O RIBEIRO: UN MILAGRO DE TIERRA, AGUA Y VINO

Por Alberto Barciela

Existe el prodigio de la fórmula exacta: tierra, agua y vino.

En otros lejanos tiempos, un rey sabio, hacedor de Cantigas y entendedor de pueblos, lo reclamó para sí en una fiesta de Pascua. Allá, en el segundo tercio del siglo XIII, cuando ya los horizontes de Santiago conocían el discurrir prolífico de los pasos peregrinos, Alfonso X sabía lo que quería: vino fresco, de crianza. “Assi coḿeu beveria bon vinho de Ourense…”. Bien lo dice en el Cancionero de la Vaticana el soberano más culto, el impulsor de la Escuela de Traductores de Toledo, aquel que componía en galaicoportugués, idioma de corte y de amistad, como el del redondelano Mendinho.

El románico Ribeiro, perfecto compañero de la barroca comida gallega, es agua de cepas de monarcas y de juglares, de monjes cristianos y de judíos asentados, de rezos alborozados y de compartires alegres y cantados, de buen gobierno y de caminantes proclives a alcanzar el sol que se sumergía en el mar, de parlanchines y de ejércitos romanos que se negaban a cruzar ríos para no perder la memoria, ingleses piratas como Francis Drake y John Norris -que lo probaron en el cerco de A Coruña-, y de las tropas francesas napoleónicas… Todos denotaban hambre y sed de Galicia, la deseada Tierra del Fin del Mundo. Pero el Ribeiro es la bebida del pueblo y la mayoría acaba imponiéndose a un enemigo guiado de estrellas, admirado de paisajes y atolondrado por los efluvios del buen alcohol. Así siempre ha renacido libre de sus conquistadores Gallaecia, y la propia Ribadavia: “puente, iglesia, castillo: una pequeña Praga”, en palabras afortunadas de Vicente Risco.

El Ribadavia es fruto de la evolución histórica, protagonista de la economía medieval, junto a los lienzos; alimento de cuerpos y espíritus; milagro en tierra de aguas abundantes y medicinales; trazador, antes que Fontán, de rutas de arrieros, de navegaciones fluviales y marítimas, de recorridos internacionalizados. Fruto de vid que llegó a toda Europa pregonado por los judíos; bebida prodigiosa que alcanzó Inglaterra, Francia, Flandes, Alemania, Italia, Portugal y, por supuesto, Castilla; que en su máximo apogeo llevó a la Inquisición a prohibir su exportación “a tierras de herejes”; que fue vino sacramental y pagano, zumo de uva valorado en palacios, monasterios, tascas -con seguridad incluso de la Taberna de la Sirena, allá por las riberas del Támesis, en donde Shakespeare bien pudo compartirlo con el jurista John Selden, el actor Francis Beaumont, y los dramaturgos John Fletcher o Ben Jonson-. Pero, esencialmente, el Ribeiro é o viño da casa.

CULTURA PURA

Vino literario, al Ribeiro lo adoran en la ficción y en la realidad, gentes como Estebanillo González -protagonista de una de las últimas novelas picarescas, cuyo padre era hijo de un pintor natural de Salvatierra de Miño, asentado en Roma-, a quien despertaba añoranza de su tierra; Tirso de Molina, que en La Villana de La Sagra lo cita; y el propio Cervantes, que por boca de su licenciado Vidriera – que lo cató en una taberna genovesa-, elogia los caldos del Avia.

El Ribeiro mereció los elogios de  Emilia Pardo Bazán – aquella que de todo opinaba, dudaba, gritaba, condenaba y alababa los tostados-; Valle Inclán; Eduardo Blancoamor -que se declaraba, y por este orden, cocinero, músico y literato-; José María Castroviejo -que tanto y tan bien reclamó la recuperación de las variedades autóctonas-; Otero Pedrayo – que aseveraba que la vendimia del Avia la anunciaban “los golpes de mazo de los carpinteros, preparando pipas, pipotes y cubetas”-; Álvaro Cunqueiro -también publicista de la denominación Rías Baixas-; Ramón Cabanillas  -el mejor poeta del Espadeiro-; Julio Camba; Wenceslao Fernández Florez; Celso Emilio Ferreiro -el bardo por excelencia del Ribeiro-; Nélida Piñón -pregonera mundial de lo mejor de Galicia-…; Vino de gastrónomos como Manuel María Purga y Parga, Picadillo -orondo alcalde de La Coruña, excelso compilador de recetas-, de Jorge Víctor Sueiro, de los Amigos da Cociña Galega, del Grupo Nove, de Cándido Iglesias Barciela -caballero de Mos y de Barcelona, socio de los Adriá-;… Vino de artista, imaginativo, degustado en Vigo en la Taberna de Eligio -personaje de nariz circunvalada, ganchuda o judaica, nacido en Leiro-, por Lugrís, Laxeiro, Maside, José María Barreiro -pintor dueño del color y del Tinta Femia-, Lodeiro, Antón Pulido…, por poetas y escritores como Carlos Casares, Méndez Ferrín, Álvarez Blázquez; periodistas extraordinarios como Fernando Franco… cineastas como Chano Piñeiro…; Vino inspirador de músicos resentidos, de movidas…; Vino universal, ciudadano y pueblerino, aldeano, de boina y Castromil…; Vino de fotógrafos como Carlos Rodríguez o Javier Teniente… Vino tabernario, chiquitero…; manjar de los “Suso”, “Órdenes” de Recouso, del meridiano de las Calles Estrella, Galera y Olmos en Coruña; del “Orellas” en Ourense”; del “Rianxo” en Pontevedra; del Franco y la Raíña de Santiago, de “El Gato Negro” y de “O Beiro”; de la Calle de la Cruz en Lugo … Vino de marineros, pescadores, ganaderos, agricultores, titiriteros y argonautas… Vino por excelencia de Galicia.

El Ribeiro activa el espíritu y las historias, los cuentos de la lumbre, equilibra vidas, aviva ingenios, es posiblemente un morapio revolucionario, en todo caso es un producto cultural trascendente; medicinal -bueno para el crecimiento de los niños y el restablecimiento de las parturientas-; termal, ejerce de calentador natural, levanta el ánimo, fortalece el carácter y ayuda a pasar los inviernos, calma nostalgias y morriñas emigrantes, aviva el espíritu y colorea queimadas, refresca, estimula, inspira y está cargado de sociabilidad, incluso puede que de ideología, así lo creían Castelao y Bóveda que en “A Nosa Terra”, en 1934, dijeron: “Quen en Galicia toma aperitivos alleos, auga pintada con nomes pomposos en vez do noso insuperable branco Ribeiro, é un inimigo da patria”. Es un vino de ourensanía y galleguidad.

EL AVIA

El valle del Avia: agua y tierra y clima; la tierra del Ribeiro integra bosques caducifolios, espectaculares formaciones rocosas y singulares paisajes formados por “socalcos”: construcciones de piedra granítica con más de mil años de antigüedad, hechas en terrazas o bancales en las laderas de los montes, con el fin de ganar superficie al terreno, sol y humedad equilibrados.

Los marcos de piedra delimitan la  propiedad de cada centímetro de tierra, tan propio del minifundio como de la posibilidad de un tesoro. Ahí permanecen intocadas desde hace siglos, las señales pétreas, semienterradas, como con disimulo. Acotan cada terrón de superficie, de un suelo codiciado en el que nacen parras de raíces añejas, que no supera el metro y medio de altura y que se sostiene con madera de madroño (érbedo),  roble, castaño, pino joven o mimosas, bien asentadas en los anfiteatros de una tierra admirada de sí misma, que se explaya sobre horizontes dulces de un jardín de vides en el que se distinguen carballeiras, soutos y salgueirales. Entre cauces y caminos, un paisaje de agua y tierra, todo lo mezcla y disemina expresándolo en múltiples verdes, rojos vivos y amarillos dorados; “escarlata, cinabrio, púrpura” en “las hojas vinateras” de Eduardo Blancoamor; violetas, rosados y topacios en los racimos. Tintes de expresión abigarrada según la paleta de cada estación.

