MARTINA, LA CURANDERA…

… Y SU ASESINO EL PANADERO.

Estaba sentada con la cabeza sobre la mesa de la cocina, como durmiendo esa siesta obligada al calor del carballo quemado en el fogón de la “económica”, que para nada encendía aquella “lareira” bicentenaria, la misma que curara el frío a sus bisabuelos.

En la vieja casa ya no quedaban hombres. Solo ella. Subsistiendo…

Se llamaba Martina como su tío, que aún vive en Lugo; pero él se olvidó siempre de su sobrina.

Martina Expósito Álvarez, curandera de profesión, joven y bella como su madre, emigrada al igual que su padre… Tal vez muertos ambos los dos a aquellas alturas, como parecía decir la foto estratégicamente colocada en la estancia principal, al lado de la de dos adolescentes.

Sus manos eran todo un alivio para los huesos y para los músculos maltrechos y gracias a ellas, a las manos,  iba tirando con la “voluntad” de quienes acudían a su consulta…

—- ¿Qué che dou, Martina?

—- Eu non cobro, Luís. Dame “a voluntad”…

La casona familiar que Martina semihabitaba, estaba rodeada de un terreno yermo, cubierto de margaritas en primavera, de alta hierba en verano que se encargaba de quemar la nieve o la “xiada” de invierno.

Detrás de ella, la imponente Serra do Faro y a unos tres kilómetros por pista de tierra, Bermún, pequeña parroquia de Chantada a la que llegaba y aún llega hoy poca gente.

Entre Bermún y Cea viajas por una estrecha carretera pero de espectaculares perspectivas, cuando te lo permiten las carballeiras que dan sombra a la serpiente de asfalto que rodea los altiplanos, las estribaciones  de la sierra, a la que por este costado llaman Da Martiñá.

José Castro Fernández, el otro protagonista de esta historia, quiso ser monje en Oseira porque estaba siempre muy debilucho, no podía con las faenas del campo y la emigración le asustaba…

Aquel pobre, de joven solo pudo llegar a ayudante de panadero en Cea, en donde terminó con los dolores de espalda más horribles que te puedas imaginar…

—- José, usted tiene que dejar la panadería. Está enfermo y su espalda no le permite hacer esfuerzos…

El Dr. Arias, médico de familia por aquel entonces en Cea, fue quien le habló de Martina por primera vez…

—- Vaya a Bermún, pregunte por Martina y ella sabrá como aliviarle el dolor…   

Cuando José Castro tuvo delante a Martina revolotearon todas las mariposas del entorno, que ya estaba el campo lleno de margaritas y las nubes que coronaban el Faro habían huido despavoridas.

No cruzaron palabra entre ellos hasta que José se cansó de admirar a aquella mujer y transmitirle con sus ojos lo que ya supo, a primera vista, que era amor…

Ella, sin embargo, fría, distante, calculadora, solo le preguntó…

—- ¿Qué che trae por aquí?

—-  Pois… pois…

Él no sabía si aguantar el dolor para disimular el motivo de la visita, hasta que…

—- ¡A ver que temos por aquí! ¡Túmbate nesta mesa!

Empezó a tocarle por todo el cuerpo lo que aceleró la lívido de José, pero…

—- Da a volta, veña…

—- ¡Ay….!

Martina manoseó aquella espalda maltrecha descubriendo la desviación de columna que padecía, pero consiguió aliviar el dolor para asombro del joven que creyó encontrar su diosa al pie de la Sierra del Faro, en la soledad de una casona de labranza tan antigua como impresionante.

—- ¡Xa non me doe!

—- Pois cando che doa volves. Agora dame “a voluntad” e vaite, que teño que facer…

A José Castro dejó de dolerle aquella espalda y volvió a la panadería, nuevo y felizmente enamorado… aunque con la impresión de no ser correspondido. A pesar de no volver a sufrir, sus visitas a Martina eran cada vez más frecuentes.

Hasta que un buen día ella se sinceró…

—- Mira José, eu sei que ti buscas aquí algo mais que curar a espalda, por eso quero que sepas que eu nin estou namorada de ti nin o estarei nunca.

—- ¿Cómo podes decir nunca?

—- Porque os meus sentimentos xa están comprados hay moitos anos, de nena, cando o Quenucho, o meu amor,  matouse o cair daquil muro e rompeu as cervicais… Dende entón non hai ser humán que me interese e só a sua lembranza me mantén viva… porque é o seu esprito o que me transmite este poder que cura a xente.

Desesperado, José abandonó la estancia, aquella cocina a la que Martina le había permitido acceder en un gesto de simple amistad…

Pasó un año y José no volvió a ver a Martina, que seguía atendiendo por “la voluntad” a una nutrida clientela. Eso se notó en algunos arreglos que hizo en la parte de la “consulta” y también en sus habitaciones. Las demás, hasta cinco,  se abrían solo de tarde en tarde.

Martina vivía mejor. Había cumplido los treinta y siete y seguía tan hermosa y fresca como cuando era una veinteañera abandonada a su propio destino…

Se podía permitir uno de sus caprichos. Traer el pan de Cea, que era el que más le gustaba. Prácticamente consumía un mollete al día. Se decía a sí misma…

—- Iste pan non engorda…

Aquel día nevaba y tanto la sierra como los campos mostraban su blanca pureza a los animales del bosque, los únicos que se atrevían a hacer el camino hasta Burnes. Sin embargo Martina, distinguió a lo lejos la figura de José, caminando hacia el viejo caserón…

—- ¿E logo? ¿Voltaron os doores?

—- Non Martina, simplemente quería saber cómo te atopabas e sí tiñas pan, porque o que che traen é da miña panadería, a que merquei; así que me dixen… ¡Lévollo eu! ¡Toma!

Y José depositó en la mesa tres molletes de pan de Cea, recién salido del horno, con un olor que alimentaba… Martina agradeció el detalle con un beso en la mejilla pero llegaba tarde. El panadero esperaba un gran acontecimiento…

Cuando el sargento Heredia, reputado investigador del Cuartel de la Guardia Civil de Lugo vio el cadáver de Martina supuso que alguien le acompañaba en el momento en el que sobrevino su fallecimiento, por las marcas de harina que estaban al otro lado de la mesa.

La harina estaba aplastada, como si alguien hubiera puesto un brazo sobre ella. Por eso pidió que se le hiciera la autopsia por si se tratase de un suicidio o asesinato. Y acertó…

El forense encontró restos de veneno, del que se utiliza como matarratas, en el pan que había digerido la curandera… y José Castro tardó solo seis horas en ser detenido como presunto culpable del crimen…

—- Mateina porque era meiga. Tíñame enmeigado. Eu non pensaba noutra cosa que non fora nela. ¡Era bruxa! ¡Por iso curaba a xente!

José Castro fue llevado a prisión, a la cárcel de Ourense, aquella que estaba cerca del Posío. No salió nunca porque murió a los tres años de una penosa enfermedad que infectó su columna vertebral y todo su esqueleto…

Nadie lloró su muerte…

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