MONÓLOGO CON MARIO

               » …hasta que me enseñaste que El Sur también existe, y que don Custer era un delincuente».

Por J.J. García Pena

No quise ir a despedirte al Palacio Legislativo.  No sentí la necesidad de hacerlo. ¿Me oís, Mario? ¡No quise verte muerto! ¡No quiero saberte muerto! En parte porque nunca te podrás ir, aunque quieras. En parte porque te seguiré viendo cuando se me cante, en nuestros rincones Montevideanos.

Por ejemplo, el domingo pasado te vi por Tristán Narvaja, con tus bigotes y pelo tupido y oscuro, y dos esquinas más acá, hacia 18 de Julio, te vi canoso como Gepetto o el otro soñador, Einstein. Cuando llegué a Paysandú esquina Fernández Crespo ¡tenías treinta años y la sonrisa de siempre!

Tacuarembó, dicen, produjo dos ídolos que murieron con todo el pelo: vos y Carlitos.  Ché: ¿Él era de allá? Ahora que lo podés ver, decile que te bata la justa, para que se dejen de macanear los que se pelean por su origen. 

¡Qué carajo nos importa su origen si lo importante es lo que expresó con su voz! Menos mal que de vos no tenemos dudas. ¿O sí…? A ver si ahora resulta que sos francés vos también…

—- ¿Te acordás, hermano, de mi sorpresa al leer el primero de tus escritos que cayó en mis manos, en los recién estrenados años de mi ingenua adolescencia de galleguito gil?

Mirá vos qué casualidad, fue en Tristán Narvaja, y al alcance de mis flaquísimos bolsillos, que me hice de Niñoquepiensa.

Benedetti se me antojó un bobo que no conocía las mínimas reglas gramaticales, un inculto que desconocía el uso de la coma, del punto y del punto y coma. Cuando terminé su lectura supe quién era el bobo, y no eras vos, precisamente.

—- ¿De dónde cornos sacaste la truculencia inesperada de Los pocillos?

—- ¿Tal vez de tu antepasado Dante o de tu contemporáneo, el tano Pier Paolo Pasollini?

La trama de La Tregua no hace falta que me digás de donde la sacaste: es un retrato al natural de nuestro entorno montevideano, diario y ciudadano.

¿A que lo viviste de cerca con tus compañeros de trabajo? ¡Dale, viejo, esos personajes no los inventaste! ¡Si los vemos a nuestro alrededor todos los días! No me cantés errado.

Como empleado público, ¡si habrás visto tipos como los retratados!

No me jodas. ¿A quién querés engrupir con que son “de ficción”? ¡Vamos, viejo! ¿Me tomás por gil?

Ché, Mario, vos sabés que, pasando el tiempo, me descubriste el mundo en que estábamos viviendo, que para vos era fácil de entender, pero a mí, un botija de doce años, se me hacía indigerible que los sioux pudieran ser buenos, cuando atacaban a las caravanas y cortaban cueros cabelludos en las matineés del cine Piedras Blancas.

¡Menos mal que a último momento llegaba la Caballería Yanqui, con sus impecables uniformes azules y guantes amarillos a deshacer a las crueles huestes de comanches,  entre el pataleo rabioso de toda la platea juvenil, conmigo a la cabeza!.

El bien y el orden provenían del Norte, en las manos justicieras del sargento Custer. Además, Súperman y la Mujer Maravilla (oportunísimos y ágiles quijotes) venían envueltos en los pepsicoleños colores de la bandera norteamericana.

Hasta que me enseñaste que El Sur también existe, y que don Custer era un delincuente.

Más tarde, ¡cómo me reí con tu vena humorística en el inteligente e hilarante How Beautiful y otros!

Ya en tu etapa madura, cuando tu petisa imagen se agigantaba sobre los peldaños de tu propia obra, me regalaste tus experiencias del dolor del exilio y el retorno, trepado en tus Andamios y oyendo al Hombre que mira a su país desde el exilio.

Y en los crueles días de nuestra triste noche dictatorial, como un grito, como la síntesis de la dignidad humana acorralada, como la desgarradora proclama de un hombre quebrantado físicamente, pero honradamente sublime hasta la estridencia y las cuerdas vocales a punto de reventar en su insoportable integridad, surge de vos, de tu pensamiento, (¿de tu experiencia?) ese responso, ese testamento llamado Hombre preso que mira a su hijo. Jamás pude leerlo de corrido. No quise mojar el texto.

Mario: dormí tranquilo. Tus escritos están en las mejores manos posibles: las del Pueblo, para Él los creaste. El Pueblo con mayúscula, el Pueblo Universal, sin banderías partidarias, salvo la de la dignidad humana, el que será mejor generación tras generación.

Cuando llegaste, en el veinte, el mundo era peor que ahora. Gracias a tipos como vos es más vivible. Y lo será más. Tal vez el domingo te vea por Tristán Narvaja, o por la rambla, en Villa Biarritz. No prometo releerte de inmediato. Estoy terminando de releer, por sexta vez, a otro desfacedor de entuertos e hipocresías, como vos, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

No me vengas ahora con celos artísticos: ¡Tené en cuenta que el hombre te antecedió en cuatrocientos y pico de años! 

Y fue maestro de todos. Y  vos  entre sus mejores discípulos.

Un abrazo y hasta luego, Mario.

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