Al saberse tan bello, el valle aparenta coqueto, recogido, ingenuo, como arrebolado por su aparente timidez. El Avia se deja caer desde el Suido, allá por Avión; el Miño se desliza parsimonioso desde el pedregal de Irimia, en Lugo, para pasar por Ourense – “una bacante tendida entre viña”, según Emilia Pardo Bazán-, y  alcanzar el Ribiero en el justo medio de sus 340 kilómetros de recorrido estrictamente gallego, que concluye en A Guarda, ya en el Atlántico mundo…; y el Arnoia; y el Barbadito… Orillas que se visten con las importancias del agua, orgullosas de los frutos que producen al mezclase en terrenos de textura gruesa, permeables y poco profundos, con unos suelos arenosos de aluvión, con cierta propensión a la acidez y un fondo de granito, como Galicia misma… En un ecosistema atlántico, de temperaturas suaves y acusada humedad…

En ese contexto es en el que los seres humanos inspiraron fórmulas ya milenarias y consiguen el sortilegio: el agua, el suelo, el clima y la vid se hacen vino por la mano del ser humano. Milagro.

Comarca despensera, en el lugar en donde el mundo adquiere nombre de orilla, la vida flota en una inmanente realidad: entre una naturaleza ubérrima, espléndida, ordenada, hermosa y sabrosa se  levantan copas de árboles que brindan con el viento de Pondal; y de cristal, para que los racionales brinden agradecidos por los dones de la vida, y alaben a Dios o a los dioses castreños o celtas; y se cuentan historias bajo la sombra agarimosa de los frutales de finas pavías, urracas -peras-, manzanas reinetas, melocotones, ciruelas o cerezas, que de todo hay en estos campos.

Los ribeireños se reúnen, entre ellos o con las amistades venidas de no importa dónde, en torno a la mesa cubierta de abundantes manjares; bailan ribeiranas en las romerías -con santos como la Virgen del Portal y San Roque, adornados con racimos blancos o tintos-, en ceremonias repetidas por los siglos de los siglos con la excusa del santo o de la pura gula; celebran y cantan los Nadales, Aninovos, Reises, Maios, Magostos; se divierten con motivo de cualquier parranda, al son de los gaiteros de Ventosela, de la banda o de la tuna… Su proceder es un todo vindicador de lo que ha sido, de lo que es y de lo que podrá ser, en el que se concitan lo real y lo mágico, el mundo y el trasmundo, lo creado y lo soñado, todo es uno. La comarca es magia pura de esa Galicia, Nai e Señora, garimosa e forte, preto e lonxe, onte, agora, mañá, na vida e na morte, como la cantó Ramón Cabanillas; …de esa “Galicia que vai en nós e que nos leva”, según Salvador Garía Bodaño.

LA BODEGA

Las casas atesoran antañonas, venerables bodegas particulares, acogedoras, frescas. Las más antiguas aún con suelo sábrego. Es espacio privilegiado para las tertulias de paisanos, bohemios, eruditos, creadores de mundos, imaginativos diletantes, cuentistas amantes de la conversación demorada, saboreadores agradecidos de viandas y de la vida, “chimpatazas” divertidos, seres anclados a la tradición y abiertos a las vanguardias, ideólogos discrepantes, críticos autorizados, herederos de esa especie en extinción, la de gallego sabio; conocedores del eficaz transacordo, humanos nostálgicos, morriñentos, saudosos, devotos de amistades, hombres “bos e xenerosos”.

