LOS NUEVOS PARIAS

«Los contenedores de basura son, para los que sobreviven por fuera del sistema, el equivalente a los cajeros automáticos  que usamos  el resto de los  humanos afiliados a él.»                                                                                      

Por J.J. García Pena

En un pasado que desearíamos no hubiera existido, la mendicidad ciudadana  e incluso rural en sus múltiples formas, era ejercida principalmente por personas ancianas y/o disminuidas físicamente y eventualmente algunos niños, desamparados de todo amparo familiar  y de todo resguardo social, librados al albur de conseguirse el sustento a como diera lugar.

No es de extrañar, entonces,  que no  pocos de aquellos ancianos desvalidos o  parias infantiles,  verdaderos funámbulos del destino, subsistiesen en parte merced a la caridad pública, en parte gracias a su propio ingenio, frecuentemente sustentado en la astucia y la villanía.

Los más «industriosos» se tambaleaban en el delgado filo de la ley.  Un movimiento en falso y ¡zás! ,  caían de bruces en  el delito puro y duro.

Tales personajes , sin proponérselo, con sus andanzas y malaventuranzas, dieron pábulo a un género específico dentro  de la literatura universal tal  como queda recogido, por ejemplo,  en Rinconete y Cortadillo,  paradigmáticos personajes de la picaresca castellana , seleccionados del natural  por unos ojos escrutadores, procesados por un cerebro privilegiado y legados al futuro a través de la  única mano hábil de Cervantes.

Tal vez el más emblemático de aquellos trotamundos infantiles sea Lázaro, el de Tormes, jovenzuelo  al servicio de  sus ocho amos,  eventuales y sucesivos granujas,  cada uno de ellos más pillo que el anterior.

En Galicia la mendicidad arquetípica de antaño, estuvo representada en la figura del ciego que, músico y cantor trashumante, oficiaba de divulgador de sucesos, casi siempre llorosos para aflojar el bolsillo de los crédulos oyentes.

 Aún así,  había cierta dignidad en su oficio mendicante: daba entretenimiento a cambio de monedas o su equivalente, como cualquier saltimbanqui o portal de entretenimientos actual.

Pero ni siquiera el  Manco Genial, maestro retratista  de la truhanería y dueño de una imaginación desbordante, podría suponer que sus inmortales personajes de ficción serían superados por otros de carne y hueso, -aún más desgraciados que los suyos-  cuatro siglos más tarde.

Ni Discépolo , el argentino flaco y narigón  de «Siglo veinte, cambalache problemático y febril…», sospecharía que, de vivir hoy , podría escribir  tangos aún más amargos que los del pasado siglo.

Los errabundos menesterosos de hoy  muy  rara vez son ancianos o niños, y lo celebro.  Hemos avanzado… o eso parecería. Ahora quienes ocupan el lugar de los mendigos son personas -casi siempre hombres- sin ninguna minusvalía  física,  de entre 18 a 45 años.

 Pero no mendigan, no. Ya no mendigan por comida, como antaño.  No piden «una limosma, por el amor de dios». Ya no son «por dios-eros». No tienen llagas qué mostrar ni amputaciones, ni atrofia alguna que exhibir para mover a compasión.

Son hombres en la plenitud de la vida. Son hábiles y no pocas veces poseen estudios medios  e incluso  altos . Son esclavos irredentos de sus adiciones, con frecuencia víctimas y/o victimarios de sí y de los suyos. Han perdido la fe en sí mismos y – no sin razón- en su prójimo. 

Las múltiples causas de su terrible estado de abandono son tantas, que no cabria enumerarlas en tan corto espacio. Los hay del país y los hay inmigrantes de origen vario pero, al menos por estos pagos, todos ellos  hablan castellano. Hay ex-presidiarios, alcohólicos, ludópatas  y drogadictos. Pero son hombres, no bestias, aunque como tales supervivan.

Los vemos a diario tirados en las calles, indiferentes a la reprobación ajena de los ciudadanos y a las duras, furtivas o compasivas miradas de sus semejantes,  con las suyas perdidas en quién sabe qué profundos abismos de desolación irrescatable. El Estado les ofrece cobijo, cama  y comida a cambio de higienizarse regularmente. Pero no les ofrece ni les devuelve la dignidad. La dignidad que emana del esfuerzo propio (los antiguos le llamaban Trabajo) y es capaz de elevar de las miasmas a un ser humano caído y revolcado  en ellas.

En las peores noches de invierno, no faltan las almas caritativas que les arriman un plato de comida caliente y alguna frazada. Y hasta rezan con y por ellos. Son buenos samaritanos, creyentes sinceros y,  con amor de buenos cristianos, a los nuevos parias les hablan de un antiguo  dios tan bueno y justo, que (esto lo agrego yo) procrea y luego abandona a muchos de sus hijos.

