MONTERROSO DEVESA, O BUSCARRAIGAMES

Por J.J. García Pena

Desde su balcón de A Coruña disfruta un mate mientras  contempla la mar gallega, que refleja el cielo, pintor de sus  iris. La sombra de la Torre de Hércules, nomon de piedra, le indica cuánto falta para volver. Volver…  ¿A dónde?

Desde su atalaya (su «mangruyo») de Montevideo escruta, mateando, el camaleónico Paraná Guazú. Y el faro de Punta Carretas, cíclope  barretinieblas, le recuerda que es hora de volver.  

—- ¿A dónde? 

José María rehace su maleta y obedece a las torres. Pero  no sabe la respuesta. Perdió la cuenta migratoria  y el sentido de orientación se burla de su confusión infantil: 

—- ¿Voy o vengo? ¿Soy yo o no seré?… No sé. Estar estoy…pero ya me voy.

Es que José Devesa, filólogo intuitivo nacido en 1944, moderno descubridor de olvidos,  sabe que el mar, con solo cruzarlo puede transformar unha nai en mamá y de nuevo en nai, de regreso.

Tal vez lo haya (debe haberlo) pero no conozco otro gallego que divida su año de poeta e investigador de raigambres, en dos períodos equilibradamente hemisféricos. 

Al despertar, no sería raro que José se preguntase si  hoy tomará sol en  la playa de Riazor o en la de Ramírez. O si esta noche  aplaudirá las bulliciosas evoluciones de La Rodó, la comparsa carnavalera de su barrio montevideano. Su comparsa.

Llegó al Plata de sus abuelas criollas con seis años;  y con apenas diecinueve estranguló  las morriñas, la  suya y la de su madre, en el puerto de Vigo, donde revivió el día de su primera y  lejana partida.

¿Qué emigrante pudo borrar de su mente el barco en que lo alejaron de su tierra?

Dejemos que el propio protagonista recorra las nebulosas del buque que, desde hace seis décadas,  descansa bajo las aguas del estuario:

Tenía yo seis  años y medio cuando cambié La Coruña por Tacuarembó, el puerto europeo por el pueblo continental americano… a bordo de un barco inglés… que nos transportó, a mi madre y a mí, desde Vigo hasta Montevideo, en veintiún días (mayo de 1951).

En el apartado Tacuarembó, supimos, en 1960 cómo había embarrancado, a la vista del mismo puerto de Montevideo…

—- No diré que te envidio . Acaso sí a las gaviotas que rondan tus mástiles…

No sé qué trozo de mí quedó turbiamente ceñido a tus camarotes vacíos, a tus bodegas, para siempre terroríficas, que unos baúles, hoy conmigo, habitaron…

—- ¿Qué viscosas algas, qué légamos sin fondo te aprisionan?  

Mi alma está -contigo- también presa de algo indefinible, que es más que una nostalgia…»                                                                                                                                                                                                                                  

El singular Monterroso Devesa,  vocacional hurgador del olvido, tanto te recita a Curros Enríquez como te ilustra sobre los Suárez Picallo,  de Sada, o te cuenta de su niñez y adolescencia  completadas  en Tacuarembó. 

De sus maternas  lecciones de piano y de sus estudios curriculares, o de la vida y milagros de sus vecinos, como lo fueron los familiares del finado Carlos Escayola, (más conocido como Carlos Gardel, como se susurraba por entonces en la vecindad); o la de su profesor, el poeta Washington Benavides, «El Bocha»,  saltando, sin descanso intermedio, a relatarme cómo en Cáceres, 1966, servicio militar,  se había largado a  practicar su elemental

 idioma materno por primera vez  en público, por pura coincidencia con otros conscriptos gallegos.

Luego vendrían sus distintos destinos de funcionario público en Madrid, 1968, Cáceres, 1969 y Gijón, 1972.

En A Coruña publicó sus primeros libros de poesía y, tal vez para compensar, en parte, su frustrada vocación por el magisterio, ejerció de nexo-publicista cultural y conferencista en gallego, de 1973 a 1993, hasta jubilarse en 2004. 

No conoció año más aciago que el 2001. Se quedó sin su madre, sin media alma, es cierto. Pero heredó todo su mucho positivismo vital.

Desde entonces dividió el tiempo y el espacio según su errante concepción de la vida: medio año en cada hemisferio.

Lo escucho con atención, respeto y afecto. Pero lo distraigo y lo hago divagar para sacarlo de tema. Es que sabe tanto, que si lo dejo hablar no pararía de aclararme, hasta extremos insoportables  de insólita minuciosidad, los cómo, los de dónde y los cuándo de tanto apellido y obra de los gallegos habidos en estos apartados rincones del mundo. Además no me  dejaría meter  mi baza vacua que, de todas formas, naufragará  entre sus cataratas de información documentada.  

