PEDRO CALDAS Y LA SANTA COMPAÑA

Aquella noche veníamos de grabar Río, uno de los municipios más bellos de la provincia de Ourense; pero, según su alcalde, su futuro, aún hoy,  está en Brasil, en México o en Uruguay; que poco hay que hacer aquí, en esta tierra que contempla el cañón del río Navea al que dijeron adiós mas de mil de sus habitantes, a principios del siglo XX.

Uno de los que se marchó, aunque al también ourensano ayuntamiento de Cea, fue el médico de entonces, el Dr. Pedro Caldas, muy estimado por los escasos  convecinos a los que había de atender, de día o de madrugada, que entonces nadie sabía de centros médicos. Era ese tiempo en que la gente se moría… ¡De repente!

Esta historia será leyenda o será verdad, pero aquella anciana mujer de nombre Felicitas Raposo, a la que salvó la vida el Dr. Caldas, me lo contó ante el fuego de la lareira con la rotundidad de un testigo de cargo ante el más alto tribunal. Sucedió así…

Vivía Felicitas con su madre en el lugar de A Pousa mientras su padre trataba de hacer fortuna en aquella Caracas rica, de cuando un bolívar se cambiaba por cuatro dólares.

Felicitas madre se puso muy enferma por lo que su hija hubo de llamar al Dr. Caldas, sobre las diez de la noche, corriendo por la vieja pista que pasaba por A Torre Vella…

Por lo visto, el buen médico diagnosticó un simple resfriado a Felicitas madre, pero Felicitas hija hubo de ser trasladada de urgencia al Hospital de Ourense, al serle detectada una meningitis, enfermedad muy común entre los adolescentes, por aquel entonces.

Cuando regresó a Río, sana y radiante, su madre invitó a cenar al Dr. Caldas, muy acostumbrado a recorrer el trayecto, en su vieja bicicleta “Orbea”.

Ya de vuelta, al final de la única recta del trayecto entre A Pousa y A Torre Vella, Pedro Caldas vio algo que brillaba de manera especial, más aún que todas las estrellas de aquel cielo limpio que tanto le gustaba.

Aceleró la marcha hasta que, a medida que se acercaba notaba como un olor a cera y escuchaba unos rezos ininteligibles. Entonces ya no tuvo duda de que la Santa Compaña estaba de espaldas a él e iba directa a la casa de Miguel Martín, recién llegado tras una larga estadía en Argentina.

El joven doctor –apenas treinta y dos años- recordó que había de trazar un círculo, introducirse dentro, dibujar una estrella de seis puntas, el Sello de Salomón; y sobre todo no mirar a la espectral comitiva, por lo que se tiró en el suelo boca abajo…

Pero a  Pedro Caldas le pudo la curiosidad y alzó la vista al mismo tiempo que rezaba con desespero e inquietud. Contó dos filas de doce espectros cada una. Vestían sudarios blancos y sobre las cabezas lucían un picudo capuchón.

Precedía la procesión un hombre pálido, delgado, aparentemente vivo, portando una cruz y un hisopo con agua bendita. Detrás de él iba el espectro mayor y el resto de los fantasmas, portadores de una tibia humana encendida en su extremo como si de una vela se tratase.

Pedro Caldas, aterrorizado por la visión, creyó ver entrando en la casa al cadavérico Miguel Martín y en ese mismo momento los espectros se alejaron adentrándose en una carballeira próxima.

Cuatro días más tarde, Miguel Martín era enterrado en el cementerio de San Xoan de Río y el doctor, tras asistir al funeral, tomó la decisión de pedir el traslado a Cea.

Pedro Caldas jamás contó a nadie por qué se iba,  salvo a la joven Felicitas, que guardó su secreto hasta que don Fermín, el cura, se lo arrancó en confesión.

En el año 1993 Felicitas era una anciana de 94 años bien llevados y con una excelente memoria.

Yo no sé bien si este relato es ficción o realidad, pero no es la primera vez que me cuentan apariciones de la Santa Compaña, cuando indagas el pasado de lo que algunos llaman Galicia profunda y que a mí, siempre me recuerda un verso de Salvador García Bodaño:

“Galicia do sí, do non ou do quen sabe… ¡Duda inmensa!”

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