MIRANDO AL MAR DE VIGO

Vigo es la gran metrópoli.

Nació y creció mirando al mar, para mecerse en los espejos de su hermosa bahía, que presiden las muy antiguas Illas Ficas, más allá de los faros.

Mirando al mar, Ferrín acerca Nueva York, porque, dice que  la ciudad límita, atlántico por medio, con América.

De América vino, tras años de emigración, Celso Emilio Ferreiro, para imaginar como el mismo mar de Vigo se incendiaba aquel atardecer en que quemaron a María Soliña, en la playa de Cangas, en la otra orilla.

Carlos Oroza llamó a Vigo hija de Neptuno y  esta ría, decía el inolvidable Carlos Casares, despertó la fantasía de Julio Verne y encantó a Hemingway.

El mar de Vigo despertó la imaginación de una larga serie de contadores y fabuladores de historias…

Relatos de emigración y exilio. Leyendas de tesoros sumergidos. Cuentos de hadas marinas, de meigas y meigallos…

Pero fue entre montañas de pescado fresco y siguiendo la estela de los grandes buques de crucero, como Vigo desarrolló su vocación de metrópoli atlántica…

Desde el Berbés, alcanzó la perfección modernista de su centro, prolongando su estética marinera hacia la periferia de barrios como Teis o Bouzas. Se extendió por la plenillanura de Coia, hasta Castrelos y trepó hacia el Castro y hacia el Calvario, buscando siempre aumentar sus límites.

Desde cualquiera de ellos, Vigo siempre mira el mar.

Tiene Vigo múltiples miradores para contemplar su mejor paisaje, que es la acuarela de su Ría,  pintada para nuestro sumo placer visual.

En el centro, podemos admirar el mar caminando por el antiguo muelle, hasta enfrentarnos a Cangas, y escuchar la música del ir y venir de la marea, mientras viene y va el catamarán que cruza la bahía.

Nostálgicos de América, podemos sentarnos en la dársena de los grandes cruceros y buscar desde ella las Cíes, que marcan la frontera con el océano.

Desde el mirador elegido por a Nosa Señora, la de A Guía, que dicen guía a los hombres de mar, se alcanza el agua vibrátil, de plata y oro, profunda y calmosa…

Lo mismo ocurre desde el Castro, el monte parque que encara el mar infinito por donde arribaron los celtas.

A su sombra, amanece la gente de sal en el Berbés, protagonista de una eterna aventura en las horas de la luz herida.

Y cuando el sol adormece la tarde, podemos caminar mirando al mar por la gran playa de Samil y admirar el grandioso espectáculo que provocan las nubes viajeras, enrojecidas por el poniente, más allá de las islas.

Y una vez que atravesamos el puente de Rande, renace el sentido de la historia y crece la leyenda.

La historia dice que este es “el mar del tesoro”.Del tesoro arqueológico que permanece oculto bajo estas aguas y, ¡Quién sabe!, si de ese otro tesoro de Indias, que aquí se hundió con la que llamaron “flota de la plata”.

Pero esta ría de Vigo ya tiene “la mar de tesoros”:

Las bateas que dan vida al mejillón… El choco, dueño y señor de esta ensenada… La almeja y el berberecho que nacen en Cesantes… La nécora… El camarón…Las islas… Los veleros…Poesía…

Porque este Mar de Vigo, de tesoros y leyendas, es también fuente inagotable donde bebe la inspiración literaria a lo largo de los tiempos.

Ría de escenas sencillas cuando sucede la última hora de la tarde y nos descubre las luciérnagas marinas…

Si no…

¡Contemplad las luces de Neptuno y sus nereidas a esa hora en la que solo rompen el silencio las olas! Están en el cementerio de las caracolas, la playa mágica de los ritos ancestrales.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *