¿NUNCA MÁS? ¡NO ME HAGÁS REÍR!

Por J. Javier García Pena

Siempre me parecieron tan falsas como huecas las frases hechas a la medida de los acontecimientos, como un traje de gala a la medida del que puede costearlo. Pura pantomima y voces enfermas de oquedad, como un tronco podrido. Hipocresía que ni un  hipócrita creería, si otro hipócrita las crease para que él las repitiese como un loro. 

Lo mismo sucede con las manifestaciones en apoyo o repudio de….  (poné aquí lo que se te cante, tanto da) y  las consignas mentirosas que sabemos no cumpliremos: 

Ni una más. Y las seguimos dejando matar. Este año ya van….

Todos somos... (agregále lo que se te antoje, igual será falso).

¡Nunca más!  Y nuestro inconsistente grito nace muerto. Puro “grupo” o “paye”, decimos en Uruguay. Trola, en España

¡Nunca más un Auschwitz, nunca más un Álvia, nunca más un Franco, nunca más una Asunta, nunca más un Martes 13, nunca más un….!

Si tocan a uno tocan a todos. ¡Já, já, já! … Si ese “uno” es uno mismo, claro.

¡Pamplinas!

Seguirán produciéndose los mismos desgarros, porque somos gansos de memoria frágil, selectiva y egoísta. Nadie se entierra vivo con sus muertos.

Hoy mi dolor no soy capaz de resumirlo con palabras. No las hay. Al menos en gallego y castellano. O no las conozco, que es lo mismo o peor, por imbécil e ignorante. 

Hoy el dolor que siento, y quisiera hacer sentir, se resume en una sola foto que me abofetea desde Galicia Única.

El fotógrafo debe haberse dejado morir de insuficiencia coronaria, agravado por vergüenza propia. Yo lo hubiera hecho.

Un cuarto lleno de cadáveres de niños muertos químicamente que, por la mierda de seres que somos, igual hubieran muerto de mil maneras diferentes.

¿Acaso no los dejamos morir, por cientos, por miles en el mar y ya en tierra, negándoles la limosna de un trozo de patria, en lugar de luchar racional e internacionalmente para que no tengan que huir de las suyas?

 Porque, sepámoslo, somos cómplices de sus muertes. 

 Porque cuando protestamos lo hacemos, como borregos adocenados, en cualquier lado, no dónde hay que hacerlo, si nos importara, de verdad, cambiar  el mundo.

 Porque cuando nos matan salimos a vociferar nuestra poca vergüenza y nuestro mucho miedo en cualquier corral callejero. Jamás lo hacemos frente a los hemiciclos legislativos.

 Son nuestros legisladores los únicos que, acicateados por nuestro apremio de portadores de “sus” votos salvadores, pueden cambiar o crear  las leyes que debieran regirnos a todos por igual.

Pero, en lugar de razonar, preferimos prender tres velas cada uno  a San Puta y hacer sesenta cronometrados segundos de silencio por los que ya no pueden ni siquiera oír.

Tras ese ritual borreguil, nos saludamos y dispersamos hasta la próxima “rebañada”.

Somos estúpidos. Pero los orificios de nuestra cribada conciencia se obturan con la cera derretida de las velas innecesarias.

Si el dinero destinado en su compra se vertiera en planes de educación para nosotros y pan para los que lo claman, no se producirían fotos como la que me dio vuelta el estómago y el alma. 

¡Menos mal que siempre nos queda el aplaudido recurso de levantar memoriales que solo tienen significación el día de su inauguración!

Al fin, llenaremos el planeta de memoriales que, como siempre sucede, se convertirán en una aséptica atracción turística más.

Malas tardes, como yo, tengan ustedes.

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