LOS CABALLEROS CAMBIADORES

Siguiendo instrucciones de un ilustre monje cisterciense, Bernardo de Claraval, al que la historia conoce como San Bernardo, dos monjes llamados Hugo y De Payns, fundaron en 1118 la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.

Sus integrantes se convertirían en monjes-guerreros cuando cuidaban el camino de Jaffa, infestado de ladrones que asaltaban a los peregrinos.

El rey Balduino II de Jerusalén les encargaría el cuidado del templo, de ahí que se convirtiesen en los Caballeros Templarios, extendiendo su labor protectora a todos los santos caminos.

En la Ruta Xacobea algunos de estos monjes guerreros se conocían también como los “Caballeros Cambiadores”, porque procedían del monasterio de Santa María de Loio, que había restaurado el abad Quintilla en el siglo IX.

Los monjes de Loio, además de dar asilo y protección al peregrino, le cambiaban la montura en un punto del Camino de Santiago, que había sido ya parada y fonda en la Gallaecia romana. De ahí el nombre de esas tierras, Paradela.

Hoy en día del monasterio solo queda una capilla prerrománica, en la que apenas se perciben sus mozárabes arcos de herradura originales; y la senda discurre por aquí con la característica paz del Camino de las Estrellas, en medio de un paisaje único cuyo protagonista principal es el río Loio, que no se bien si se llama así por el antiguo monasterio o viceversa.

Las aguas del río Loio llegan al Miño en Cabodevila.  Es donde el embalse de Belesar calma al gran río. Cuando baja el nivel del agua sobresalen las antiguas edificaciones engullidas por las aguas miñotas, tras esta construcción para el aprovechamiento hidroeléctrico.  

La Ruta del Loio es el gran espacio natural de Paradela y una de esas sendas que no se deben perder ni los peregrinos  ni el viajero curioso.  Se puede hacer a pie o en bicicleta.  El trayecto es de 7 kilómetros, con una duración aproximada de tres horas.

Comienza en el centro del pueblo, atraviesa prados, zonas frondosas con árboles centenarios y un maravilloso espacio que aquí se conoce como O Rodillón. Cruza de un lado al otro del río por tres puentes de madera y aún se mantienen en pié los molinos que trabajaban con sus aguas. El de A Retorta es uno de los mejor conservados y de los más grandes, con cuatro piedras de moler en su interior.

Tras casi 3 kilómetro llegas a Suar, una de las parroquias más antiguas del municipio. Su iglesia es de origen románico, con elementos barrocos por las posteriores reformas.

Al final del recorrido aparece el Miño para indicarnos que en él acaba este paraíso escondido.

Entonces comprendes porqué San Bernardo mandó construir aquel monasterio y la historia de los Caballeros Cambiadores, los monjes guerreros que protegían estas rutas.

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