Y es que la del Ribeiro es una comarca acogedora y el Ribeiro es un vino amigable… al menos tanto como lo son los paisanos, siempre humildes, accesibles, abiertos, prudentes… locuaces tras los primeros vinos. Así lo dejo dicho don Álvaro Cunqueiro, quien aseveró que  “el ribeiro, blanco o tinto, es un vino comunicativo y alentador…, es un vino more philosophico, para una filosofía humana, peripatética y sentimental”. Es un caldo que regala  momentos de felicidad, la máxima aspiración de los seres humanos.

El Ribeiro es un caldo de bodega y de convivencia, de tabernas, capillas de cultura popular, universal, en el que, aún hoy, gozan de altares paganos en forma de barrica o de mesas alargadas ceremoniales y de igualitarias bancas de madera… escenarios en los que se permite oficiar el arte del buen comer y el mejor beber en justa camaradería, en circunstancia  que invita a una sucesión precisa de conversación, amistad, confidencia y celebración báquica, final en el que ya se incorporan cantos contagiosos de inicial tono miudiño, miudiño.

LA CRISIS Y EL RENACER

El cultivo del viñedo ha sido siempre la principal fuente de riqueza y la razón de ser de la comarca del Avia. No se conoce con certeza el origen de las variedades autóctonas del Ribeiro, pero sí se sabe por testimonio de Estrabón, que en la segunda mitad del siglo II antes de Cristo ya se elaboraba vino en el lugar.

La cultura del vino influyó en la vida de todos los habitantes de la Comarca, influyó en la alimentación, el trabajo y el ocio, la religiosidad, la vivienda, la indumentaria, la higiene, la imaginación, la economía… Nada le fue ajeno.

Los peores años llegaron al Ribeiro con las plagas del Oidum (Erisipte Tuckeri), combatida con azufre, el mildew (Peronóspera Vitícola), que hubo que sulfatar con caldo bordelés (sulfato de cobre y cal)-, y, por último, la filoxera (Philloxera Vastratix), que obligó a sustituir las plantas viejas por otras americanas: Las “damiselas neuróticas”, como las apodó Otero Pedrayo, se empezaron a plantar en los primeros años del siglo XX. Fue a partir de entonces cuando castes autóctonas (treixadura, tarrontés, godello, brancellau, caíño…) se cambiaron por otras de mucha mayor producción (Xerez o Palomino, Alicante, Garnacha…). Crasa equivocación.

El vino histórico de Galicia -que consta ya se comercializaban en Santiago de Compostela en 1.133 como el más caro de cuantos se vendían en la población-, hubo de aprender de la amarga acidez de sus propios errores, para acabar empleando a su favor la experiencia que le concede el paso del tiempo. Ahora se vuelve con paso decidido al origen, se recuperan variedades autóctonas para logar vinos con identidad propia que merecen el reconocimiento de los profesionales y de los consumidores. Hoy, los buenos vinos del Ribeiro son fruto de las sabias combinaciones de sus uvas locales, endémicas y poseedoras de una acusada personalidad que los hace únicos, peculiares. Como en los siglos XIV, XV y XVI se camina inteligentemente, con proceder adecuado al pasado tradicional y a la demanda del mercado, a la calidad.

Sometido a los avatares del clima, de la paz y de la guerra, de la alteración de rutas marítimas y terrestres, de la acechanza de ladrones, de la picaresca, de la ideología imperante, de la producción, de la calidad, de la oferta y la demanda, incluso de la introducción de vinos de “fuera parte”, el Ribeiro ha demostrado ser un proyecto serio, sabio y riguroso, de la mano de sus inteligentes cosecheros, de las bodegas y de un Consejo Regulador decididos a obtener un gran vino.

