una tertulia educada, un juego simple. Son muchas las pequeñas cosas que hacen grande a la vida. Cada quien puede completar la lista con sus aficiones y habilidades y seguramente con un mínimo empeño y algo de atención concluirá en senderos transitables.

Entre mis últimos meritorios hallazgos están: reflexionar más; escribir con delectación; charlar con demora con mi maestro y padre, José Barciela, de ochenta y dos años, y trasladar su sabiduría a mi ahijado Antonio Agrasar Touceda, de catorce; la intensidad en la comunicación seria con algunos amigos y vecinos; la puesta en valor de lo que los otros en general representan. Lo material apenas ha merecido más atención por mi parte que la higiene y la alimentación. En esta última incluyo la del espíritu, en la que el arte, plástico y musical, componen esencias únicas. En medio de la pandemia he construido un pequeño oasis mental solidario, innecesitado de objetos, generoso en  complaciente cobijos, sombras, aguas y paisajes fraternales, entre los que destaco las noches estrelladas o las de inmensa luna.

Lo amado arguye una existencia, lo compulsivo la destruye. Menos es más y no solo en la estética arquitectónica, según expresión afortunada de Mies Van der Rohe. A veces hay que dejarse llevar por las intuiciones y en otras ocasiones hay que evitar los presentimientos. Solo existe un rumbo exacto e impuesto, el resto puede fluir, incluso llegar e irse como una dulce brisa o como las mareas. En esta temporada he visto marcharse y regresar a muchos Ulises y Quijotes y también he dejado ir a algunos conocidos tramposos. Por precaución, he debido renunciar a visitar a Pilar, Antonio, Margarita, Loncho, Delia, Emma y a algunos otros familiares y amigos, pero mantuve una constante conversación en la distancia, muy especial con Rafael Basurto y Celina y con Nélida Piñón.

Me encanta encontrar acentos de hojarasca entre lo vulgar mundano, y convertirlo en excepcional con la intención prodigiosa de mi añoranza fascinada. No seré yo quien extravíe la magia de una oportunidad, aun arriesgando la percepción inquieta del observador avieso.

El aliño de algunas sonrisas, una vista amena, el calor de un mínimo ademán de coraje, la evocación de jornadas antiguas, la asunción de espontáneas ocurrencias, porciones de azar, alguna minucia casi absurda, se han impuesto en el relato cotidiano de una biografía que durante tres largos meses de confinamiento dejó ese ayer sin solemnidades, en el legado de las grandes lecciones indeseadas de la vida.

El día en que escribo estas líneas cumplo una jornada que se ha prolongado durante cincuenta y ocho años. El zumo que se escancia de ese prolongado vagar lo compone un libro de cien folios, As Pequenas Cousas, un barco de charcos que comenzó a navegar en las calmas aguas de la playa de Arealonga en Chapela un día de días en el que, con poco más de diez años, mi tía y mi abuela, ambas Gumersinda, me obsequiaron con mi primera enciclopedia. Nadie me ha regalado nunca tanto ni nada me ha permitido abrir tantas puertas de la imaginación. Desde entonces, con cada palabra proclamo mi verdad y me muestro tal soy.

Evoco la filosofía zen: Como guijarros en una bolsa, los monjes se pulen unos a otros. Es encantador establecer relación con quién dividir regocijos y desgracias, risas y consuelos, aprendizajes, conocimientos y experiencias. El veterano que soy se comunica con el niño que fui, atraviesa una vida para regresar a la orilla del día en que se vive, se acompaña de miles de autores leídos, de reflexiones de los personajes conocidos -humildes y notorios-, y de aportar la inquietud de trasladar a los demás aquello que puedan enriquecer o descartar en el obligado legado que todos necesitamos aportar a una especie que, si no es exterminada por un coronavirus, puede que lo sea por los robots en los que ya nos estábamos convirtiendo antes de la amenaza de salud planetaria. Pero hemos de ser optimistas, ahí radica el éxito.

Nos incumbe provocar emoción clara en los ojos del amigo y procurar no embadurnar los propios con barro. Cada generación intenta más de lo que le atañe. Cuidémonos de no complicar lo claro, de admitir el libre albedrío, la amabilidad y la dicha, cual frutos de la espontaneidad. No dudemos de la condición mágica de la vida y respetemos la maravilla de los demás. Esa es quizás la fórmula feliz. Es sustantivo lograr un punto neutro de ponderación, estoy convencido de ello, el mío han sido una actitud no siempre comprendida y  Las Pequeñas Cosas, preludio de otros hallazgos que ya les comunicaré con oportunidad.

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