PENSAR CON LOS DEDOS

Por Alberto Barciela

Algo ha fallado. Una sociedad aparentemente feliz ha debido regresar a las cavernas, a esas que con la evolución ha llamado hogares. Los reflejos se proyectan ahora desde la incapacidad por controlar un microrganismo que puede llegar a ser letal, para la salud y para la economía.

El progreso es una suma de aciertos y errores. No hay patrones inmutables y eternos. El ser humano hubo de superar las sombras de sus refugios primitivos y adentrarse en la selva de la sociedad que él mismo creó. La ignorancia simple se hizo exponencial. Y las manos impresas en las paredes, junto a los bisontes, prestaron el corazón y  la inteligencia de los dedos, de lo espontáneo irreflexivo, a un segundo virus de intoxicaciones móviles.

La vida, que se compone de tantas cosas, es una larga línea dibujada sobre el tiempo, y este nunca es riguroso, quizás por nuestras percepciones variables, dependiendo de la edad, de la ansiedad, de las prisas, o de no se sabe bien de qué condicionantes imprevistos, de qué circunstancias, como bien dejo dicho Ortega. Incluso el carpe díem, el que anima a aprovechar el momento presente sin esperar el futuro, es superado en la presente circunstancia por la imperiosa necesidad de que pase la incierta cuarentena para besarnos y abrazarnos como nunca antes lo habremos hecho. Estamos atrapados entre necesidades compulsivas, ofertas persuasivas y psiques trastocadas.

La existencia fundamental se compone de muchos otros. De nuestros amigos y los amigos de nuestros amigos conforman las piezas del puzzle inexacto de verdades convergentes, complementarias y, a veces, contrapuestas que nos justifican. Siempre ha sido así, pero el afán de rodearnos de objetos, de distinguirnos, de presumir y de protegernos nos ha llevado a construir una realidad paradójica. Vivimos en hogares, a veces formidables, a los que no acude nadie porque nadie tiene tiempo debido a sus compromisos laborales, esos que les permiten mantener un status del que no disfrutan y que incluso les alejan de la familia, de sus parejas, de sus hijos, de sus mayores.

Todo se observa, todos nos observamos, abstraídos, en una muestra efectiva de posibilidades e imposibilidades, de egos y fobias, de ambiciones y frustraciones. Y nos distraemos de una parte esencial de la vida: el placer de reflejarse en el otro. El encantamiento momentáneo sería la consecución, el incorporar a la colección de instantes una caricia, la expresión de un afecto o un reconocimiento.

Hemos de ser conscientes: queremos sabernos, nos escogimos para divagar entre referencias diversas, contrapuestas en origen. Como diría Gabriela Mistral,  hay que ejercer la conversaduría, esos dones de escucha y paciencia que humanizan al prójimo. Y hay que hacerlo con puntualidad.

Desde el estatismo de una terraza, un balcón o una ventana, como sentados en una butaca privilegiada del teatro de la vida, hemos ido discurriendo estos primeros días de enclaustramiento. Podemos aprovechar para seguir aplaudiendo a quienes velan por nuestra salud, seguridad, información veraz. Es justo hacerlo. Deberíamos haberlo hecho todos los días de nuestras vidas. Debemos pensar en nuestros mayores, en los solitarios, en los enfermos, en el futuro que queremos dejar a nuestros niños. Se trata de encontrar algunos pensamientos que nos permitan abrir pequeñas cerraduras -y con ellas puertas y cristaleras- a perspectivas que pueden resultar de utilidad. Hambre de umbrales y de paisajes. Las ideas, afortunadas o no, han de fluir. A todos nos gusta hablar: de nuestras dudas, de pasiones, de intrascendencias, de arte, de diseño, de la vida. Las redes están ahí para poder hacerlo con ese afán comunitario, colaborativo, que ha surgido en muchas personas formidables y anónimas. Es la opción frente a la difusión de bulos interesados, opiniones partidarias o banalidades no siempre graciosas. Confíen en los profesionales del periodismo, por su salud informativa, como si fuesen sanitarios.

Gozamos de la suerte de la libertad, de la oportunidad de nadar en sencillez, en una interlocución abierta, sin pautas, capaz del examen de lo que la experiencia otorga a través de la lectura, la observación, la reflexión, la admiración de los logros ajenos. No hay mejor camino para la comprensión que saber escuchar.

Todo está dicho, abundamos en reiteraciones para apuntalar más y mejor nuestras conclusiones. Nos sabemos parte de un bucle que se retroalimenta. La civilización se copia a sí misma, permanentemente, se reconstruye, como en un collage, se reinventa. Semeja a una novela de Tom Wolfe, reescrita mil veces.

Aunque parezca paradójico, incluso es posible que estemos deconstruyendo un mundo que nos ha sido dado, descomponiendo las piezas de la creación, para impresionarlas con un estallido creador. La esperanza está también en la actitud. Cuento con ustedes. Reciban todo mi ánimo y afecto. Si pensamos con la cabeza juntos saldremos de las sombras y seremos mejores.

(3) Comentarios

  1. Los vaticinios «oficiales» del capitalismo en el que vivimos dicen que esto va a ser peor aún pero no por lo que diga una Lagarde de la vida hay que desanimarse. Siempre que hemos luchado, hemos vencido. Gracias por los ánimos.

  2. Ven sendo parecido a aqueles exercicios espirituais dos anos 50 e 60 segundo a miña liña da vida onde a reflexión abanada polo medo prometía un mundo mellor que estaba dentro de nós. Non sei por que agora veume esa mesma sensación.

  3. Nosotros no deconstruimos nada, Alberto Barciela. Es el Planeta el que nos da esta lección para ver si aprendemos que las necesidades son otras, no los bienes materiales que perseguimos.

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