LAS VERGÜENZAS DE OCCIDENTE

Por José Carlos Romero Pérez

Un estruendo repentino me despierta sobresaltado. Mientras se aleja como una exhalación, el techo de la chabola  se estremece y los pájaros aun dormidos apenas atinan a levantar, aturdidos en la penumbra, el vuelo de sus asideros.

Los primeros rayos de sol pronto ya se  estarán asomando por el horizonte, y yo, con la noche que he pasado, no sé qué hacer con mi cuerpo aun maltrecho por aquella la larga travesía.

Lo peor de todo no es el despertar de esta manera, fue la noche que me ha dado el vecino ebrio que no hizo más que gritar, llorar y maldecir su existencia. Hace unos meses no lo hubiese soportado, pero ahora solo me queda luchar para que todo esto  sea el principio de un sueño hermoso que tuve hace unos años.

Me desperezo poco a poco, me aseo a duras penas con la manguera de riego de las hortalizas; cojo mi mochila de costado en el que llevo un libro deshojado, restos de comida que me dieron ayer,  un mendrugo de pan  y una pequeña  navaja para caminar por carretera los escasos tres kilómetros que me separan del pueblo. Los coches me deslumbran y el miedo se apodera de mí, pues temo que no me vean con la luz tenue del amanecer los conductores adormilados.

En mi vieja mochila de costado he escrito mi apellido de origen irlandés, Lynch, con un rotulador de tinta indeleble, por si me pasa algo. Es la única identidad que puedo ofrecer.

Me dijeron que estaría aquí por poco tiempo, y que debía darle al  dueño de estas tristes cuatro tablas con techo de hojalata y colchón mugriento los cuarenta y cinco euros que habían acordado.

Llego al sitio de siempre. Pronto parece que llegará la primavera por las margaritas que poco a poco van florando en la rotonda, y porque que mi amigo el topillo de campo lo veo más activo y alegre que nunca. En frente hay una gasolinera que me resulta muy familiar, tiene el mismo logo de una de esas tantas corporaciones que operan en mi país.

A las nueve se levanta la persiana metálica y la puerta corredera de cristal se  empieza a abrir y cerrar con una cadencia frenética.

Los primero días estaba lleno de miedo y casi tembloroso, pues no quería que mi presencia molestara a alguien, y sobre todo porque mi identidad solo la podía justificar con lo rotulado en mi mochila de costado. No tengo papeles.

Pronto me di cuenta que me había convertido en invisible. Fue muy duro llegar a entender que aquellas gentes se fijasen en el corretear del topillo y a la vez ignorasen mi presencia; yo era uno de ellos, eso era al menos los que yo creía hasta entonces. Juro que llegué a tener celos de aquel ratón, al menos a él parecía que le miraban a los ojos.

Me  hacían sentir más pequeño que aquel pequeño roedor, y a la vez ellos a mi  ellos me daban  lástima. Algunos no podían disimular la tristeza en sus rostros de una vida vacía. La trataban de llenar con los carritos de la compra repletos de cosas que muchas veces no necesitaban. Pasaban todo su tiempo ganando dinero para llenarlos, sin darse cuenta que con el tiempo pasa la vida y  que éste  no se puede comprar, y mucho menos malgastar.

Para no aburrirme, en  las largas horas que estaba allí de pie al lado de aquella puerta mareante, iba ojeando mi libro de  anatomía maltratado en la travesía  que me había regalado mi amigo Baakir  que estudiaba en Brighton.

El otro día vi llegar a mi casero en su reluciente coche. Pasó por delante de mis mismísimas narices y no me saludó, simplemente se volvió la cara. Poco después me enteré por el vecino alcohólico que él era el dueño de las tierras que había a los dos lados del río, y que eran las que cruzaba el tren de alta velocidad que me aturdía todas las mañanas. La chabola que me había acondicionado al lado del puente, era donde antes encerraba en época de veda a unos galgos hambrientos.

Los que descubrían que estaba allí al lado de aquella hiperactiva puerta, o más bien, los que se tropezaban conmigo en aquel trajín de entrar y salir atropelladamente, me dejaban algo como si les diese vergüenza y se sintiesen culpables de mi situación. Lo que me más dolía en el que nadie me devolviesen el saludo, y mucho menos me mirasen a la cara. 

Un buen día hice un amigo al que yo llamaba Papi, éste sí que miraba a los ojos y me preguntaba qué tal, y yo le respondía poquito a poco Papi, poquito a poco. Por fin alguien se había dado cuenta que  era una persona como las otras la que estaba allí a la intemperie, y también se interesó  por las cicatrices que me habían quedado en mis dedos desgarrados por las concertinas. Y yo poquito a poco le iba contando mis cosas.

…Nunca volví a ver a  Lynch  para darle el euro de la culpabilidad y la vergüenza.  Se marchó sin decir adiós, quizás para conseguir su sueño: el de ser algún día un buen médico en alguna parte.

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