MI PADRE MATÓ A MI MADRE

Por Diego Carcedo

Algunas noches de insomnio y ajenas estrellas fugaces en el pensamiento, me viene a la mente la imagen de los niños que se han quedado huérfanos como consecuencia de la violencia de género y de manera especial, de los pequeños que han sido testigos presenciales nada menos que del asesinato de sus madres.

¿Cómo se vivirá, me pregunto con pavor, bajo el recuerdo permanente de esa frase reservada al colmo de la desgracia de que “mi padre mató a mi madre”? ¿Qué sentirán esas personas, que por desgracia no son pocas, cuando recobren el sentido de la realidad de su pasado? Supongo que no soy el único ni mucho menos que alguna vez evoca ese trance que le deja meditando.

Cuando ocurre alguna desgracia de esta naturaleza, que es más que a menudo, leemos la noticia con frecuencia por encima, nos sentimos avergonzados de nuestra propia especie humana, pero nos olvidamos de cuanto queda detrás. La sociedad olvida con demasiada frecuencia y ya por lo habituales que se producen los asesinatos machistas que se lamentan y se evaporan.

Es muy triste pensar en las víctimas mortales, pero enseguida nos olvidamos de los supervivientes que se quedan condenados a sufrir la memoria de tan trágica herencia. Y especialmente los niños. Sabemos de niños de dos o tres años que fueron testigos presenciales de hechos terribles de esta naturaleza y también nos olvidamos de cual está siendo su propia suerte.

Algunos habrán sido acogidos por otros familiares o estarán bajo la protección de instituciones públicas o religiosas. Es de suponer que nos les faltará de nada, salvo del cariño materno, que no poco, y que estarán sometidos a vigilancia clínica, pero dudo que ningún tratamiento psicológico consiga borrarles en sus sueños el shok sufrido.
La violencia de género, que inconcebiblemente algunos se empeñan en negar o en desvirtuar, es una de las manifestaciones del ser humano que no superan el paso del tiempo ni la conciencia del mal que las pasiones no valora, ni la superación de las reacciones salvajes que la influencia de la educación y la cultura deberían ya haber exterminado de nuestra convivencia.

Con frecuencia se manejan listas de víctimas de la violencia terrorista — que tampoco tiene perdón –, y de quienes se han hecho acreedoras a mantener vivo su recuerdo y de la atención que se les pueda prestar. Pero sorprende que las víctimas del terrorismo doméstico, igualmente dramático no estén mereciendo una atención semejante.
Algunos niños han sido víctimas mortales también; sus vidas han sido breves: Héroes inocentes de su desgracia. No hay adjetivos para describir semejante barbaridad. Pero tan doloroso y hasta más inquietante es el presente y lo será el futuro de otros, de los que viven para siempre con el peso de sus recuerdos escalofriantes. De esos.

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