PORTEÑADAS Y MONTEVIDECES (DOS)

Por J. J. García Pena

—- Es horrrrible el hisopado, pero ¿qué le vamos a hacer? Todo sea por cambiar Buenos Aires por los buenos aires orientales, ¿viste?

La ingeniosa frase, asordinada por un coqueto tapabocas floreado, iba dirigida a un desconocido que, con el Francisco Papa a punto de arribar a Montevideo, se había levantado de su cómodo y verde asiento y cerraba el bolsón en que terminaba de guardar una ajada edición de la  Historia del Descubrimiento, que acompañó las poco más de dos horas de navegación ,  ejercitando de vez en cuando  -dos izquierda, dos derecha, dos izquierda…- las cervicales, sin que, en cada doble  giro a la derecha,  sus ojos pudieran esquivar la reverberación solar sobre la rizosa y amarronada  superficie del Mar Dulce  de Solís, Piloto Mayor del Reino, de cuyas involuntarias desventuras gastronómicas se acababa de enterar.

Las mismas dos horas en que la linda muchacha del barbijo  florido, viajando dos ventanillas más adelante, (tiempo de aforos reducidos, ¡ay!) no había apartado la vista de su móvil, tecleando enérgicamente en su plana cara.

—- ¡Yo qué sé!. Esto de tener que hisoparte cada dos por tres es un embole; parece hecho a propósito para joderte la vida.

—- ¡Ah! ,  sos uruguayo… pensé que eras porteño,  por las pilchas, ¿viste? Mucho gusto, yo soy Elvira, de San Telmo.

—- ¡Já, já, já,-(Se bajó la mascarilla celeste para exhibir su dentadura perfecta y una barba a lo Landrú)

—- El gusto es mío. Yo soy Walter, de Carrasco . ¿Cómo me diste la captura?

—- Es bien fácil: nosotros siempre decimos ¡quéséyo ! y ustedes casi siempre dicen ¡yoquésé! , ¿viste?

—- Ahora que lo pienso, tenés razón.  Además, los porteños siempre encajan un  ¿viste? final en las frases, silbando la ese.

—- Si ; pero ustedes tanto dicen pibes-pibas o chiquilines-chiquilinas,  como  guríses-gurísas o botijas. Nosotros, en cambio, decimos pibes-pibas, chicos-chicas; pero jamás botijas. Además los  uruguayos todo lo rematan con un tácito Tá, cómodo recurso que les sirve para todo, tanto para preguntar, conceder, afirmar o acordar, como para desafiar. Aunque en este último caso lo alargan en un ¿Támo? 

—-  Sos muy observadora, Elvira. No se te escapa detalle.

—- Es que tengo varios  familiares y amigos uruguayos aquí y allá, ¿viste? De hecho mis padres son de Villa Española, pero apenas casados se mudaron a Baires… ¡Pude haber nacido oriental como vos! ,¿viste?.

—- Sí Elvira,  vi. Mejor dicho, oí.  Pero, por favor, no me repitas más vissste.  ¿Támo? 

—- (¿Qué dice este chabón? ¿Qué cornos le  pasa a este  «yourugua» sorete?)  ¡Sos un  boludo , viejo!

Tenés razón, Elvira;  boludos, soretes y chabones resentidos los hay en todas las riberas. Solo varía la proporción del soretismo. Por tanto,  como yourugua de ley, te doy la bienvenida y te pido nos disculpés por ese trato descortés e inmerecido, impropio de un buen oriental. No, no te saqués el barbijo floreao. Acá o allá  hay que cuidarse, piba. Igual, por tus ojos, se te adivina una sonrisa divina. Dale, cuidáte y disfrutá, que estás en tu casa de enfrente, ¿tá?

EL TAMAÑO NO IMPORTA

Tomó el taxi en la Terminal de ómnibus de  Tres Cruces. De entrada, nomás, lanzó un desinflante y filtrado ¡buffff ! que rebotó en la molesta y reductora mampara antibalas que lo separaba del conductor. No era para menos. Sin embargo, por prudencia,  nada comentó, pero pensó:

—- ¡Qué cosos raros estos «youruguas», por Dió!, separan al conductor del pasajero como hacían los antiguos amos con sus cocheros y el virrey con sus lacayos… ¿o será como medida preventiva contra el Covid?  Por cierto, a ellos no les va tan mal con la pandemia…

—- ¡Pero claro, pibe!: si a gatas son un puñadito. ¡Tres millones y medio en todo el país!  «Pasa más gente por Constitución o Balvanera cualquier  día laboral» –exageró recordando y suscribiéndose a las recientes palabras de uno de los -por suerte escasos- «periodistas» malaleche siempre predispuestos contra los hermanos de esta otra orilla.

