LOS FAROS PERDIDOS

Siempre me fascinó la Ría de Pontevedra, a partir del colegio de las monjitas de Placeres, cuando ya te queda a la espalda la peor industria que se pudo haber elegido para Mollabao, a los pies de un espacio natural que, por demás, poseía los mejores bancos de almejas y berberechos de Galicia.

Recuerdo la inauguración de la autovía que enlazaba Pontevedra con Marín, gracias a la  “Celulosa” según dijo Franco. Porque vino aquel “Caudillo por la Gracia de Dios” y una nutrida representación de las autoridades y gentes de Marín y Pontevedra. Incluso el NO-DO y los periódicos de Madrid.

No se paraba. Olía infame y en la Ría podías apreciar una asquerosa espuma blanca como esa que produce el detergente en las alcantarillas. Yo solo era un joven aspirante a periodista que aprendía el oficio de la mano del gran Ángel Huete.

Pero ya me fijaba en las pancartas, todas laudatorias, claro…  menos…una. Decía…

—- “MARINCON” FRANCO.

Curiosamente la había pintado Luciano, aquel vendedor de Lotería que piropeaba a los hombres, por la noche, en la Lonja. Fue el primer gay que yo conocí; “rojo” por sus ideas y simpático de nacimiento. A él se le ocurrió juntar las letras de tal manera que sonase a “grave insulto” al general.

Nadie se dio cuenta hasta que una foto de Camilo Gómez destacaba al día siguiente sobre todas las demás fotos del “feliz” acontecimientoJosé Fernando Filgueira Valverde, el entonces alcalde de Pontevedra, nos libró de la cárcel a los tres: a Luciano, a Camilo y a mí. El alcalde contó con la ayuda de González Sama, un buen gobernador para los que habían ganado aquella guerra en el 1939, entre los que no nos encontrábamos ninguno de los tres.

Os cuento que Filgueira Valverde –que a mí me apreciaba mucho- quería convencerme de que la Celulosa no era un asquito que acabó con el turismo de Marín y buena parte del de Pontevedra, además de infectar la playa de Lourizán. Me decía:

—– A mí me huele a pino.

A lo que yo le contestaba…

—– Pues a mí a pedo de vaca, don José.

Huete decidió pedirle el barco a Paredes que figuraba pero no ejercía como director del periódico, el “Diario de Pontevedra”. Quería enseñarle la bella Ría a Filgueira que a pesar de ser alcalde no la conocía porque lo suyo no fueron nunca los deportes náuticos. Creo que aquel día fue el más feliz de su vida, pese a que terminamos todos mareados porque al “Comandante” se le dio por tomar de lado las olas y no romperlas a la usanza marinera.

Fue la primera la primera vez que hice La Ruta de los Faros Perdidos, aunque el camino de la Escuela Naval a Mogor lo conocía perfectamente, ya que Gloria y yo gustábamos, siendo aún novios,  de pasear contemplando la serenidad de la Ría.

Los Faros son los que  hay que rastrear entre la hermosura de sus emplazamientos, la Isla de Tambo y el Cabo de Home, por la margen izquierda de la Ría de Pontevedra, la ribeira de Marín.

Aquel día seguimos su luz diurna para contemplar paisajes de ensueño por mar, aunque también podríamos haberlo hecho por tierra.  

En realidad, estos tres faros, son para los expertos navegantes simples balizas, aunque por su arquitectura merecen ser llamados faros.

El de la Isla de Tambo se llama Tenlo Chico y desde él apreciamos el paisaje de playas de Marín a su izquierda; los hórreos de Combarro y el Monasterio de Poio, a su derecha; y la ciudad de Pontevedra a su espalda.

Superada la Playa de Lapamán, que separa los concellos de Marín y Bueu, ya se ve Punta Couso, el Faro que marca el inicio de la pequeña Ría de Aldán, en la que tampoco faltan playas hermosas para disfrutar del más cálido verano gallego.

Y ya frente a las Illas Cíes, indicando la peligrosidad de la Costa da Vela, el Faro de Cabo de Home indica la geografía de un paisaje abrupto pero también hermoso.

Estos son los faros perdidos porque no figuran como tales en las cartas marinas, de lo que sin duda son merecedores… Entre ellos yo tuve el placer de navegar con mi maestro, Angel Huete y con una de las personas a las que más admiré pese a estar ambos muy distanciados ideológicamente, Filgueira Valverde.

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