PARQUES DE MAR

Esta vez, si te parece, navegaremos de isla en isla, por el Atlántico, para contemplar cómo van y vienen las mareas, de playa en playa; y también por el Cantábrico, para seguir el trayecto de las olas sobre los acantilados y las magníficas obras que han creado. Junto a los dos mares de Galicia es posible descubrir los matices distintos de  cada instante, cuando las olas nos envían la luz que marcan el límite de cada tiempo.

Porque aquí se construyó el Paraíso…

Para conocerlo hay que navegar en busca de los espacios protegidos, donde las islas dibujan su dorado horizonte.

Frente a ellas, el mar besa una y otra vez la interminable costa de playas de agua limpia, que esperan la llegada del cálido verano, de marea en marea.

Hay también un mar de arena en el parque natural, fruto del misterioso amor entre la tierra y el viento…

Faros que envían estrellas hacia el sol para contarle que, donde se acaba el mundo, comienza la vida.

Porque en la sierra pervive el alma Y desde ella se contempla el hermoso lugar donde el infinito océano se funde con el infinito mar.

Del agua surgen entonces rocas de aguja y la fuerza de las olas esculpe estatuas de salitre.

En este trayecto la luz es el reloj del tiempo…

Amanece en el puerto…y la sombra duerme.

Es mediodía… y el mar se llena de azules.

Regresan los barcos por la tarde… entre estrellas de plata.

El sol incendia el mar… y yace sobre él.

Y cuando la  luz es la del hombre… es que llegó la noche.

Las islas del Parque son atlánticas. Paraísos perfectos que emergen del mar para darnos protección y asilo ecológico.

Son islas, las del parque, que le cuentan al sol eternas historias de luces y sombras, que por algo son la guardia natural de la bahía bonita.

Sus espacios hay que gozarlos recorriendo a pié los viejos senderos, entre pinos… Jugando con el sol que calienta la arena de la playa… Y disfrutando, junto al viejo faro, del vuelo de las aves, compañeras de los barcos que vuelven a casa con la marea.

Será entonces cuando el sol baje a la profundidad de las aguas, por detrás del horizonte, pintando de oro cielo y mar, porque ya presiente la inevitable oscuridad de la noche.

Además existe y subsiste un mar de arena que espera, paciente, el ir y venir de las mareas en la playa protegida.

Justo al lado crece hacia el cielo un desierto, fruto del misterioso amor entre la arena y el viento,  que se pasa la vida contemplando el océano.

Es la playa interminable y el gran sistema dunar.

La playa recibe, una tras a otra, todas las olas atlánticas.

A la duna le entusiasma la canción de esas mismas olas.

Sobre la playa y sobre la duna, solo nubes transparentes y el brillo de un sol que anuncia ya los atardeceres cálidos del verano que viene.

Cuando en el mar de las agujas las olas saltan por encima de las rocas esculpidas el espacio se llena de inquietud. Es que entonces, el Cantábrico brama y es tiempo de temporal.

Sin embargo, casi siempre sucede que el mar se abre a la ternura de este paisaje en calma, en el que nacen las palabras de sal.

Así, surge la escultura de piedra, en medio del delirio del mar, mientras la luz de la tarde se encadena con las sombras…

Este es el momento perfecto y el faro marca la fusión de los dos mares.

Porque la Estaca impresiona. Desde el aire y desde el mar. Incluso a los capitanes de los recios navíos a los que guía el viejo faro de Bares. 

Navegan estos sobre el azul intenso, al compás de las olas, pintando paisajes de acuarela… Van y vienen… Se pierden en el horizonte como si huyeran de este mar de agujas…

En algún punto de este lugar marinero se halla la imaginaria línea que separa el Atlántico del Cantábrico… Ambos tienen aún acento gallego, cuyo eco se escucha hasta la costa verde…

Desde el Faro, la inmensidad es conmovedora y misteriosa…

Las rocas de los acantilados parecen gigantes que emergen tras el baño en agua de sal pura, en la playa próxima.

Playa… en la que descansa el mar tras el trabajo de esculpir la roca con su fuerza plena.

Piedra y arena. Pequeños espacios dunares.

Balcones naturales.

Paseos para respirar yodo y vistas panorámicas.

Los dos mares confluyen, pues, en el espacio abierto, en este horizonte de azules que recomponen la esplendidez del paisaje.

Desde aquí… cada uno sigue su curso. Como los barcos: unos van a oriente y otros a poniente.

Share Button

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.