MARAGATOS: DE LA SOMOZA AL PLATA

Por J.J. García Pena

No me atrevo a suscribir ninguna de las muchas  hipótesis atribuidas al origen y significado del gentilicio aplicado a los maragatos,  oriundos  de la Maragatería, zona enclavada en la leonesa La Somoza. 

Los maragatos, como los gitanos y otros colectivos menores en tierras españolas, son etnias difíciles de encasillar dado lo brumoso y escaso de  la información histórica veraz y bienintencionada.

Lo cierto es que llegaron con su oficio trashumante hasta fines del siglo XIX en  una España oscura e intolerante con todo lo ajeno al catolicismo, rodeados de una sospechosa sombra de ser descendientes de grupúsculos moriscos aislados tras la Reconquista.

No faltan quienes les atribuyen origen mosaico, aunque nada en sus costumbres, vestimentas, carácter  y lenguaje  avale dicha suposición. Hasta el sordo Goya se ocupó de retratar,  a su modo,  alguno de fenotipos maragatos.

Muchas más son las teorías que intentan explicar, sin conseguirlo con certeza, el pasado de ese pueblo cuya fama de honrados y prósperos  arrieros se desparramó por toda la Península Ibérica.

Sabido es que, en algún momento, pegaron el salto del charco y nos los encontramos tempranamente, en el Virreinato del Río de la Plata. No sé si, también, en otras regiones americanas

Antropólogos y sociólogos creen adivinar en el curioso y amplísimo pantalón tradicional del varón de La Somoza un antecedente del pantalón que, mucho más tarde, usaron gauchos y demás campesinos de esta parte del mundo. 

Quienes eso creen, no tienen en cuenta que gauchos y otros primitivos campesinos virreinales se vestían al estilo canario y gallego, entre otros trajes regionales españoles y que los pantalones “bombachudos” al estilo Simbad o Las mil y una noches, que terminaron por caracterizar a los inexistentes gauchos de opereta, fueron consecuencia de la introducción,  en el Río de la Plata, de ropa militar sobrante de los ejércitos otomanos en la guerra de Crimea, finalizada en 1856. 

Hasta entonces, los llamados gauchos y otros colectivos rurales pobres, usaban el chiripá, especie de paño grande de tela basta, no pocas veces de arpillera ordinaria que, pasada entre las piernas y sujeto a la cintura con un trozo de cuero a modo de cinto,  adoptaba la forma imprecisa de un pantalón muy precario.

Algunos -los menos- complementaban el burdo atuendo con un calzoncillo cribado que, sobresaliendo del chiripá,  ocultaba las partes de las piernas que este  no alcanzaba a cubrir.

Un poncho de verano o invierno hacía las veces de camisa cuando el gaucho era pobre demás. 

Un gran disco  de cuero, remojado y puesto a secar atado en el remate de un poste con circunferencia de  cráneo humano, daba nacimiento a un sombrero llamado “panza de burro”, que más tarde las malas crónicas y la novelería del lector lejano convertían en  sombrero de ala ancha andaluz, al estilo del Niño de Utrera.  

Solía cubrir sus piernas y parte de sus  pies con “botas de potro” , hechas a partir del cuero tubular resultante de desollar las patas delanteras de los caballos para, una vez secas, calzárselas  dejando, inevitablemente ,  los cinco  dedos afuera, ya que el pobre sacrificado remataba su piel en pezuña. De ahí que el gaucho verdadero, no el de ficción novelesca, dejase los dedos desnudos para asir, con ellos,  el precario estribo. -Pa´estribar-,  decía él.

Un día, con tiempo, habremos de analizar, por comparación,  la vida de los pioneros rurales de Ricamérica  versus Pobramérica.

Nos sorprenderemos al evidenciar las insalvables diferencias de ambas realidades coexistentes en la misma época.

Todo, como el robo, la traición  y el asesinato, tiene su explicación, aunque no su justificación…Pero será en otro día.