Era la primera vez que Diego pisaba Montevideo e ignoraba que el uso de  la mampara. Reclamada, instalada hace décadas y pagada de su propio bolsillo  por el gremio de taximetristas,  había logrado -sin cortarlo de raíz- disminuir  el riesgo de perder la vida o la salud a quién sabe cuántos choféres  posteriores a su implementación.

¿Te asombrás? En Montevideo también tenemos un lote de chorros democráticamente entreverados con cafishos, curas (pocos) colchoneros (casi extintos)  y demás valores y doblez del cambalache universal.  ¿Y dónde no?

—- ¿A dónde lo llevo y  qué recorrido prefiere, señor?

La voz de Fernando G., informado agente de viajes reconvertido en taxista,  sonó inesperadamente clara y alta a través de la sólida mampara. Diego supuso, entonces, que  también del otro lado del tabique se le oiría nítidamente.  Consultó su celular.

—- Mirá, aquí tengo anotado Bulevar España y Juan Benito Blanco, pero agarrá por donde se te cante el orto, que no tengo apuro y de paso voy  junando la lleca. Decíme, ché: ese obelisco tan chiquito, a la izquierda, ¿qué  representa?-preguntó, socarronamente divertido tras su mascarilla obligatoria. 

—- ¿Vos te imaginás cómo me sentí por el ultraje malicioso de ese porteño agrandado y fanfa?-

El rostro de Fernando G. condicionó mi  respuesta: 

—- Como si te metiera un dedo en el culo…

—- Exactamente.

Mi amigo, por motivos profesionales, conoce al dedillo Buenos Aires, quiere a sus gentes y admira la europea fisonomía de la Reina del Plata, preciosa suma de las mejores del Viejo Mundo, armónicamente mixturada con lo más auténtico del criollismo platense. Como la persona respetuosa y  ecléctica que es, jamás se le ha ocurrido menospreciar -ningunear, dice él- en la jeta de sus habitantes, ningún rincón del globo, por más que conoce de sobra sus puntos albos, grises o negros, sórdidos, esperpénticos, venerables o magníficos,  tanto edilicios como humanos, inherentes a toda gran ciudad.

Sabe que el monumental obelisco de Buenos Aires, inaugurado en 1936, (Gardel murió un año antes) para conmemorar los cuatro siglos de la primera fundación de la ciudad por Pedro de Mendoza, es enorme, hueco y de hormigón revestido de pulida piedra blanca , con peldaños  vertiginosos que se suceden  hasta alcanzar la cúspide, a 67 metros, ni uno menos. No ignora  tampoco  (hace solo seis  meses  vivía cómodamente de esos conocimientos, hasta que, como a todos, lo acosara el maldito virus19)  que, de los trece obeliscos «italianos», ocho han sido sustraídos a los egipcios y ninguno de los trece supera los 45 metros de altura.

—- Tampoco la culta Francia se salva del faraónico y piramidal  latrocinio cultural, ¿me entendés? 

—-  ¡Si te entenderé, hermano…! ¡los invasores siempre se afanan todo!

—- Paris, hace dos siglos que adorna su Place de la Concorde  con un invaluable despojo (23 metros de alto y con jeroglíficos, botija) al templo de Luxor, vecino de Karnak, -se complace en informarme.

—- Hay docenas de obeliscos, viejos y nuevos, legítimos o expoliados, desparramados por todo el mundo, ¿me entendés, loco, me entendés?- insistió.

—- ¡Claro que te entiendo, Nando! ,¡pero no me rompas más los huevos, ¡no soy un nabo, ché!

—- El porteño y yo giramos los cogotes hacia la izquierda mientras esperamos el cambio de rojo a verde y  jalveamos , de cotelete, el «obelisquito», él socarronamente y yo con esta cara de gilberto.  De gilipollas,dirían los gaitas, ¿junás?-  

—- Juno.