El Ribeiro es producto objeto de comercio, economía pura, el caldo como sistema de crédito y pago, pero también una industria de conservación, artesanía, transporte, distribución; creador de leyes, impuestos y trampas; de herramientas -torculares de madera, lagares de piedra-;  de oficios -“veladores” o “guardaviñas” y “veedores de viñedos”, viticultores, toneleros, taberneros-; tareas -cavas, podas, vendimias, envasado, trasvase, trasiego-; medidas -“azumbre”, “medio azumbre” y cuarto azumbre o cuartillo, para el menudeo-; precios regulados -“postura”-; utensilios -cubas, barriles, toneles-; y palabras como “esterca”, “enrama”, “bimba”, “esfolla”, “vimbios”, “moxega”, “composta”, “chantar” o cepar”, “ontrexantar”, “enxertar”, “cavaduras”, “ferrados”,… Música vital y verbal, poesía en estado puro, cultura de vid y vino.

El Ribeiro ha evolucionado con la historia, con la vida, con el conocimiento, con la oportunidad de los tiempos, con la decisión de los bodegas, con la modernización de los procedimientos.

Hoy, el blanco predomina, pero el paisano gallego, como siempre, ha guardado para sí el secreto mejor, los tintos. Los expertos de la D. O., aciertan al describirlos como visualmente vivos, de mucha capa y con tonos brillantes de rojo picota, casi siempre con intensos reflejos violáceos que denotan su frescor.

Todavía las variedades tintas, falangueiras e trouleiras según el refrán, son minoritarias, poco extendidas y desconocidas para muchos, de ahí la gran expectación que las rodea.

Como el Avia, como el Miño, el tinto sigue su curso lento, que le ha llevado a abandonar las tazas y la oscuridad de los caldos feos, manchones, los de la rosa do viño, para convertirse en ligeros y expresivos, elegantes y personales.

En el Ribeiro se elaboran ya tintos de gran interés a partir del abandono de la variedad llamada Alicante, que no es otra que la Garnacha tintorera. Hoy priman las variedades tenidas como autóctonas, como las Caíño (longo y redondo), Sousón, Ferrón, Brancellao y, claro, la Mencía, hoy la tinta más extendida en Galicia. Son caldos que alcanzan niveles excelentes, jóvenes y muy agradables al paladar.

MARIDAJE PERFECTO

Ya sabemos por las Comedias Bárbaras de Valle Inclán que “cada vino reclama su sacramento…” y el autor de Arousa recomienda el “Riveiro de Avia” para la empanada de lamprea y las magras de Lugo. Cada vino –dice-, tiene su correspondencia. En la vida, igual que todas las cosas. El mundo en armonía y concierto pitagórico”.

Los vinos blancos Ribeiro están estrechamente unidos a la cocina del mar, a los mariscos y pescados. Son vinos frescos, gráciles, de gran aroma y sólidos. Los tintos, principalmente de la variedad Caiño, tienen una personalidad propia, y son vivos y agradables al paladar, por lo que armonizan y ensalzan todo tipo de carnes, quesos, embutidos, curados, ahumados; laconadas y cocidos en invierno, y meriendas en las romerías del verano.

LA MAGIA DEL TRAGO QUE PIDE OTRO

Un día hablaban Cunqueiro y Castroviejo acerca de la “Santa Compaña”. Los dos coincidían en la afirmación de haber visto en varias ocasiones tan galaica institución, pero discrepaban notoriamente en su descripción de ella. Es así. No, es asá. El último lleva en la mano un hueso fosforescente. No, lleva un facho. Dicen tales palabras. No, dicen tales otras. Y así sucesivamente…

Hasta que Castroviejo, cansado y deseoso de zanjar la disputa, sentenció en un arrebato de sinceridad:

—- Mira, Álvaro: lo que pasa es que tu Compaña es de tinto y la mía de blanco”.

La experiencia de beber buen vino tiene algo de magia y un sólo secreto: un trago pide otro, como bien conocía Enrique Suárez Nouche, el dueño del restaurante Alameda de Compostela.

Decía Cunqueiro que a los vinos gallegos hay que oírlos, “en algunos se escucha el mar; en otros, el brincar de las truchas en el atardecer del río”. En el Ribeiro se escucha el silencio de un valle bebible que se sabe Paraíso. Como bien saben Alfonso X El Sabio y tantos otros. Ese es el verdadero milagro.

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