OUTEIROS DE GALICIA

CUANDO NO ENCUENTRAS TUS RAÍCES

      Travi dejó por unas vacaciones la inmensidad urbana de Buenos Aires para volar en busca de sus orígenes a esta Galicia Única. Hacía cuatro años que falleciera su padre. Según me cuenta, José Villar habitaba en Outeiro de Vilar de Barrio, uno de los casi doscientos lugares del municipio, del que decidió marcharse un buen día del año 66 del siglo XX.

      Travi nunca se aproximó a sus raíces… porque no pudo llegar a la única pared que queda en pie de la casa paterna, cuando en el verano del 2010, aprovechando el Xacobeo, decidió buscar sus orígenes…

      —- Las únicas raíces que encontré, ya en la vieja corredoira, fueron las de los toxos, las xestas, las silvas y todo tipo de plantas invasoras que se lo comieron todo… ¿Pero cómo puede desaparecer un pueblo?

      Hay en Galicia cerca de un millón de “outeiros”. Me refiero a esas elevaciones del terreno que podemos traducir como “colina” y que suponen el lugar privilegiado desde el que todo se alcanza.

      Los galaicos fueron los primeros en ocupar los “outeiros” como lugar de residencia y en ellos construyeron mayormente sus castros, que el tiempo se encargó de sepultar. Unas siete mil de estas aldeas prerromanas, que también habitarían los celtas, están sin excavar aunque se conoce la exactitud de su ubicación.

      Algo parecido le ocurrió a ese Outeiro en el que Travi perdió sus orígenes. Medio siglo fue suficiente para enterrar un pasado que, por otra parte, sería hoy el fiel reflejo de un tiempo de miseria y hambre.

     —- En aquel año de la partida, tu padre no dejó nada de valor, Travi; y la casa…

     La casa era un hogar de pobre, levantada con sus propias manos, sin cementos ni uralitas, solo piedras del monte, barros y madera de eucalipto.

     A un lado, los animales proporcionaban calor al único dormitorio y en el otro extremo de la estancia estaba la lareira-cocina. Eso era todo. Cuadra, cama y lareira, para subsistir a los duros inviernos de la Sierra de San Mamede.

     José Villar vivió solo con una vaca y siete ovejas, tras el fallecimiento de su madre y sin más parientes que un tío con cáncer.

    Aquí vivió ocho años hasta que lo vendió todo y embarcó rumbo al Mar del Plata, para terminar asentado en el populoso barrio de Avellaneda del Gran Buenos Aires.

     Pero esa historia ya la conoces muy bien, Travi… Dicen que cuando un hombre ama a una mujer siempre  mira hacia el futuro, nunca hacia el pasado y menos si este dibuja cuadros  de esterilidad, fatiga y hambre.

     Por esa razón se caen de viejas esas casas que nunca fueron un verdadero hogar.

     Hay cientos de lugares habitados que se llaman Outeiro, de los que yo tengo el placer de conocer algunos. Los hay realmente bellos, habitados y mimados por la riqueza del paisaje y del paisanaje. Y por su proximidad a los centros urbanos donde está, mayormente, el trabajo que permite ciertos lujos.

     Los “outeiros” campesinos son los menos porque ya no permiten una agricultura extensiva y mucho menos grandes explotaciones ganaderas. Pero abundan los “outeiros” turísticos, donde la vieja casa del abuelo fue reconstruida para el turismo rural.

     En algunas villas se cuentan que muchos “outeiros” se perdieron porque, como en el caso de José Villar, la casa fue la causa de aquel viaje solo de ida…

      También dicen que los desahucios no es cosa nueva, de este tiempo de crisis. Que, ya entonces,  algunos “outeiros” terminaban ya con la tierra yerma y la casa entre las posesiones de un banco

      Por las corredoiras de estos “outeiros” abandonados apenas se ve el firme, que es de tierra seca y dura de verano, pero de blando barro cada vez que es invierno. Nadie camina por aquí. Ni cuando está próximo el frío ni cuando el sol mas calienta a las lagartijas y a sus mayores, los lagartos.

      Una vez he ido en busca de escenario con mi meiga,  a un molino próximo al Outeiro, para rodar  uno de sus rituales mágicos. Recuerdo que me dijo… 

      —- Por aquí no viene ni la Santa Compaña…

      —- Seguro que sí, cariño. El abuelo siempre tiene invitados a su tradicional convite de la medianoche.

      Pero ya pasaban varias horas del amanecer  y aquel lugar estaba solo, muerto, ensimismado en la única sinfonía que allí se escuchaba, la del silencio…

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