PORQUÉ SOMOS UNIVERSALES

Aquellos niños que marchaban reflejaban en sus caras el miedo a lo ignorado…

La historia que hoy reescribimos con vosotros es la de millones de gallegos que, entre los años sesenta del siglo XIX y los setenta del siglo XX, protagonizaron el mayor éxodo; la cosmovisión que se convertiría en el hecho social más importante de nuestro país.

El prólogo es consecuencia del desequilibrio social, de bocas con hambre en una tierra de miserias, cuyo futuro se contemplaba más allá de las islas que marcan aún nuestro horizonte atlántico.

Detrás de las antiguas Illas Ficas se veía la vida; por eso los abuelos emprendieron aquel viaje en busca de la resurrección social de la aldea, donde solo quedaron las intérpretes del gran matriarcado gallego y aquellos niños que hoy llamamos nietos de la Galleguidad en el mundo, porque están allá pero también aquí.

Aquella migración coincide en el relato con la necesidad, la aventura e incluso la fantasía. Hay un millón de historias personales que nos conmueven por el tesón, la inteligencia y el espíritu emprendedor. Por eso a la hora del recuento, hay más éxitos que fracasos, aunque la mayor de las derrotas ya es escribir la vida en tierra ajena.

Primero fue América la meta de los barcos que hacían interminable el océano. Tal vez por eso, solo por la distancia, los gallegos nos subimos al tren que nos llevaba a nuevos destinos en la Europa más pujante.

Nos enfrentamos al frío de los Alpes en Suiza; a nuestras propias carencias culturales en Francia; al altivo carácter inglés y a la dureza del idioma alemán.

Así se escribió la crónica de un viaje de ida a lo incierto con el vivo retrato del miedo a lo ignorado en los rostros.

Pero aquel sentimiento de ruptura con el hogar nativo trajo de vuelta una multicultura de gran importancia en nuestro desarrollo como pueblo.

Por aquel esfuerzo en soledad, por aquel sufrimiento que llamamos morriña, sobrevino la escena final: el sol que rompió la niebla; es decir, el poder económico en medio de un paisaje que nos parecía imposible.

Así nació la Galicia Universal en la que el abuelo, de vuelta, quema recuerdos contemplando la luna en el arrabal de este océano de serpientes luminarias que baña el pueblo engrandecido.

Y por el muelle, caminan hacia los barcos los nietos de aquel Machín que nos trajo los primeros boleros del Caribe, mientras una mulata, hija de la nueva raza, endulza el espacio con su paso.

Una de las hijas de la nueva raza

Esta es la historia por la que las personas piden sensatez a sus señorías, -diputados, conselleiros o ministros-, en el tema de la emigración; en el asunto del voto y en el de la sanidad; en el de nacionalidad de los nietos y en de las pensiones no contributivas…

Porque ni siquiera un mal hijo abandona nunca a quien le dio la vida.

Y a mí me preocupa que mi amiga Graciela Pereira me escriba para contarme cosas de un Buenos Aires donde, dice, “algunos pretenden que ya no se respiren airiños, airiños aires… de Galleguidad”.

Esta vez quise compensar la tristeza y me he puesto en el tocadiscos aquel viejo vinilo de Graciela para volver a escuchar en dulce gallego porteño aquello de “…Mi Buenos Aires querido… cuando te volveré a ver…”

¡Ojalá sea pronto, Graciela, amiga…!

Los primeros gallegos que llegaron a Buenos Aires

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(6) Comentarios

  1. ANTONIO FERNANDEZ LORES - Responder

    Desde Panamá quiero enviaros mi saludo y mi agradecimiento por acordaros de nosotros los emigrantes, ultimamente los grandes olvidados. Lo que contais es muy bonito. Gracias de corazón y viva Galicia.

  2. Preciosa esta crónica que cómo Argentina en España me toca de cerca. Y esa morriña de la que habla la tengo yo tambien, desde aqui para con mis raices. Pero es bueno para todos los emigrantes, hace que no se pierda lo nuestro y sembremos con éllo tambien la nueva tierra en la que nos toca o hemos escogido estar.

  3. Yo vi como partían de mi tierra mis mejores amigos y el que consideraba el gran amor de mi vida… Aquí quedamos solo algunas mujeres llenas de tristeza… Este artículo es muy bonito, pero me recuerda aquellos días tan tristes… Tengo 72 años y no me olvido del año 1962…

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