MONTES PERDIDOS

Por Jorge Freijanes Morales *

El estío despierta una íntima provocación de acariciar el Monte tanto físicamente para encontrar el equilibrio térmico como paternalmente para protegerle, mimarle y buscarle futuro.

El MONTE, con mayúsculas, es un concepto ecológico de máxima expresión, donde se funden los términos del sentido de la vida, de la trascendencia y del patrimonio global.

Incluso, administrativamente, podría considerársele como el primer bien público, antes que las autopistas, los aeropuertos y los ferrocarriles. Pero están abandonados, desprotegidos, en un alarde permanente de inconsciencia e insensibilidad social, alcanzándose el mismo nivel de pecado que aquél contra el Espíritu Santo (¡Sálvese el que pueda!).

Sí, se escribe mucho, y a veces muy bien, pero no se atajan sus problemas de raíz.                           

Parece incomprensible que algo que aúna tanto concepto de globalización comunal sea siervo del raquitismo patrimonial de la titularidad, del agobiante minifundismo parroquiano, nudo gordiano de su esclavitud.

En lo que sí vamos a estar todos de acuerdo es que el monte forma parte importantísima y fundamental del territorio, ocupando a veces la proporción en los municipios gallegos que en el planeta tienen agua y tierra, o algo más; naturaleza, riqueza, espacio, suelo, oxígeno, paisaje, espiritualidad, edén, … y no terminaríamos.

Con este potencial incalculable, de un valor estratégico ilimitado, vital para la economía y el desarrollo integral de la vida humana, animal y social, ¿cabría dejarlo en manos de una junta vecinal del rango de la diáspora de asociaciones parroquiales al uso: fiestas y romerías, aguas, caza,…?. Dignísimas todas ellas, necesarias, por supuesto, pero con misiones limitadas por la magnitud del encargo, por sus respectivas y adecuadas competencias.

Una vez dicho esto también deberíamos admitir que el manejo de tal dimensión de responsabilidades no puede caer en una asociación sin los medios técnicos mínimos, sin presupuesto oficial, sin dirección ni personal competente, sin una administración que monitorice legalmente su desarrollo, en definitiva, de prestado; lo que la convierte en muchas ocasiones en infructuosa reunión asamblearia incontrolable. Siempre, con todos mis respetos, no podría ser de otra manera. Hay mucha gente que está ahí dando su tiempo y su esfuerzo; pero con frecuencia, y sin faltar a esto último, sí aparecen incompetencias, visiones políticas con minúscula que disgregan la obligada conjunción positiva de fines con otras administraciones, especialmente con los Ayuntamientos, perdiendo oportunidades que pasan seria factura al presente y futuro de esas mismas sociedades municipal y parroquial en su conjunto.

Los árboles tienen cada vez más interés para la sociedad y la ecología del entorno, mejorando la calidad de vida, en sus aspectos paisajísticos, ornamentales, medioambientales, como el efecto sobre la erosión, su contribución al incremento de los recursos hídricos, sobre la biodiversidad, su efecto por anticontaminación sónica, barrera eólica, termoreguladores, control de luminosidad excesiva, …; pero todos con una característica común: nos ayudan a producir oxígeno y fijar carbono, un regalo de la naturaleza frente a los crecientes problemas ambientales de nuestro planeta, incluyendo al efecto invernadero. El árbol secuestra el bióxido de carbono que contamina la atmósfera. A través de la fotosíntesis que realizan las hojas; el árbol atrapa el CO2 de la atmósfera y lo convierte en oxígeno puro, enriqueciendo y limpiando el aire que respiramos. Se estima que una hectárea con árboles sanos y vigorosos produce suficiente oxígeno para 40 habitantes. La misma hectárea consume en un año todo el CO2 que genera la carburación de un coche en ese mismo período.
En este proceso las hojas también absorben otros contaminantes del aire como el ozono, monóxido de carbono y dióxido de sulfuro, y liberan oxígeno.

También se les imputa el criterio hedónico (hedonic pricing) aplicándolo a la valoración de recursos naturales y consiste en estimar el efecto que un recurso natural ejerce sobre otros activos susceptibles de asignarles un determinado valor. Este es el caso de la diferencia de precio entre apartamentos similares cuya única diferencia puede estar en la ausencia o no de estos recursos naturales, lo que revaloriza notablemente el patrimonio residencial.

