NOS ESCUCHAN

Por Pedro Acuña*

Nos escuchan” comenta Raúl. “Pasa seguido. Hablamos con un grupo de amigos sobre un tema y al rato empiezan a caer avisos en los celulares. ¿Me entienden? No escribimos nada en los celus. Por ejemplo, charlamos sobre un viaje a Madrid y al rato aparecen avisos de promociones en viajes a Madrid en los celus” añade entre preocupado y divertido. Trabaja en una farmacia. Es farmacéutico. Poco sabe de informática e inteligencia artificial. En los últimos años nada le ha salido bien, sea por azar o por motivos que intuye, pero no termina de comprender.

“¡No te puedo creer!”, responde Laura, sorprendida y con un poco de temor. “¡¿Entonces saben todo?! ¿Cuánta gente lo hace?”. Mientras lo dice levanta de la mesa del living, junto a Esteban, los platos con restos de pizza y empanadas. Y la botella vacía de cerveza. Se han reunido en casa de este último para festejar su cumpleaños.

Esteban, analista de big data, aclara que persona alguna oye lo que dicen. “Tan sólo son algoritmos que capturan las palabras a través de los celulares, las analizan y devuelven ofertas de venta”. Les omite que, amén de su labor de analista, a veces realiza escuchas ilegales para su otro trabajo. Está convencido de que tanto ella como él lo ignoran.

Minutos atrás ha abierto los regalos. Ella le obsequia una camisa escocesa. Él unos auriculares inalámbricos. “Para que escuchés mejor”. Raúl comenta sin mayor sentido que su regalo – lo dice en inglés: gift – es el más indicado. “Tanto que te gusta la música”, añade.    

Fueron compañeros de escuela. Solteros. Rondan los treinta y cinco años y por razones diversas vienen escapando a los compromisos. Esteban y Laura son amigos con derechos. Ella no hizo estudios superiores y trabaja como secretaria en un estudio contable. Algún tiempo atrás tuvo un romance fugaz con Raúl.  

Llega el momento de soplar las velitas. Apagan la luz. “Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz…” cantan la melodía de las hermanas Smith Hill mientras el homenajeado sopla con alegría. Cuando intentan encenderlas nuevamente reparan en el corte de luz. Bromean en la oscuridad y al minuto, minuto y medio todo se ilumina nuevamente. Se escuchan las campanas lejanas de la iglesia que indican el final del martes.

Brindan con champagne. Las copas estilizadas chocan en el aire.

“Sigan ustedes si quieren; yo me preparo un café” dice Raúl cuando ve que Laura llena nuevamente las copas. “Qué linda está ¿por qué me dejó? ¡Y encima por éste!” piensa con ira contenida. Recuerda el primer año de la secundaria cuando la conoció, fue un flechazo de ambos.

“Me sumo al café” dice Esteban. Un gesto de decepción alumbra en los labios de Laura. Desde la escuela ha sido igual. Ella decidida y arremetedora. Raúl introvertido e inescrutable. Esteban, un cazador nato. Nunca se interesó por ella en la escuela, pero algo se le despertó cuando supo que salía con Raúl. Trabajó con sigilo para conquistarla. “Él nunca se va a enterar. Por otra parte, Laura está más contenta ahora”, medita.

“Qué cortados. Ya sé que mañana nos levantamos temprano, pero no soy tan blandita como ustedes”. Los observa. No puede creer que en algún momento haya pensado en Raúl como pareja. Se siente liberada y plena desde que está con Esteban.

Ellos se miran con sorpresa, pero no cambian de opinión. Comienza el leve zumbido de la cafetera con las cápsulas de café. Raúl respira con alivio; sabe que tiene alrededor de una hora hasta llegar a su departamento.

Laura corta porciones de la torta que preparó a la tarde. La miran atentos. Sus manos son finas; uñas pintadas con precisión en un rojo frenético. Ni que decir de su sensualidad.

“Muchos años atrás ví “La vida de los otros”; ahí sí había un espía que escuchaba. El espía era comunista y oía a disidentes, pero no me acuerdo bien la trama”, comenta Laura. Raúl – que tiene presente tanto la película como cualquier detalle que vivieron -duda si ella recuerda con quién la vio.

Dos tazas de café, las copas de champagne, el diluido olor de la vela apagada, la torta de manzana, forman una mezcla rara de aromas. Raúl aprovecha para avisar que se retira al advertir que Laura como Esteban bostezan. Pasa primero por el baño. Cuando sale, ambos duermen placidos sobre el sofá del living. No los molesta.  Revisa un par de detalles y se marcha cerrando la puerta con sigilo. El barrio se encuentra en silencio. Mira su reloj; casi la una de la mañana: es miércoles. Camina hasta la esquina donde está el auto. Gira la llave, enciende el motor y emprende el camino con una íntima sensación de alivio. Tres pensamientos de vesania absoluta lo asedian. ¿Se despertarán? ¿Habrá cerrado bien puertas y ventanas? ¿Cuánto tardará en explotar el gas?

* Pedro Acuña nació en 1962. Se crio en Mercedes, provincia de Buenos Aires y a los 17 años fue a vivir a la Capital Federal. Es abogado, docente y trabaja en un banco. Le gusta leer y en su adolescencia colaboró en un diario de su lugar de origen. Participa en el taller literario que dicta Carlos Penelas.

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