LOS FOTÓGRAFOS DE MI VIDA

MAS ALLÁ DE LAS IMÁGENES

Ser viejo es también sentir como la buena gente se fue marchando al Otro Lado sin que tú, miserable mortal, supieras lo de su grave enfermedad.

—- Los años no pasan en balde…

Ya. Me duele casi todo cada mañana y también el casi, cuando la noche me permite dejar de navegar por los recuerdos, esos que por fortuna me llevan a la gente que apreciaba y a la que ya no puedo pedirle…

—- Compañero… ¿Me pasas la foto que hiciste el día de autos?

Comprenderás que en cincuenta años de curro fueron muchas las personas a las que pude hablarle así…  Pero solo tres me iniciaron en el oficio fotográfico, bien como maestros o bien como ilustradores de aquellas letras que hilvanaba a los veinte para contar sucesos y las cosas que se me permitía en el periódico.

ENRIQUE REZA

Enrique Reza, testimonio gráfico de la actualidad ourensana y bienquerido amigo de casi todos los que allí nacimos después de él.

Cuando se fue yo no le dije adiós; pero enseguida que tomó forma de estrella apareció entre una nube de primavera para decirme…

—- A pesar de todo que bien lo pasábamos con Franco… No por política, mi amigo, no… ¡Porque éramos jóvenes!

Enrique Reza ya tenía novia y yo solo andaba detrás de aquella “Leyka” que el manejaba como nadie, porque era rápido y encuadraba bien. Solo tuve la oportunidad de compartir con él algunos viajes provinciales en los que buscábamos ambos los tópicos que nos eran permitidos por los vigilantes del Régimen.

Pero a Reza le recordaré siempre porque me enseñó a revelar. Eso me permitió entender el blanco y negro como arte, sobre todo en el Sáhara, cuando era español y yo gastaba un carrete por día de mili.

—-  ¿Y es tan bonito el Sáhara en blanco y negro?

Es guapo como los tuareqs, los caballeros de ese desierto que me sorprendía por el brillo de su arena. Allí supe lo que era la nobleza de cuna y regresé a mi decepción con la pena de haber dejado amigos con los que me entendía mucho mejor, por ejemplo,  que con el editor de algún periódico.

Reza tuvo mala suerte, a pesar de todo….

Si hubiera sido madrileño en vez de ourensano  lo hubieran valorado mucho más en vida que ahora, cuando todo el mundo se acuerda de que inmortalizó a miles de personas y fue testigo de sus hechos,  en un diario de provincias llamado La Región

ANTONIO GABRIEL

Como buen mesetario, Antonio Gabriel estaba interesado en el mundo de los misterios…  Las meigas y los meigallos, el Merlín de Cunqueiro, los trasnos y diaños que había en nuestro entorno, o las vírgenes sanadoras que salían en procesión el día de la Romería.

Lo perdí en el tiempo y lo recupero en esta semana de evocaciones. El fue uno de los grandes maestros  del periodismo pontevedrés de los sesenta, aquel que sentó cátedra vendiendo un periódico mal impreso porque la rotativa  era de tercera mano.

Gabriel era tan buen fotógrafo como diseñador y con él disfruté la aventura de lo oculto, de capilla en capilla y de santuario en santuario,  para contarle a la gente como éramos y aún somos los gallegos, en esto de las creencias.

Por conseguir una foto, recuerdo, era capaz de pasar una noche entera en el coro de la capilla de A Lanzada esperando aquella ceremonia del sacerdote de la fecundidad y luego, al amanecer, retratar a las mujeres estériles que tomaban el baño de las nueve olas…

—- Esto es increíble, increíble…

Gabriel miraba el manto de billetes de mil pesetas de la época, con el que los fieles agradecían los favores de Nosa Señora dos Milagros de Amil y flipaba.

Aunque más nos asombramos los dos cuando fuimos a Santa Marta de Ribarteme, en As Neves, y vimos a aquel niño metido en su blanco ataúd procesional, alrededor del templo…

—- ¿Y dices que esta es la Galicia profunda?

—- Y tan profunda. Arriba, en el San Nomedio, la fiesta es vida. Y abajo, en este agujero del valle, la romería es el culto a la muerte.

Antonio Gabriel estaba llamado a mas grandes empresas que la de enseñar periodismo a un veinteañero de aldea y una noche, tras un “triple seco” en el Carabela, me dijo…

—- Me voy a Madrid…

—- No jodas… ¿Lo sabe Huete?

