LE LLAMABAN MALUCO

Yo estaba sentado a los pies de la cama y ella lucía en el jacuzzi su espléndida desnudez. Fue la única mulata que conocí de ojos azules y quizás la más bella, pero también la menos seductora de todas las mujeres que buscaron seducirme…

—- ¿Vosé coñece muito ao Pepe? –me preguntó con cadencia de enamorada.

—- Nao. E un amigo de un amigo meu…

—- Eu son tuda do Pepe. Eu e a minha familia tambén…

—- Naide pertence a outra persoa…

—- O Pepe paga tudo o pouco que teño e a escola do noso fillo. ¡E vou a vivir con il na illa!… ¡Polo momento vivo na favela, pero viviremos nunha illa…!

Como te imaginas, mis recuerdos de aquella conversación  son más compasivos que eróticos. La historia se había iniciado en aquella sala de fiestas do Río de Janeiro,  donde “as garotas mais fermosas do mundo” dominaban con su samba el escenario. Allí conocí a Pepiño que formaba parte del “pul” económico de “los gallegos”.

Entre ellos, le llamaban “Maluco”.

—- Xeraldo… ¿Cal lle gosta a vosé? ¡Escolla!

Al terminar el espectáculo de aquella noche nos despedimos todos y yo me fui en tremenda limusina cuyo chofer, antes de llevarme a mi hotel en Copacabana, “tenía orden de enseñarme la madrugada do Río”.

Estaba viviendo una experiencia única  propiciada por cierto tipo de personaje, poco convencional, eso sí, pero también producto de la emigración gallega a Brasil.

Seguí el juego, pues, hasta que abandoné aquel motel de lujo…

—- ¿Qué debo pagarlle?

—- Vosé está invitado por don Xosé.

Pepiño para los gallegos, Pepe para la garota, don Xosé para el conserje de su motel era, efectivamente,  un “maluco” de los que lucían pistola para intimidar… Verás.

Había nacido con el hambre en la aldea de Paraño, hoy abandonada, entre la Serra do Suido y los Montes do Testeiro. Era el mayor de nueve hermanos y nada mas cumplir  los 18, tras un año de postguerra, fue el primero en emigrar…

—- Se lle conto a miña vida…

Me dijo que había conocido lo peor de Latinoamérica y que eso fue lo que le llevó a una gran hacienda de la Amazonía brasileña en la que se cultivaba de todo menos café. Por lo visto ganó allí el dinero de un “guardaespaldas” y con esa cultura llegó a Río do Janeiro…

—- Aquí os galegos levámonos moi ben…

Nunca entendí como personas que yo conozco, muy respetables y respetadas, podían haber aceptado a “Maluco” en su grupo de negocios. Pero ahí estaba, con su mirada fría, escrutadora, y la pistola en su sitio, formando parte de las vidas de una gente que aún hoy pasan por ser grandes empresarios del sector turístico, en el Brasil mas emergente.

—- Sepa vosé que nunca matei a naide… Eu ando coa “pipa” por si me rouban, para asustar os ladrois… Porque ando moito por ás favelas e xa sabe o que pasa…

Parecía que te contestaba con disculpas, como si quisiera que tú fueras el cura que le absolviera de sus pecados…

—- Os meus pecados son tudos os da carne. A mín góstanme as mulleres i eu gosto ás mulleres…

Supe que los negocios personales de don José estaban todos relacionados “co amor”, como él decía, e incluso tenía un sueño…

—- Vou comprar unha illa, das muitas que hai fronte o Río e vouna converter na “Illa do Amor”. Alí levarei a vivir a tudas as miñas mulleres coas súas familias e viviremos todos xuntos, namorados e… con amor, con muito amor.

Aquel sueño me sonaba a contado ya por una mulata preciosa en la habitación de un motel de lujo…

Pero seguí sin comprender por qué algunos empresarios aceptaban en su “pul” el rol de aquel “maluco”. Se lo pregunté a uno de ellos, ya de vuelta en Galicia…

—- ¿Cómo encaja Maluco entre vosotros?

—- Todo es fachada… Solo tiene el motel y una pequeña participación en nuestros negocios…  Es buena gente aunque lleve pistola… En Brasil lleva mucha gente pistola…  Pero él no mató a nadie…

Quien esto me decía pasaba entonces por ser “o rei da noite” en los “xornais” brasileños. No hace mucho, fue destronado y terminó en prisión.

Maluco debe de estar viejo, muy viejo, para emprender el sueño de aquella su isla…

Aquel “pul” se deshizo porque algunos regresaron a Galicia y otros, los que allí siguen triunfando, emprendieron nuevos y diferentes negocios.

Yo no he vuelto a pisar Río de Janeiro… 

(5) Comentarios

  1. Una historia durísima pero contada con brillantez. Ese es el pan común de Brasil, principalmente de Río de Janeiro. Mucha prostitución y proxenetas llegados de Europa que se dedican a la trata de esclavas.

  2. Un interesante relato que nos habla de que no todos los gallegos que emigraron a América fueron trigo limpio. Como pasa en todos los colectivos. Lo digo porque aquí hay muchos que miran de lado a los rumanos y son tan buena gente como nosotros.

  3. Triste historia bien contada reflejo de una parte de la sociedad brasileña, demasiado preparada para el sexo y muy poco para rebelarse contra la explotación.

  4. Hai moito macarra solto. E algún é galego, como non podía ser de outro xeito. Por ahí fora somos moitos e algún pouco formados. Ollo, non os disculpo. Hai que metelos no caldeiro.

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