Es  que mi paisano, el coruñés-tacuaremboense José María, se ocupa de hurgar, hallar, contrastar, consultar, desechar, reintentar, agregar, desconfiar, valorar, restaurar, armar y publicar esos tesoros de erudición especifica que ya son -y lo serán aún más- consultados por los estudiosos del rastro cultural y obra de los olvidados gallegos fuera de Galicia. 

Por suerte,  «los de adentro», aunque a trancas y barrancas, a tenor de  los tiempos, siempre tuvieron quienes los rescataran del olvido. Pero,  si de «los  de afuera» hablamos a José, cormorán solitario y culinquieto, no le alcanzan seis meses para tanta conferencia, encuentros, editoras , entrevistas y notas  en las diversas instituciones  galaico-españolas de esta Banda.

Monterroso, perenne autodidacta, fiel a su propio lema Útil y Libre,  sabe que nadie puede dar mejor testimonio de un naufragio que un náufrago. Por eso, su labor de rescatista es «tarea por amor, no por deber», tal y como queda definida en el prólogo de uno de sus libros: “Mil e pico de nomes galegos do Uruguai”.

Se convierte entonces, se lo proponga o no, en un cantor de gesta; un educado y lúcido testigo, relator y protagonista directo  del  último  -y tal vez el más intenso- acto del drama transoceánico de los hijos de Breogán. Odisea en paciente espera de su dramaturgo. 

Y cuando ello se intente, será inevitable recurrir a los hallazgos, restauraciones  y recopilaciones de José María Monterroso Devesa.

Consciente del daño estructural causado a nuestro idioma por  siglos de «mal falálo» debido a la compleja coincidencia de diversos factores, José,  cuando el caso lo requiere prefiere usar, como medio académico en sus libros de ensayo e investigación,  el formato galaico-portugués, por la indiscutible solidez de su gramática. 

 No es casual, por tanto,  que haya sido cofundador de  la Associaçom Galega da Lingua (AGAL (1984). Antes, en 1981,  ya había cofundado AELG,  la Asociación de Escritores en Lingua Galega.

Dado  su espíritu optimista y su talante refractario a toda depresión, («serenado», dice él), José María, habituado a no rendir cuentas más que a sí mismo, decide cuándo y cuanto tiempo permanecer en cada orilla.  

Investigador reflexivo y pertinaz, siempre su tiempo americano le resulta escaso. Aún así,  se hace un hueco para  poblar de anécdotas e interés cultural las ondas radiales de Montevideo y Buenos Aires.

Convocado por Sempre en Galicia, «o máis lonxevo programa radial do mundo falado  enteiramente en galego dende o 3 de setembro de 1950,   as nove da mañá é trasmitido todolos domingos»,  se da el gusto de falar en galego, ya que el resto de su tiempo  debe  pronunciarse ante casteloparlantes.

En la otra orilla, tempranamente  se sucedieron  sus libros y recitales de poesía, seguidos de  investigaciones genealógicas , acompañadas de  estudios y divulgación onomatológica  de apellidos galaico-portugueses y ensayos diversos, que fueron distinguidos, entre otros, con el premio Xesús Canabal Fuentes, (1986) y premiados, asimismo , por la Asociación de Libreiros da Coruña(1993).

De regreso  a «su otro» hemisferio, repite parte de su  hazaña americana, pero ya totalmente en gallego,  salvo alguna conferencia o charla propuesta fuera da Terra.

Durante quince años integró la A.C. O Facho,  en donde cosechó la misma empatía y admiración que lo rodea en sus intervenciones  culturales  uruguayas, hallando natural eco, especialmente en O Patronato da Cultura Galega, de Montevideo, señera  institución que lo galardonó con  la Vieira de Prata (2004).

Rica, pero tediosa, resultaría la relación de conferencias a las que fue invitado,  -amén de las de España- en distintas ciudades del entorno sudamericano, Santiago de Chile, Buenos Aires, Rosario, La Plata, etc…

De todas ellas, el galaico investigador se regodea en el recuerdo de la más emblemática para nuestro idioma por la fraternal connotación y motivación de enmarcar  A Coruña- Recife, celebrada  en la Facultade de Direito de esta última, en 1982.   

Un lejano día, no lo dudo, José María Monterroso Devesa, gallego ilustre de ambas orillas atlánticas, recibirá, sin disfrutarlo, como tantos laureados en ausencia, el póstumo reconocimiento  que su singular obra merece. 

Mientras tanto, cumplo y me plazco en divulgar, en vida y salud, los muchos méritos de nuestro paisano con inquietud de anduriña.

(3) Comentarios

  1. No tengo el honor de conocerle pero por lo que contáis es uno de esos muchos gallegos ilustres que la Patria ignora porque los que la dirigen son unos ignorantes.

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