No es ocioso mencionar, al pasar,  que no pocas tribus indígenas de estos pagos sureños  usaban el mismo tipo de indumentaria que el gaucho, del  mismo modo que habían adoptado su caballo, inexistente en América antes de la Conquista.

A su vez, el gaucho se hizo diestro manejando, tanto como un aborigen,  las mortales boleadoras de piedra que, junto con su infaltable facón y el poncho arrollado en un brazo a modo de escudo, era cuanto usaba para defenderse u  ofender. Esa era su realidad, sin maquillajes ni pueriles concesiones literarias.

Mucho más tarde la cinematografía, el romanticismo y la desinformación, produjeron un gaucho edulcorado y mariquita al  estilo Valentino, que, insólitamente, bailaba tangos de increíble corte andaluz, ¡con un clavel en la boca y todo! 

Lo cierto es que el gaucho comenzó a languidecer, hasta ser fagocitado por el progreso, a partir de alrededor de 1870,  cuando se comenzaron cercar los campos platenses con alambre inglés,y estos mismos, dueños de los mataderos y frigoríficos, se comenzaron a acriollar y tomar mate en vez de té. Un buen ejemplo pudiera  ser el autor de La tierra purpúrea, William Henry Hudson.

Así que los amplios pantalones de los laboriosos arrieros leoneses no son los del gaucho cerril ni los del paisano  labrador de hoy en día.

Curiosamente las dos poblaciones en que se asentaron los maragatos a ambos lados del estuario, no tomaron el nombre del pago lejano, pero sus honrados descendientes siguen mencionándose, orgullosamente, como sus padres fundadores: maragatos.

Y hasta aquí llega mi esmirriado conocimiento de tan singulares inmigrantes. Lo de singulares se me ocurre toda vez que, en general,  los españoles de origen humilde que salieron hacia el Mundo Nuevo lo hacían  en alas de sus sueños de prosperidad, condición ésta de la que, por lo visto, ya disfrutaban los tenaces arrieros de León en su La Somoza. 

¡Vaya uno a saber qué cuentos fabulosos, escuchados de indianos retornados y  enriquecidos,  los movieron a dejar su derrotero  de siglos desde el puerto de A Coruña hasta Madrid, pasando a abrazar sus afectos y  dejar las ganancias en sus casas de la Maragatería!

 Sea cómo fuese, el caso es que  en  las provincias virreinales  que luego serían conocidas como República Argentina, esos españoles de origen tan incierto, fundaron,  a unos mil kilómetros al sur de Buenos Aires, la ciudad de Carmen de Patagones, mientras otros maragatos harían lo propio en la Provincia Oriental,  luego conocida cono República Oriental del Uruguay.

En esta Banda fundaron San José De Mayo, a unos  90 kilómetros de Montevideo. Sus habitantes son conocidos como maragatos.

Y paro de historiar para dar a conocer un tema en que se  homenajea a  la mujer maragata, que  debe haber sido de una beldad  física, a juzgar por el arrobamiento de  su declarado enamorado, que  no le importaría morir iso facto  a cambio de poder verla otra vez juntando unos macachines.  No queda explicitado si los juntaba en pos de hacerse de sus preciosa flores o de sus sabrosos tubérculos, o de ambos, que una cosa no anula la otra. Tanto en Argentina como Uruguay hay maragatos y macachines, no obstante, creo que el adorador  enamorado rinde pleitesía a una beldad argentina.

Me lo hace suponer la autoría de los versos, pertenecientes al cantor argentino José “Pancho” Martino que, como Gardel, se inició cantando aires rurales y llegó a integrar un trío con Gardel y Saúl Salinas, aunque no hay constancia de registros sonoros, si los hubo, de tan primitivo  trío.

Escuchemos, entonces y sin más,  al armonioso  Gardel, trinando, como nadie,   los embriagadores aires  de Maragata. Que Gardel, como Serrat o Antonio Molina,  es mucho más que los diez remanidos temas que se nos imponen para consumo masivo.

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