PIE DE FOTO

Se esconden entre la piedra centenaria, y vigilan y calculan desde lo alto el paso del tiempo. Su lenguaje universal, solemne, que resuena con absoluta pureza, nos viste de fiesta o de luto. Son instrumentos de percusión que cumplen una función simbólica para todos nosotros…

¿Quién no ha esperado alguna vez el toque de la campana?

Enrique es heredero de una tradición, de una forma de vida.  Es el último eslabón de una familia volcada en la elaboración de las voces del tiempo.  Caldas de Reis, en Pontevedra, vio nacer su artesanía hace 400 años, y todavía hoy salen campanas de aquí hacia cualquier parte del mundo.

La elaboración y el diseño no cambiaron en los cuatro siglos de existencia de este antiquísimo obradoiro situado en Arcos de la Condesa. El proceso y los materiales son los mismos, y la campana se sigue enterrando. Bronce, barro y leña se han convertido en seña de identidad de los últimos campaneros de nuestro país. El primer paso es configurar, superponer y cocer tres moldes de barro. Una vez secos, se destruye el intermedio y se unen los otros dos. El hueco que los separa se llenará de bronce.

Pueden llegar a pesar hasta 2 toneladas, pero su peso no es lo más importante. Lo que distingue a una campana de otra es su sonido.  De la aleación dependerá un buen tañido. Por eso este taller, el de los Hermanos Ocampo, utiliza únicamente cobre y estaño.

Por la exigencia de sus trabajos, el paso de los siglos no ha deteriorado ni su esfuerzo, ni su dedicación. En  cuestión de campanas no hay que preguntarse por quién doblan… sino gracias a quién.

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