 Es destacable su valor social:”Los montes gallegos alcanzan un valor social superior a los 1.131 millones de euros (Faro de Vigo, 08/02/2016)”.

Contienen con frecuencia una biodiversidad notablemente rica: Son éstos los principales hábitats de las plantas y animales del ecosistema natural. Las zonas verdes mas antiguas y bien consolidadas atraen, por ejemplo, multitud de especies de aves y mamíferos cuyo hábitat natural era el bosque.

 Una investigadora Inglesa ha trabajado durante 15 años recogiendo y clasificando especies de todos los insectos que ha encontrado en su jardín, de unos 700 m2., en un suburbio de Leicester, en Midlands. Ha recibido por ejemplo visitas del 34% de todas las especies indígenas de mariposas, el 30% de todas las mariposas indígenas nocturnas y el 36% de todas las especies indígenas de syrphus.

Los ecólogos aceptan de manera general la siguiente regla: cuantas más especies viven en un ecosistema, mas productivo y estable es el ecosistema. Por «Producción» los científicos quieren decir la cantidad de tejido vegetal y animal creado por unidad de tiempo. Por «Estabilidad» quieren decir una de dos cosas, o las dos a la vez: en primer lugar lo estrechamente que las abundancias sumadas de todas las especies varían a lo largo del tiempo; y en segundo lugar, lo rápidamente que el ecosistema se recupera de tensiones que puedan perturbarlo.

Para la conservación de la biodiversidad, es necesario que la sociedad perciba la fauna y la flora como elementos rentables, que proporcionan recursos económicos, viabilidad de futuro y prestigio social, lo que constituiría la vanguardia modélica de la modernidad concebida como una apuesta por la conservación de nuestro patrimonio cultural y naturalístico.

 Si el valor de los árboles fuese sólo aquel por el cual alguien está dispuesto a pagar, sería muy fácil hacerlos desaparecer, de hecho ya se está haciendo en las selvas amazónicas, sin mas señalamientos, pero también es cierto que todo el mundo les reconoce su enorme contribución al mundo en que vivimos, seguramente no con toda la sensibilidad que se merecen, como parte del patrimonio de todos, lo que nos impide verlos como algo valioso e importante que tenemos obligación de conservar y no maltratar, como seres vivos desinteresados. Mientras este espíritu valorativo no exista las agresiones y las consiguientes infravaloraciones les seguirán haciendo mella. El valor de los árboles va pues más allá del que se les otorga en precio, y aquí es donde comienzan las dificultades, en demostrar que un árbol vale más que su valor en madera.

En la medida en que aumenta la apreciación del medio ambiente toma mucho más interés la consideración del papel de los árboles como valor cultural.

En la actualidad no existe ni social ni legalmente una decidida valoración que dé importancia patrimonial a los árboles en su aspecto medioambiental y ornamental, si bien la pervivencia de algunas especies arbóreas mas allá de una generación le ha conferido al árbol una característica de vínculo de solidaridad intergeneracional, añadiéndole un valor histórico. Desde las calles, plazas y parques de las grandes ciudades hasta en los pequeños pueblos o en los cruces de caminos rurales, es frecuente encontrar árboles  de alta significación, muy apreciados por la población, y por consiguiente, con un valor histórico y cultural elevado.  

Te conozco, te amo,

te ví nacer, me viste tú, madera.

por eso, si te toco,

me respondes como un cuerpo querido,

me muestras tus ojos y tus fibras,

tus nudos, tus lunares, tus vetas…»

(Pablo Neruda)                                                                                                                         

Nos quedaremos con lo expuesto, sin recurrir al bochornoso y casi generalizado abandono, a las explotaciones y riquezas perdidas, a nuestro derecho inalienable a la plena posesión del territorio, a la prevención de los incendios, al miserable caudal hereditario a trasmitir,…

                   * Jorge Freijanes Morales es Ingeniero Técnico Agrícola, Perito Agrícola en Mejora Rural y Enólogo.

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