NO SE ATREVEN A TOMAR LAS DECISIONES

Por Manuel Menor

Cuando se habla de las instituciones, no queremos tener en cuenta que son fórmulas organizativas que los humanos nos damos para que parezca que somos racionales. Olvidamos el lado irracional que también tenemos, que puede hacer que se queden vacías de sentido mientras seguimos diciendo que son fuertes o débiles, cada cual según vea o le interese.

¿COGOBERNANZA?

Hace nada, la abanderada reunión de la Puerta del Sol insistía en la unidad y la cogobernanza; nos vendían la idea de que se iban ayudar mucho el gobierno autonómico y el central, porque lo importante era la salud de los ciudadanos. Faltaron unas horas para que el criterio teórico decayera; cada cual por su lado y con los intereses electoralistas primando sobre lo principal. Nadie se atreve o no quiere tener la responsabilidad de tomar las medidas más convenientes para atajar el problema y cada día que pasa entra más en crisis la cuestión organizativa de este país. Para llegar tarde ya han dado bastantes muestras desde el mes de marzo y para ponerse palos en las ruedas unos a otros también, y no parece que la tan invocada “responsabilidad individual” de los ciudadanos sea capaz por sí sola de arreglar lo que no le corresponde: qué se haya hecho con la atención primaria, los rastreadores, la infraestructura sanitaria pública o la investigación científica. Qué decir de lo no hecho en el ámbito educativo, donde las aulas, los profesores y los medios on-line se arbitran en cada sitio a su manera.

De los cambios de criterio respecto a cómo gestionar la pandemia hemos tenido amplia experiencia en estos meses. Siempre hemos dudado de que fueran criterios “científicos” los que primaban, simplemente porque es increíble que la propia ciencia sea un compuesto aséptico e indiferente a cuestiones de intereses e ideologías. Sucede con la ciencia algo parecido a lo que la nueva elegida para jueza del Supremo de EEU, Amy Coney Barrettt, dijo de su imparcialidad ante la ley pese a sus prejuicios ultraconservadores a la hora de tratar asuntos controvertidos. 

Tan poco serios somos en las decisiones supuestamente científicas respecto a la Covid-19 que siempre hemos podido ver variaciones no solo en las mediciones y sus propios criterios no coincidentes -pues ni siquiera sabemos la cifra de fallecidos- y, sobre todo, en las maneras de aplicarlos en lo que supuestamente servía de baremo para conocer y decidir sobre el problema. Que había otras interferencias en las decisiones era evidente: la economía y especialmente la de algunos sectores primando sobre otros, prestos a la hora de reclamar o indicar soluciones que no solucionaban nada, fue inmediato. Cada cual a lo suyo, sin coherencia común.

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Y lo que acaba de suceder era predecible: siendo tantas las cabezas pensantes en 17 comunidades, la cogobernanza no podía ser tan maravillosa como nos decían. Desde el principio, fueron visibles múltiples discordancias en cuanto al control principal y ahora es más visible la secuencia de lo ocurrido, hasta el punto de que, en Madrid, lo que antes se dijo ya no vale, porque, según su guión ideológico, hay que decir exactamente lo contrario, válido ahora aunque hace dos días no lo fuera. Al parecer, la ciencia o los criterios científicos –ahora de 500 casos por cada 100.000 habitantes- no sirven, porque no es lo mismo un territorio que otro: Madrid no es igual que otros territorios. Pero no dicen que tampoco es lo mismo el Norte que el Sur de Madrid; la “diagonal de Madrid” es sobradamente conocida por muchos sociólogos, con un diferencial de más de cuatro años de esperanza vida por el mero hecho de haber nacido en una u otra vertiente de esa línea nada imaginaria que va del NW al SE madrileño. ¡Qué más da! Llevamos así desde que hay memoria de los barrios madrileños en la literatura documental, sin que nadie le haya puesto remedio a esta modernidad de cada momento del pasado: es una curiosidad antropológica, excepcional para el turismo de proximidad.

IGNORANCIA SELECTIVA

La mitad de los artículos de Larra en los años 30 del siglo XIX podrían repetirse como si no hubieran pasado casi dos cientos años; no hemos aprendido nada; sería romper una tradición de ignorancia selectiva. Nos ahorramos imaginación: una buena parte de los dibujos de Goya en sus extraordinarios cuadernos –el Cuaderno C, sobre todo- valen para ilustrar noticias de ahora mismo. Y entre tanta improvisación que sigue a tanta supuesta reunión para seguir discutiendo y no encontrar criterios a compartir, vuelve a tener cierta razón el refrán tonto: “reunión de pastores oveja muerta”. Los casos de contaminación crecen y la muerte acecha en cada esquina a los más despistados o en situación de riesgo por edad, pobreza o directa exclusión social: si no sabemos el número de mayores fallecidos por esta pandemia, menos sabremos el de quienes se hayan muerto por abandono o dejadez, indiferentes a si son galgos o podencos quienes les hayan hincado el diente mortal.

Mientras, gana la partida la Covid-19 y tampoco parece que pierda el tiempo el desmantelamiento de la asistencia pública y la reconversión del bienestar común en cotización privada: cada cual vaya viendo cómo se las apaña para entenderse con lo que le caiga, sobre todo en asuntos de salud, edad biológica y, si está en edad de tener hijos a su cargo, respecto a la educación de sus hijos. ¿Para qué querremos entonces las Autonomías y el propio Estado, si no va a servir para proteger a todos, sino tan solo para que unos pocos estén tranquilos en lo que al fin será enteramente suyo?  ¿Quiénes los atenderán cuando todos los demás hayan perecido? Antonino Nieto, poeta excelso de Verín  (Ourense), acaba de escribir: “A veces pienso en llamarte, madre. ¿Estás bien? ¿Qué me cuentas de todo esto que nos diluye…?”

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