MIRANDO AL MAR DE VIGO

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Al principio, Vigo era un castro desde el que se veía el horizonte atlántico más allá de los faros. Hasta él se fue encaramando la ciudad nacida del mar, porque, ya se sabe, es hija de Neptuno.

Por eso Vigo, posee cien balcones para perseguir el agua vibrátil, de oro y plata, calmosa y profunda, de su hermosa bahía, por la que navegan los recuerdos de ola en ola.

A Guía, Monte Alba, Galiñeiro, A Madroa, Domaio, O Facho… son balcones naturales para contemplar la grandiosidad de la belleza marinera.

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Desde uno u otro mirador bien se aprecia como el Berbés, al amanecer,  es una montaña de peces, mientras al malecón llega otro barco crucero…

Como van y vienen los viajeros del mar, al compás de la marea, mientras se preparan las velas en el refugio de los veleros de la mas alta arboladura…

Como parten hacia el mundo los embajadores de la piedra y el acero…

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Este mar de Vigo, al que vertimos las lágrimas negras de un millón de partidas,  es también un espejo de agua de sal, en el que se refleja la postal de Cíes.

Las islas del Parque, nacidas de la roca que hace estremecer el paisaje, son aún más bellas en la playa del lago color esmeralda, rodeado de arena de duna llena de claveles marinos.

Brillan especialmente desde el gran arenal de Samil, balcón de atardeceres románticos, cuando la noche abre su frontera.

Entonces, cuando el sol huye por el mar de Cangas, la luna se mezcla con las luces del hombre, para provocar heridas de oro y plata en la piel nocturna de la bahía. 

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