—- Sí… Me voy a “El País”.

Para mí fue un privilegio gozar de él y su arte en aquella serie de reportajes…

Desde aquel abrazo de despedida en el Diario de Pontevedra no volví a saber más de Antonio Gabriel. Una vez, en Madrid, un colega me dijo que también se lo había llevado esa cruel enfermedad…

Debe de ser porque no era gallego, pero no doy encontrado su estrella en el firmamento donde todos se quedan…

Y ni siquiera encuentro aquella foto que nos hizo en la redacción Camilo Gómez.  

CAMILO GÓMEZ

Camilo Gómez era el más veterano del Diario. Con aquella “Woïgtlander” hizo mil bodas antes de compartir conmigo los escasos sucesos de aquella década prodigiosa, las entrevistas de las estrellas del toreo o de la música, e incluso la de algún ministro.

Porque Camilo fue en el Diario de Pontevedra mi “fotógrafo de cabecera” con el que hice, en poco más de un año, casi un millón de kilómetros por las carreteras de Galicia, en aquel inolvidable “Seiscientos”, que nunca nos dejó “tirados”.

Como persona tenía “su aquel” que le convertía en un humorista espontáneo ante un cadáver. Tenía un morbo tremendo, porque su gran placer era anticipar la noticia en el “Savoy”, a sus amigos… Luís, Paco, Eugenio, cuando me encontraban en la calle me contaban…

—- ¡Vaya leñazo que se metió el motorista de Pedre!

—- Así que entrevistasteis al ministro del Aire…

—- ¿Qué tal es El Cordobés?

Al igual que Reza, Camilo no era un artista ni lo pretendía: solo quería ser el primero en llegar y encuadrar con calma.

Recuerdo cuando nos colamos en la casa del suicida del Puente de la Barca, ubicada cerca de la Basílica de Santa María, en Pontevedra. La puerta estaba entornada y entramos. Él primero y yo, muerto de miedo, detrás.

Camilo gustaba del cine policíaco e imitaba a Colombo, creo yo… Porque me trajo una carta de la habitación del presunto suicida,  tomada con un pañuelo para no dejar huellas…

—- La llevamos y la publicamos…

—- Joder, Camilo todo esto es ilegal…

La carta decía:

“La culpa de todo la tiene don Peregrino y las putas”.

Don Peregrino era “el azote del pecado” y las putas eran las empleadas de aquel hombre que había tenido el poco acierto de abrir un bar de esos al lado de un templo cristiano…

De aquel suceso escribí siete folios, pero solo se publicó un cuarto. Porque el gobernador, a la sazón González Sama, “nos había perdonado la vida” según me contó Enrique Paredes, que no sé muy bien si fue alguna vez director del periódico…. Aunque sé seguro que fue su censor.

En Cuntis, en cierta ocasión, un seiscientos había chocado contra un camión y los dos ocupantes del turismo habían muerto en el acto. Camilo hizo unas fotos estupendas y un descubrimiento…

A uno de los cadáveres le faltaba una mano. Cuando llegó la Guardia Civil y el juez de Instrucción, Gómez se puso a buscarla y la halló enseguida, en la cuneta.

La tomó con toda normalidad y se la llevó al juez que la tiró al suelo… Camilo volvió a tomarla y se la dio al sargento de la Guardia Civil que también la rechazó…

En vista del éxito, sacó su pañuelo, lo extendió en la hierba y depositó en el aquel resto del pobre mortal del seiscientos… Cuando llegamos a la Redacción estaba empeñado en publicar la foto de la mano, “como hacían en “El Caso”.

Cuando a Camilo Gómez le atacó su grave enfermedad yo vivía en Madrid y todo el proceso, incluido su último viaje, me pasó desapercibido. Sin embargo ahora que los años fueron pasando permanecen en mi memoria miles de momentos vividos juntos y él se me planta en la ventana de mi habitación, pasadas las doce de la noche, en forma de estrella…    

Hubo más fotógrafos y los sigue habiendo en mi vida. Pero Reza, Gabriel y Gómez marcaron mi etapa profesional, esa que nunca se olvida…

¡Lástima que estuvieran siempre detrás de la cámara y no me queden fotos suyas, porque la de Enrique es de La Región.

Los tres fotógrafos, de mi vida, ahora que todos nos hemos pasado al digital, ya tendrán en su archivo una gran colección del Mas Allá que, por el momento, no tengo mucho interés en ver.

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