NO ESCUPAS PARA ARRIBA

Por J. J. García Pena

Nadie diga  “de esta agua no beberé”,  que en mis sesenta y siete años he visto cómo se esfumaban fortunas inextinguibles y quienes cambiaron los bocadillos (cuando niño nadie decía “bocatas”) por festines a la carta.  

Hoy, que en España todos patean pero nadie anda remendado,  no sería ejercicio vano mirar y sobre todo, dar a mirar a los que no lo vivieron, aquellas fotos en que la ropa gastadita y arrugada le quedaba o muy grande o muy estrecha a nuestra pobre gente . ¡Y eso que los remiendos del culo no salían en las fotos!

Si acaso poseíamos un mal reloj heredado, pugnábamos porque apareciera en nuestra flaca muñeca tirando desde el hombro la manga de la enorme chaqueta que nos prestaron “por un ratito, para la foto, ¿oiste?”. Quedó para siempre evidente el triste artificio, la llaga social que la miseria generalizada nos obligaba a exhibir, para parecer menos infelices. ¡Pobrecitos! Se conseguía el efecto contrario. 

Hoy los gallegos, los españoles todos,  ya no somos los pobres de turno. Comemos, al menos, tres veces por día sin necesidad de revolver en la basura. Hoy los pobres son otros.

Pero un hermano nunca es un “otro”. Un hermano que me necesita soy yo mismo que me necesito.

Tal vez muchos de estos venezolanos sean descendientes directos de aquellos que les hayan echado un cabo a nuestros hermanos hambrientos, en aquellos años de diáspora  gris y huérfana de patria. O tal vez no lo sean, ¿qué carajo importa? ¿O ahora, como los enfermos de avaricia, mediremos nuestra moral, vintén a vintén, a ver si empatamos (o ganamos) en la ruleta de la generosidad?

Gracias a personas como las que ahora necesitan de nosotros, a personas que nos hicieron un huequito a su lado para vivir dignamente en su tierra como seres humanos, muchos pudieron  volver a la aldea y al pueblo con un ostentoso puro cuborevolucionario comprado en Buenos Aires, Montevideo o Caracas, y los peores de nosotros volvimos sacando pecho, con un diente de oro que nos había devuelto la sonrisa perdida en Galicia, para mostrar a nuestros admiradores telúricos cuán bien nos había ido en el extranjero, gracias, exclusivamente, ¡faltaría más…!,  a nuestras innegables virtudes. 

Pocos al volver,  mencionaron como talismán de su buena suerte, a aquel cabo inicial que le tiraron los dueños de casa para permitirle dormir, de nuevo o por primera vez, entre sábanas decentes.

Mi gallega madre, tan emigrante como yo o más si cabe , porque para salvarnos dejó su única tierra con cincuenta y tres años cumplidos, me enseñó que el peor pecado, el  inexcusable, no era el de negar a dios, sino el de la ingratitud.

¿Caeremos en esa categoría de pecadores sin perdón, al no mirar por quienes ayer nos dieron su aliento y sonrisas apenas llegamos a sus orillas, en aquellas blancas pateras llamadas Cabos o Montes?

A mi Uruguay querido, como a España,  también están llegando estos hermanos venezolanos.  

—- ¡Eh, despertá! ¡Que  estamos llegando de nuevo “nosotros”, no “otros”!

Me reconozco en las caras y en los ojos de esos hombres y mujeres que me hablan con un acento musicalmente diferente al “uruguasho” que hablo, que hablan mis hijos y nietos, esos hijos y nietos que podrían haber tenido acento gallego o andaluz, si la palabra solidaridad existiese en el diccionario español de entonces. Esa palabra que muchos gallegos tuvimos que aprender, buscarla y hallarla tras un muro de océano. Pero, una vez aprendida, no se olvida y se practica. Puede tomar diferentes formas, desde un puesto de trabajo, una recomendación o una palabra de aliento o  bienvenida.  Que cuando te estás ahogando no mirás el color ni el grosor de la cuerda que te acercan.

Este viernes, no importa en dónde, escuché un acento que deduje sería caribeño. Me presenté y, antes de poder extender mi mano, ya la suya apretó la mía. 

—- Sí, soy venezolano, hace cuatro meses que mi esposa y yo llegamos a Uruguay.

—- Bienvenido, hermano, me alegra que ya estés trabajando.

—- Gracias a dios mi esposa también, en poco traeremos a nuestros dos hijos, si dios quiere.  

Como estaba cumpliendo sus tareas no quise quitarle más tiempo, pero le extendí un papelito con mis datos.

– Guardálo,  por si necesitás saber algo de Uruguay.

—-  Muchas gracias,  me llamo …Fulano de Tal.  ¿Cuál es tu nombre?

–  Javier García, a veces  escribo en Galicia Única…-

—- ¿Galicia qué? 

—- Galicia Única. Una revista hecha desde y con el alma de Galicia.  La podés encontrar en la web por ese nombre. Soy gallego-

—- ¿Que tú eres gallego…? ¡Carajo! No tienes ni rastro de acento español… Yo también tengo ascendencia española y mi esposa española e italiana.

—- Sí,  ya ves,- le respondí- soy  tan inmigrante como vos, solo que me adelanté cincuenta y siete años para recibirte.

(Risas en coro)

—- Me trajeron muy niño.  

—- Ya verás qué bien te vas a sentir en muy pocos años , ¡Tal vez hasta pierdas tu alegre acento llanero…!

Nos reímos nuevamente y volvimos a estrecharnos las manos al despedirnos. 

Sé que cada semana lo veré en ese lugar que le dieron la oportunidad de ganárselo…

(” si es que no me envían a otra de las sucursales , tal vez la misma en que trabaja mi esposa”) .

Uruguay no cuenta con los adelantos asombrosos de USA,  ni figura en el “ranking” de países ricos o medianamente ricos, como España. 

Ni siquiera ficha entre los desarrollados, por el contrario, somos parte del Tercer Mundo. Sin embargo, damos cabida a todo aquel hermano que muestre sano interés y necesidad  de  compartir la franciscana sobriedad de nuestra amable nación. Ni más ni menos que la cabida que “otros de nosotros” nos dieron a los españoles de hace más de medio siglo.  Hoy por ti, mañana…

Ahora que los españoles tenemos los pies secos y reímos mientras abandonamos las aldeas rurales  y sin niños que nos sucedan, ¿Seremos capaces de hacer algo  por “nos”-“otros”?

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