PÍO CABANILLAS GALLAS

Aquel pequeño gran hombre estaba en las antípodas de mi progresía, pero me caía bien por lo inteligente y por lo poco íntimo que parecía ser de la gente del Régimen. Marcaba muy bien las distancias y fue un habilidoso negociador capaz de sobrevivir en política, sobre todo en los tiempos más duros de la España de Franco, en la que ni siquiera un liberal estaba bien visto, que entonces solo se permitía el fascismo puro y duro.

Me acuerdo hoy de él con mucho respeto ante la carencia de figuras relevantes entre aquellas que hoy tienen responsabilidades de gobierno. Creo que merece la pena un recuerdo especial de este personaje que supo esquivar las navajas cuando volaban por el Congreso de los diputados, aquellos días en los que, el franquismo superviviente, quiso romper la inicial democracia.  

UN POLÍTICO DE ALTURA                                     

Una periodista, de las pocas de mi generación, le preguntó:

— ¿Quién diría que ganará estas elecciones, señor subsecretario?

Y Pío le contestó…

— Ganaremos, señorita. No se quienes, pero ganaremos…

Por aquel entonces Pío Cabanillas Gallas era subsecretario del Ministerio de Información y Turismo del que era titular Manuel Fraga y aunque este quiso atribuirse muchos de sus méritos, los políticos y los periodistas gallegos de la época bien sabemos de la famosa “mano izquierda” de Pío, que sentó cátedra en el Madrid del franquismo y del postfranquismo.

A mí me gusta recordarle a alguna gente que  Cabanillas fue el redactor de la famosa ley de prensa que se conoce como “Ley Fraga”, aquella de la “Apertura”; y que fue el auténtico impulsor con José María de Areilza del primer Partido Popular, cuyos estatutos eran idénticos a los de la UCD.

Y no era de extrañar su valía política porque a él sí “le cabía el Estado en la cabeza”. Era un número uno que fue capaz de aprobar las tres oposiciones más difíciles: siendo un veinteañero, consiguió plaza en propiedad como notario, como registrador de la propiedad y como abogado del Estado.

Pero Pío Cabanillas era sobre todo un gran político. Para mí el más hábil y clarividente de la historia de la España moderna. Y por supuesto, el más influyente en la Galicia preautonómica, cuyos hilos movió desde la sombra.

Era muy amigo de mi pariente Pepe Vilas y de Eulogio Gómez Franqueira, el fundador de UTECO. Por ellos le conocí yo en Cudeiro, en la terraza de la casa de mis padres, cuando todavía pensaba hacer aquella revolución pendiente contra Franco y estaba a punto de terminar el Bachillerato.

—- ¿Así que tu quieres ser periodista? –me preguntó.

—- Sí, señor…

—- Pues tendrás que estudiar en Madrid. ¡Pásate por mi despacho cuando vayas y hablamos!

—- Mucho me temo, señor, que usted y yo no tenemos nada que hablar, -le contesté, como un adolescente maleducado, delante de mi propia madre-.

Muchos años más tarde nos reencontraríamos en lugares de lo más diverso, en Galicia y por el mundo; pero nunca me echaría en cara aquella repipi respuesta de niño mimado. Aunque, mirándolo bien, creo que fue la mejor manera de que nadie pudiera atribuirme padrinazgo profesional; porque por aquel entonces el enchufismo estaba a la orden del día.

He de contaros que Pío Cabanillas Gallas era pontevedrés pero le “echaron” de la provincia cuando mandaba la UCD en España, para sustituirlo como líder por Jesús Sancho Rof. Su alargada sombra molestaba a algunos poderes fácticos, títeres de la dictadura, que aún se movían bien detrás de las bambalinas del escenario político.

Entonces es Eulogio Gómez Franqueira quien le tiende su mano y Pío puede seguir en primera línea, como diputado por Ourense, no sin cierta oposición por parte de quienes le veían como un gran obstáculo para sus intenciones políticas. Algunos de aquellos, siguen mandando y mucho. Y, claro, no les vi en el sepelio de Cabanillas.

Un día, paseando por la Alameda de Pontevedra, Pío me pronosticara:

— La UCD se muere, amigo mío. Tenga usted en cuenta que fue un partido creado para una transición y esta ya se acabó. ¡Ahora viene la democracia!

Me acordé de sus palabras cuando Sancho Rof, “aquel ministro de Sanidad al que le cayó un bichito de encima de la mesa en el caso del aceite de colza”, resultó elegido diputado por Pontevedra…

Y mira tú qué cosas tiene la vida. Yo fui su director de campaña desde la agencia Publigal, contribuyendo a que Jesús Sancho fuese uno de los 11 únicos diputados electos de aquella UCD que, como Cabanillas había pronosticado, murió una legislatura después.  

Volviendo a Pío Cabanillas Gallas, no sé si alguno de vosotros se ha tomado la molestia de repasar su biografía… En el franquismo, fue ministro de Información y Turismo, como Fraga, con el que nunca tuvo relaciones cordiales… Luego, en el postfranquismo, ministro de Cultura, de la Presidencia, de Justicia y de Bienestar Social. Es decir, lo fue todo…

No es de extrañar que el joven Mariano Rajoy, cuando aún no era más que un militante avispado de aquella Alianza Popular de Fraga, tomara clases de alta política con aquel intuitivo maestro que “se las sabía todas”.

Filgueira Valverde dijo de Cabanillas que había sido “su mejor alumno” y yo siempre cuento una anécdota suya:

Desde Radio Popular de Vigo y en directo, le llamé por teléfono para preguntarle si iba a ser el próximo ministro de Justicia. Me contestó:

—- Yo creo que no, pero a lo mejor el presidente dice que sí. Así que, por un lado ya ve y por el otro que quiere que le diga…

Desde aquella noche, yo pronuncio mucho esta última frase… Pero en gallego me queda mucho mejor que a Pío Cabanillas Gallas, el inventor de la “mano izquierda”…

Creo que el Partido Popular, en vez de mirarse en el espejo de Aznar, debiera dar un repaso a su propia historia y tomar algunos ejemplos que le resultarían muy útiles al partido y a esta España que vuelve a bostezar, como en tiempos de Machado.

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