Estos – la mayoría-  prefieren dormir a la intemperie. En los refugios municipales no les permiten ingresar con sus pulguientas mascotas, tal vez sus únicos interlocutores espirituales confiables. Además los obligan a bañarse  y mientras duermen, otros tan desgraciados como ellos  «nos roban nuestras escasas pertenencias», aducen .

También entre los nuevos parias hay granujas industriosos y prácticos, como en los tiempos de Cervantes, Quevedo, Dickens o Balzac. En los semáforos malabarean o  embadurnan de sucia espuma las lunetas y espejos retrovisores y recogen monedas para sus vicios,  despreocupados de la comida y de pagar alquiler. 

Es que  tienen tantos techos a su disposición, que rara vez pernoctan bajo el mismo. En cada calle disponen de,  al menos,  uno. Es solo cuestión de encontrar el menos lleno  e ingresar, con sus breves mochilas de supervivencia personal, -al modo de  Papás Noeles patéticos, silenciosos y escuálidos- por el techo levadizo hasta el fondo hediento.

Ya han cenado en un contenedor cercano y repleto  y ahora toca fumar un porro para dormir como dios manda,  soñando que el cubil  de esta noche es un prado de lavanda.

Solo deben cuidarse de despertar y salir antes que el camión recolector haga su circuito, no sea que les pase como a Xxxxxxx que , por dilatarse en soñar imposibles,  se despertó cuando sus huesos crujieron tanto que sus gritos pulsaron  la mano del funcionario de limpieza, que detuvo el compactador cuando ya  había perdido, para siempre,  el uso de ambas piernas. 

Salvo por esos eventuales contratiempos, el contenedor es más seguro, íntimo y cálido que un trozo de cartón en la vereda más limpia. Y nadie te roba ni te obliga a bañarte.

Los contenedores de basura son, para los que sobreviven por fuera del sistema, el equivalente a los cajeros automáticos  que usamos  el resto de los humanos afiliados a él.

Al despertar, el paria moderno, ex-pordiosero , ex-persona, abrirá la puerta del fast food más cercano como todos sus días  y se servirá,  a gusto y  all inclusive , un variado e insólito buffet americano. Es decir,  mantendrá levantada, con cualquier objeto que halle mano,  la tapa de algún contenedor bien provisto. Con medio cuerpo dentro  y los dos brazos hurgando en  las alimenticias sobras, como un cerdo hozando en la batea,  se alimentará de la enorme oferta de desperdicios que nadie le disputa.

Esta mañana, sin darse cuenta  (…¿o tal vez  sí…?) un paria made in siglo XXI  usó, como retén ocasional de«la puerta de su restaurante», el poster-mural en blanco y negro de un niño  bien amado por alguien que, muy posiblemente,   encargó  a un estudio fotográfico como objeto de amorosa  veneración y orgullo  familiar . Hoy , en la era del use y tire, en la era del amor devaluado,  la sociedad de consumo desecha, entre sus basuras diarias, los preceptos que otorgaban carácter, valor y amor propio a las personas. 

Por algo los desecha. Nadie tira joyas auténticas en esta de confusión y cambios profundos  en ciernes. El destino de ese retrato, nacido del amor, se confunde con el de ese Papá Noel  desarrapado y grotesco que, al alba,  emerge de su infierno maloliente. Tal vez ambos, paria y cuadro, no sean más que la  cara y cruz de una sociedad agotada y en vías de extinción, que descree de los valores que durante milenios consideró genuinos.

Hoy, a la luz de la ciencia y la razón, ya no lo satisfacen y abomina de  sus antiguos tótems, sus espejismos. La Luna ¡qué desencanto!,  no produce luz, solo la refleja. Los  brujos, desacreditados,   se baten -se abaten-  en retirada, dejándole el campo expedito a  una era que, por toda lógica evolutiva,  ha de  ser mejor que todas las anteriores juntas. 

Estamos -creo-en el comienzo de otra de las grandes Edades de la Humanidad, superior a la invención de la rueda, la herradura, la escritura o el uso de los metales en su conjunto. No dudo que,  una vez  superada esta etapa bisagra, dolorosa, traumática  y desconcertante, poblada de hipéricos obscenos y de nuevos parias, nuestros descendientes, tan  inteligentes como nosotros pero por primera vez educados y libres,   enterrarán todas las supercherías heredadas y dejarán  de dividirse en clases, credos y colores, como les fue mandado hasta ahora. 

Y serán felices. 

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