«Éste obelisco, señor, es de sólidos y nacionales bloques de granito rosado.  Todo el conjunto, fuente incluida  con sus doce esferas del mismo granito y  sus tres broncíneas  esculturas de cinco metros de altura cada una, es obra de José Luís Zorrilla de San Martín, un artista oriental, padre de la actriz uruguaya Concepción Matilde  Zorrilla de San Martín Muñoz, más conocida – al estilo uruguayo – como «China» Zorrilla, nieta de Juan Zorrilla de San Martín , el Poeta de la Patria.

Este obelisco «tan chiquito», señor, se comenzó en 1930 para homenajear a los Constituyentes que, el 18 de julio de1830, sentaron las bases de nuestra primera Constitución. No se pudo terminar ni inaugurar hasta 1938 por falta de plata, porque la habíamos invertido en poner la piedra fundamental y comenzar las obras del Hospital de Clínicas, considerado en su momento como el mayor de Sudamérica, y frente a él , a patada de globa, como quién dice, se alzó e inauguró ese mismo año (a Gardel aún le quedaban cinco de vida) nuestro Estadio Centenario, cuyo nombre, como usted se imaginará, hace referencia a la misma efemérides patria que ese «obelisquito» que nos mira y que,  como le dije y le repito, fue inaugurado a destiempo por falta de dinero, señor.»

Todo este entripado, y algo más, Fernando G. «estaba a punto de soltarlo  como el látigo de El Arca Perdida» -así mismo me lo definió-, anticipándose al placer  de  ejercitar  sus felices  días de  cicerone, ahora en ominoso paro. Sentía, incontenible, el discurso «que  ya se me fugaba  a la altura de las amígdalas», según me confesó ayer mismo.

Sobre todo cuando consideró  que  «40 metros de altura y ocho años de retraso para este, (nuestro emblemático Obelisco de granito rosa oriental), no está nada mal, sobre todo teniendo en cuenta que el de Washington D.C., construido con el aporte de un lote de estados ricachones entre 1848 y 1888,  mide la friolera de 169 metros, ni uno menos, señor».

El arrollado de palabras, pugnando ya a la altura de los dientes, lo amenazaba sofocar cuando, obedeciendo al semáforo, metió primera y en vez de chasquear el látigo justiciero, se   bajó la mascarilla para mostrar, retrovisor mediante, la mandíbula ostensiblemente caída, que completaba su calculada expresión de imbécil,  mientras se  escuchaba a sí mismo mentir, (pero solo  a medias):

—- ¿Vio usted?  

Con esto de la pandemia está todo patas p’arriba, mucha gente quedó sin laburo y hay que rebuscarse en lo que se pueda, ¿vio, señor? Asombroso; hace una semana y poco pasé por aquí y solo estaba esa fuente de toda la vida. Se ve que ese obelisco de morondanga  y sus huecas estatuas de fantasía , deben ser parte  de la tramoya de alguna filmación comercial. Dos por tres hacen algo por el estilo las agencias de publicidad extranjeras.  Cuestión de costos, ¿vio?  Ya lo verá usted por los informativos de la  T.V., un día de estos. Mire: a fines del año año pasado, por rodar una película para Netflix, ¿sabe usted  qué hicieron? Acordonaron la zona, cortaron el tránsito, sacaron en rollos y en panes todo el césped y los bancos de la histórica Plaza Independencia,  hicieron desaparecer  la colosal estatua de Artigas con basamento y todo, filmaron, ¡y a los pocos días la dejaron tal como estaba antes!»

Terminaron de recorrer, en pesado silencio, todo Bulevar Artigas rumbo al mar.

El argento, canchero y sobrador, intuyó (¡a papito mono con bananas verdes…! ) que en la payada del tachero yourugua había tongo encerrado,  pero ¿en qué parte del relato?

Ya próximos a  Bulevar España y Juan Benito Blanco, se eternizaba la Rambla -que le pareció no tener fin- en playas que se multiplican y pierden en la lejanía, hacia  Punta del Este y La Barra del Chuy. Pero el enmudecido socarrón no se atrevió a preguntar  si todo aquel rosario de playas, (¡y sobre todo esa arena, bendita Virgen de Luján! ), eran naturales o hueca decoración de poliuretano,  como, con duda, lo debía ser el esmirriado y efímero obelisco de «Bulevar  y 18 de Julio».

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